El filósofo Michel Foucault solía decir que el poder no es una propiedad, sino un atributo que circula. Es como una inmensa luz inasible que sobrevuela a veces encima de unos, a veces encima de otros, pero jamás permitiendo que se lo toque. Por lo tanto, los que quieren lograr o mantener el poder deben seguir su luz. Y a la vez evitar tocarlo, porque quema.
El viudo del poder. Por más de cuatro años, quizá porque nació sin él, Néstor Kirchner logró que el poder sobrevolara encima suyo. Así, manejó como nadie a la opinión pública sublevada en 2001 y tuvo cortitas a todas las corporaciones hacia donde la gente canalizaba su furia. Controlando a una y doblegando a otras, también se las ingenió para vaciar las instituciones.
Fue entonces cuando creyó que el poder ya no circulaba más por encima suyo, sino que se había incorporado a su ser. Lo supuso su propiedad y hasta se creyó dotado para transferirlo como se transfiere cualquier propiedad mediante escritura.
Recién allí debe haberse enterado que existía Foucault. Cuando descubrió que además de no poder transferir a otra persona el poder, ese poder comenzaba también a circular lejos de él.
De allí en más, lo que hizo don Néstor es lo que hacen todos los que fueron iluminados por el poder cuando éste deja de iluminarlos: primero negar la realidad; segundo, enojarse con la realidad. Ahora deberá elegir entre aceptar la realidad, o devenir un viudo triste de las grandezas perdidas.
Una mujer sin poder. Así como Néstor Kirchner cuando asumió debió concentrar un poder anarquizado al extremo, el rol de Cristina Fernández debió haber sido el de compartir un poder ahora excesivamente concentrado por su marido. De ese modo, el poder la hubiera iluminado a ella como ayer lo iluminó a él.
Pero así como los Kirchner demostraron ser los más osados para conquistar el poder, están demostrando ahora que son excesivamente conservadores para mantenerlo. Y precisamente por eso lo están perdiendo. Porque se niegan a entender, a aceptar (y por ende se niegan a conducir) las nuevas realidades que ellos mismos generaron con sus osadías primeras.
Y así como pudieron infligirles palizas colosales a los fantasmas del pasado que aún nos asolaban, hoy sólo rumian impotencia, bronca y furia contra las novedades que no se les subordinan.
He aquí el gran error de Cristina: el aceptar la falsa ilusión transmitida por su esposo de que el poder es un bien ganancial. Entonces, al aceptar compartirlo, lo está perdiendo para los dos. Siendo ella la responsable, no él. Porque la presidenta es la señora y no el esposo.
Por lo tanto, algún día deberá darse cuenta -por el bien de ella, de su investidura y de la República que debe conducir- que al pretender repetir -en forma y en fondo- todo lo que engrandeció a su marido, lo único que está logrando es empequeñecerse ella.
La Presidencia no es una propiedad ganancial, pero hasta la fecha tanto ella como él se resisten a entenderlo. Él hace todo lo posible para que ella no lo entienda. Y ella no hace nada para entenderlo. Por eso, si siguen así, ambos se habrán de transformar en fantasmas del pasado como los que vinieron a combatir. En vez de devenir ella lo que todo el mundo quiere (excepto ínfimas minorías): que sea la conductora del presente que nos conduzca al futuro.
Frente a este dilema que la Presidenta no desconoce, pero al que no se anima a hacer frente, el domingo en Salta ella fue un cuerpo sin alma. Intentó no ser soberbia ni agresiva buscando hablar en nombre de todos en vez de en nombre de un gobierno contra todos.
No lo hizo bien pero lo intentó con razonable sinceridad, como un personaje que se busca y no se encuentra. Pero como sabía lo que no tenía qué decir pero no tenía idea de qué decir, se refugió en una versión histórica de estudiantina.
Alabó a los patriotas San Martín, Belgrano, Güemes, Castelli y Moreno, olvidándose del presidente de la Primera Junta, Cornelio Saavedra, quizá por considerarlo un militar derechista y un tanto golpista. Explicó que en 1810 pudimos liberarnos territorial y políticamente de las grandes metrópolis, pero que seguimos dependiendo de ellas desde las mentes colonizadas... hasta el 25 de mayo de 2003 en que llegó el que también nos liberó del coloniaje ideológico.
¿Adivinan de quién se trata?
Frente a un “relato” tan maniqueo, pueril e infantil sólo asomó una frase sutil. Cuando dijo que ella era parte de la generación del ‘70, pero que también quería formar parte de la generación del bicentenario. Como pidiendo que la ayudemos a ello. Pues bien, ¿qué está esperando señora? ¿Porqué no empieza a serlo? Usted es presidenta por tres años y medio más. Decídase a romper la sociedad política matrimonial sin que para ello deba divorciarse de su marido. O sí, ese es un problema sólo suyo. Pero como presidenta sea usted sola.
El poder rural. En tanto, como decía Foucault, el poder sigue circulando. En estos momentos circula lejísimo de la pareja presidencial. Pero suele ir y venir. El domingo estuvo en Rosario no tanto porque los chacareros hayan preparado una estrategia para capturarlo, sino porque desde antes del parate rural el poder deambulaba sin destino por los senderos de la patria y ellos fueron los primeros en encontrárselo, más por casualidad que por otra cosa. Infinitamente más por torpeza oficial que por inteligencia agrícola.
Al demonizar la novedad del campo con categorías del pasado, lo único que lograron desde el Gobierno es hacer revivir al Martín Fierro, a don Segundo Sombra y hasta los versos de Jauretche a favor de los sublevados. Aunque entre los campesinos también reviviera el viejo Vizcacha.
El domingo los que hablaron en Rosario no construyeron un discurso único, ni un partido político ni una estrategia para la toma del poder. Sólo expresaron una multitud de eslóganes ingeniosos y novedosos, propios de los que saben que, al menos por ese instante, el poder circula encima de ellos y no encima del Gobierno.
Una de esas frases sueltas fue, de lejos, lo mejor del día y demoledora: “Nosotros no somos la Unión Democrática ni la pareja gobernante son Perón y Evita”. Un canto a la evolución histórica, un rotundo rechazo a los que quieren que el pasado se repita porque se niegan a mirar adelante.
Pero también allí surgió la peor frase del día: “El Gobierno de los Kirchner es un obstáculo para que el desarrollo sea posible”. Una provocación inútil que usarán los que buscan ver a esta novedad histórica como una suma de golpistas. Un error que nada tiene que ver con el espíritu general de esta rebeldía social.
La señora presidenta no es -no puede ni debe ser- un obstáculo para el desarrollo sino una de sus condiciones. Lo que sí puede ser cierto es que, quizá, Néstor -y su modo de entender el poder- sea el obstáculo para el desarrollo de Cristina. Pero eso es otra cosa.
Tenía 91 años y padecía Mal de Alzheimer. Participó de los gobiernos justicialistas.
Tras la reunión de esta tarde, el Consejo del partido encabezado por Néstor Kirchner acusó al campo de llevar adelante “un ataque antidemocrático con ánimo destituyente” respecto de las medidas de fuerza que el sector lleva adelante hace más de 75 días.