Jueves 24 de mayo de 2012 | 23:46 hs
Vuelve Maximiliano Guerra con un espectáculo, “Más argentino”, que abreva en las mismas aguas heterogéneas del que lo trajo por última vez. Aquí explica el por qué de esa mirada escénica que, en definitiva, es la forma en que entiende la danza y el mundo.
domingo, 25 de mayo de 2008
Es un tipo interesante arriba y abajo del escenario. Es que Maximiliano Guerra está lejos de ser aquel artista que se concentra solamente en el acotado mundito que es el escenario y gira su cabeza para mirar hacia otros horizontes que abarcan a todos los hombres.
Es más: su forma de entender el arte y el modo en que quiere expresarlo a través de la danza, se nutren de ese ida y vuelta que aparece luego de que mira “al otro” (el que está en la platea). De allí los calificativos con los que intentan definirlo: comprometido, interesado en una búsqueda poética o de la belleza escénica llena de matices.
Basta con centrar la mirada en sus espectáculos -asentados en el collage de músicas y estilos dancístico- para entender que Guerra ha decidido jugarse el todo por el todo como artista. Es que él podría haberse recluido en la mullida protección del repertorio clásico (su formación primigenia) y todos igualmente lo hubieran vitoreado; porque ese metier le sale de maravillas.
Pero él eligió, además de ese territorio natural, el riesgo; el salto sin red que implica una creación no-convencional, surgida de un concepto personalísimo. Y es, justamente aquí, que nos explica todos estos asuntos, que también se lucen en el nuevo espectáculo que trae a Mendoza: “Más argentino”.
-Con “Más argentino” volvés a proponer una fuerte heterogeneidad en los estilos musicales y dancístico que ofreciste con “Argentino”. ¿A qué se debe?
-Hay varios aspectos que lo explican. A mí me gusta plantear la diversidad, la diferencia. Creo que es desde allí que podemos comprendernos mejor y desarrollarnos como una sociedad, una cultura y como seres humanos. Pero, además, busco que el ballet (se refiere a su compañía Ballet del Mercosur) trabaje con el desafío de abordar distintos estilos, técnicas y músicas y, a partir de eso, desarrollar a los bailarines. La idea es que no se queden encasillados en un solo estilo.
Y, por último, armo el repertorio buscando que el público que viene al espectáculo sea mezclado. Me interesa que, en la platea, se reúnan aquellos que gustan del ballet clásico pero también los que quieren rock, tango, neoclásico o contemporáneo. Es una manera de mostrar que la danza puede hablar desde muchos lugares, porque lo que ven los espectadores es a los mismos bailarines que están en puntas y luego en suelo. Está bueno que la misma gente vea algo clásico y también a la Bersuit; es una forma de alentar un potencial público futuro.
-¿Cómo es el proceso de búsqueda de equilibrio en ese repertorio?
-Conociendo a los bailarines y buscando que el que llegue a mi compañía esté preparado, tenga una mentalidad abierta y, además, el cuerpo siga esa mentalidad. Yo no puedo tener un bailarín que aborde sólo el clásico o sólo el contemporáneo. El primer paso es ése.
Después viene la investigación, a partir del artista que tengo enfrente. Me es imprescindible conocer un poco la psicología, la forma de ser de esa persona, para saber qué rol o personaje le viene mejor; es una búsqueda que se da a partir de la improvisación que ellos hacen.
-¿De ahí surge un plan o estructura ya trazada?
-Cuando estoy montando la obra voy improvisando. A mí no me sirve saber solamente cómo un bailarín maneja las técnicas sino que también me interesa muchísimo cómo es ese ser humano que está ejecutándola. A partir de ahí es que trabajo.
-¿Qué género musical no has abordado a través de la danza y te interesa?
-Tengo en el tintero a Calamaro. El otro es Stravinsky, que es un tipo bien diverso en su música; a la cual, erróneamente, tildan de complicada, porque tiene sonidos disonantes y ritmos disociados que están muy buenos. Son un desafío fantástico, para coreografiar sobre todo. También haría algo de Los Piojos.
-¿Estás planeando llevar a Los Piojos al escenario o estás en otro proyecto con algún músico nacional?
-En este momento no tengo ningún proyecto con otros músicos pero prefiero no contar nada sobre los espectáculos que todavía no he terminado de gestar: son como el bebé que está adentro de la panza y que, aunque en la ecografía sale que todo está bien, hay que esperar a que nazcan. Para mí es lo mismo, prefiero preservarlos para que puedan nacer plenamente.
-El año pasado, el estreno nacional de “Argentino” lo hiciste en Mendoza y tu explicación fue que querés federalizar la cultura. ¿Es éste un concepto que rige siempre en tu producción?
-Tengo esa ideología. El próximo programa se estrena el 8 y el 9 de agosto en Córdoba. Soy un convencido de que tenemos que dejar de pensar que Dios atiende en Buenos Aires, a pesar de que en muchas ocasiones es real. Pero tenemos que tratar de luchar contra el centralismo.
Es entendible que la Capital Federal sea un lugar de mayor concentración cultural, porque es donde se maneja el dinero del país, está la Casa de Gobierno y el Congreso Nacional. Allá hay ciento y pico de teatros; es verdad, pero también 10 millones de personas.
En el interior hay menos gente, pero eso no tiene que restarle la oportunidad de acceder a la cultura. ¿Por qué sólo puede haber en Buenos Aires un buen espectáculo si también puede estar acá? Los artistas nacieron como juglares.
-Pero también la Capital Federal es la que toma los ingresos de las provincias y luego no los distribuye por todo el país. Esa misma lógica ¿no se da también en los aspectos culturales?
-Tiene que ver con una autonomía que deberían tener las provincias. Es raro porque la provincia de donde vino el ex-presidente (se refiere a Néstor Kirchner) no hizo eso cuando fue gobernador (se refiere a los fondos de Santa Cruz que Kirchner sacó fuera del país y depositó en la banca suiza). Habría que empezar, en los hechos, a no hacer que Dios atienda en Buenos Aires.
-Entramos en el terreno de la política y, como vos sos un tipo que siempre se ha mostrado comprometido con su tiempo más allá de su oficio artístico, te pregunto: ¿Qué opinás de esta actualidad en la que se habla del país divido en dos: campo y gobierno o “malos” y “buenos”, sea cual fuere el “bando” en cuestión? ¿Cómo se compatibilizan esos discursos con la diversidad en la que creés?
-Es la cultura, el folclore, que una negociación tenga que hacerse indefectiblemente bajo presión. Esto de: “Si no corto la calle, no me escuchan” y ¿por qué llegamos siempre a esas instancias? Hay un déficit muy grande en esto de “remar todos para el mismo lado”. Venimos, a lo largo de la historia, arrastrando esa división entre federales y unitarios. Eso es algo que se nos ha pegado fuerte en la piel y el corazón. Nos decimos federales pero también somos unitarios, anárquicos. No es casual que el déficit más grande de este país sea el de la educación y, por ende, el de la cultura. Y lo digo a propósito en ese orden porque, es a través de la educación que uno logra la cultura de la diversidad.
-¿Cómo abordás, al mismo tiempo, los diferentes roles de coreógrafo, intérprete y director de la compañía?
- No tengo una receta determinada. Creo que la clave es estar comprometido, cien por ciento, con lo que hago; y hacerlo bien. Así dirijo la compañía: me lanzo, sigo, persigo, perfecciono y después lo dejo en manos de Gabriela (su compañera en la vida y en el oficio). Cuando bailo, es lo mismo; busco meterme en el personaje: saber quién es, lo estudio bien; lo busco, lo creo y lo siento adentro mío. Y, con las coreografías, hay más diversidad; porque depende de la situación: a veces escucho una música y a partir de ahí imagino la coreografía que después vierto en los cuerpos de los bailarines.
Otras veces empiezo con un movimiento y, mágicamente, aparece una música. Generalmente es raro que para las coreografías tenga una idea precisa. Recién cuando terminé me doy cuenta de lo que quise decir. Tanto es así que eso que quise decir ya había estado presente en las conversaciones con mis amigos, con Gabriela, sin que yo me diese cuenta.
-Tu rivalidad con Bocca ¿es folclore o existe?
-Es folclore. Hasta en las mínimas cosas que quisieron intentar con nosotros, tuvimos la misma reacción: cuidarnos y respetarnos mutuamente. Los dos estamos orgullosos uno del otro. La presión de Bocca o Guerra a nosotros nos pasaba por cualquier lado. Crecimos juntos en el Colón, nos encontramos quinientas veces en el mundo, hemos compartido escenario. Nunca hubo competencia entre nosotros. Siempre hubo una relación de interés por lo que el otro estaba haciendo y cómo estaba. Siempre hemos sentido que es bueno que el uno y el otro tuviese la carrera que tiene.
-¿Creés que los favoreció este Bocca o Guerra mediático?
-En un punto vino bien. En otro seguro que vino mal. Es un tremendo defecto de los argentinos. Volvemos al tema “campo vs gobierno”. Nadie dice “campo y gobierno”. Es esta mala praxis de tratar de dividir o separar. Vilas o Clerc, River o Boca.
-¿Probarías con las denominadas “nuevas tendencias”?
-Eso yo lo escucho como algo que está de moda. Para mí el punto más importante es qué queremos decir con todo esto que hacemos. Generalmente la innovación no va de la mano de la moda sino que, al contrario, se adelanta.
Ahora vas a ver muchísimos espectáculos que están llenos de fuegos de artificio, de efectos especiales, de proezas visuales que mezclan el cine con la música, la danza, el teatro y demás.
Pero el caso es que esas tremendas producciones no tienen un alma ni un espíritu que comunicar. Son simplemente un show: una ensalada mixta en la que, al final, agarraste con cada parpadear pedacitos de cosas. Pero, en algún punto está bien que eso también exista, porque es el reflejo del mundo de hoy. El asunto es que tienen que existir otros espectáculos que no sean sólo una moda sino un planteo personal que piense también en el mensaje. Patricia Slukich - pslukich@losandes.com.ar