Si un público exigente como el de Manchester United, acostumbrado históricamente a jugadores de la talla de Bobby Charlton, George Best o David Beckham, se enfervoriza gritando "Argentina, Argentina", hay una razón: Carlos Tevez. Si el destinatario de tal expresión de respeto se aparece en el festejo del título de la Premier League con una bandera argentina anudada en su espalda, cuando ninguno de los otros extranjeros del plantel lo hizo, es porque ha ganado un espacio propio e indiscutible. A principios de temporada, cuando Tevez venía de salvar al West Ham con sus goles clave de un seguro descenso, Alex Ferguson pronosticó que el Apache convertiría alrededor de 15 goles y no se equivocó: marcó 14, más otros 4 en la Liga de Campeones. ¿Qué representa Carlitos hoy en esta consagración de los red Devils? Demasiado. Al punto que se lo considera el jugador más valioso, sólo opacado por el espectacular campeonato que tuvo Cristiano Ronaldo. Pero el portugués adosa a su calidad futbolística síntomas de arrogancia y soberbia, no siempre digeribles hasta para sus propios hinchas. Y Tevez, en cambio, es la esencia de un jugador solidario. Se acostumbró a partir casi como volante externo, tanto por derecha como por izquierda, construyendo circuitos de juego en velocidad y llegando al área lanzado para definir. Suele darle una mano grande a Cristiano Ronaldo, Rooney o Giggs cuando éstos pierden la pelota, y esto potencia su valor grupal. Fue su instinto de supervivencia lo que lo hizo prevalecer en un fútbol complejo de una sociedad en la que cuesta insertarse llegando desde tierras remotas como las sudamericanas. Se lo merece.