En todos los rincones del mundo, a través de su historia de siglos, el hombre ha engalanado su cuerpo con los más diversos tipos de pinturas y adornos. Los motivos han sido y son de lo más variados: profundas convicciones religiosas, costumbres de identificación entre tribus, trucos para encantar al otro sexo o amedrentar al enemigo, símbolos de sociedades secretas, marcas de distinción de clases, demostraciones de valor pacienzudo en las ceremonias de pubertad, estigmas de deshonor, marcas de unión entre parejas, espíritu de imitación, jactancia: podríamos seguir así todo el día.
Algunas de estas costumbres, ancestrales por cierto, han encontrado su cauce masivo en las grandes urbes contemporáneas con particular fuerza en los últimos años. Esto puede notarse en 'piercings' o perforaciones que, para paquete escándalo de los sectores más conservadores, abundan en forma de aretes en cejas, narices, pómulos, ombligos, lenguas y pezones. Espíritu de imitación, dijimos: mucho de eso pareciera esconderse detrás del sencillo 'queda lindo' de la moda. Como sea, lo cierto es que ya cada vez menos padres se espantan cuando uno de sus hijos dice ‘Hola’ dejando asomar, juvenil y provocador, un aro en la lengua. Más aún, no sería muy sorprendente que mañana apareciera la Legrand luciendo coqueta ante las cámaras un pequeño diamante en su nariz. ¿De qué maneras se da este fenómeno en Mendoza? ¿Qué nuevas tendencias de esta cultura están apareciendo? Los Andes se embarcó en charlas con actores referentes de esta cultura para revelar un panorama de este particular fenómeno.
¿NO TE DUELE ESO EN LA OREJA?
La galería Caracol, ubicada en el centro de la ciudad, es uno de los focos de lo que en los noventa se conoció como cultura 'alternativa', es decir, un mercado para los que siempre renegaron del mercado. Allí, por ejemplo, pueden encontrarse tiendas de ropa de confección no industrial con diseños verdaderamente originales. Allí, también, un punk puede comprar sus tachas y un heavy sus remeras. Además, hay varias casas de tatuajes y 'piercings': en una de ellas trabaja Andrés. Entre otras varias perforaciones, Andrés tiene en su oreja izquierda un 'expansor' de dos o tres centímetros de diámetro que, a la manera de los discos de madera en los labios de los botocudos de las selvas de Brasil, expande su lóbulo. "El mercado de las perforaciones empezó a surgir con más fuerza hace dos o tres años -nos cuenta-. La del labio y la ceja ya es como un clásico, ¿no?, es algo básico: el aro en el labio, la ceja y el ombligo.
Desde hace poco hubo un crecimiento grande más que nada con el tema del aro en la lengua, que pasó de ser algo raro a muy común”. Mientras charlamos, una de las muchas adolescentes que observan los diferentes tipos de aros que ofrece el local pregunta a otro empleado si aceptan tarjetas de débito. Le dicen que sí. “Necesito un aro para la lengua -dice la chica-, ni grande ni mediano, normal, lo que usan siempre”. Andrés, mientras tanto continúa: “La gente viene más que nada por la moda. Son muy pocos los que se acercan a hacerse algo que no sea por moda”. La chica, que escuchaba la conversación, entre tanto elegía el tipo de bolita para lengua que compraría, señala de pronto el expansor en la oreja de Andrés y, con tono exagerado de curiosa, le pregunta: “Ay, disculpame... ¿No te duele eso en la oreja?".
RELIEVES EN LA PIEL
Andrés también es tatuador y nos comenta que una nueva tendencia en tatuajes es una vieja técnica llamada "escarificación". La misma se lleva a cabo en diferentes tribus de África o Australia, donde muchos aborígenes escarifican sus pechos y brazos en técnicas que les toman años de paciente trabajo. Le preguntamos a Andrés si conoce a alguien que las practique y nos dice que en esa misma galería podemos charlar con un muchacho llamado Christian que incluso dio talleres acerca del tema. Cruzamos las escaleras en espiral del lugar. Además de los locales que ya mencionamos vemos tiendas de botitas de basquet, de videojuegos, de comics y de remeras de rock. Entre los jóvenes que allí se reúnen nos cruzamos con emos, darkies, góticos, punkies, heavies y todas las variedades conocidas de tribus urbanas. Llegamos al otro local de tatuajes y piercings. Cuatro o cinco chicos de no más de trece años esperan su turno para una perforación. Cuando conocemos a Christian, la primera impresión es fuerte: tiene no menos de veinte perforaciones en su rostro y algunas de ellas realmente llaman la atención. Además de diversos tipos de aros en sus cejas y orejas, de su labio inferior, por ejemplo, penden cuatro colmillos de metal de unos cuatro centímetros de extensión. En su nariz hay un aro mediano como de toro. Cuando habla, además, dos colmillos que parecen de verdad asoman entre sus dientes. Pero Christian, a diferencia de lo que nuestra reacción inicial a esa primera impresión pueda sugerir, es un joven extremadamente amable, una persona de hablar pausado y seguro que se expresa con la naturalidad de quien conoce su oficio y vive para él. “Hago esto porque me gusta el acto de tener el aro y el de hacérmelo”, dice. Cuando le preguntamos si la manera en que luce le trajo alguna vez problemas Christian dice que no, que quizá cuando recién empezaba, hace unos seis años, "la gente estaba más cerrada de mente, miraba mal, comentaba con rechazo. Ahora ya no tanto. No sé si habrá bajado el tema porque la gente ha cambiado o porque yo ya no le presto tanta atención”.
Acerca de las escarificaciones nos dice que acá en Mendoza el público es casi nulo, que trabajan más que nada con amigos y gente allegada al local. "Hay gente que quizá se acerca para saber de qué se trata, pero cuando se enteran bien de cómo es todo, no vuelven". Le preguntamos cómo es todo y nos cuenta que hay dos tipos de escarificaciones. Una 'suave', en la que se hace el dibujo, se marcan las líneas del contorno y se corta con un bisturí: de la profundidad que se le dé a ese corte dependerá el grosor del trazo. "En la otra técnica, ya más avanzada, se remueve un trozo de piel. Se hace el dibujo y, con la misma técnica, se retira el pedazo cortado". No está de más decir que estas prácticas se llevan a cabo luego de un largo tiempo de estudio de la técnica. Asegura que, al ser la escarificación más dolorosa y difícil de cicatrizar que un tatuaje tradicional, para practicarla "hay que estar mucho más consciente de lo que uno quiere hacer. Tenés que estar convencido y ver si te vas a aguantar el momento de verte lo que te estás haciendo, porque hay gente que ve que le falta un pedazo de piel y se vuelve loca. Entonces tenés que estar convencido. La primera escarificación la hice hace cuatro años; desde entonces debo haber hecho no más de cincuenta. No hay mucha gente a la que le interese".