¿Qué tienen en común el médico Oscar Tarqui (55), el joven dedicado a los negocios inmobiliarios Mauricio Suárez (30) y el hijo de un empresario, Alejandro Amitrano (38)? Varios puntos: los tres están acusados de matar; los tres, antes de la acusación, no registraban delitos de ningún tipo; y, básicamente, los tres están prófugos de la Justicia.
Lejos de la lírica romántica con que se pinta la figura del prófugo, la vida que debe llevar quien es buscado por la Policía es lo más parecido a un infierno: de un momento a otro, el buscado debe cambiar de vida, dejar el trabajo, abandonar a sus seres queridos, caminar por las calles con lentes oscuros, no darse vuelta cuando lo llaman por su nombre y desconfiar de quien lo mira fijo por más de diez segundos.
El trauma del prófugo se acentúa si se trata de alguien que no es, como dice la Policía, "un delincuente consuetudinario; una persona que no ha vivido en el delito. El que de pronto se convierte en delincuente es alguien muy distinto al delincuente común; al que vive delinquiendo y que sabe lo que es escapar de la Policía", explicaba el comisario general Juan Carlos Calleri, jefe de Investigaciones de la Policía local.
Ahora van por tu cabeza
Los tres sucesos que grafican este trabajo tienen como protagonistas a personas de clase media y que, en algunos casos, suman un plus: contar con algo de dinero y con algunos contactos políticos que les hacen la tarea de escurrirse un tanto más fácil que a un asesino vulgar que no tiene dónde caerse muerto.
"Pero tampoco estamos hablando de multimillonarios -aclara Calleri- que puedan hacerse una cirugía estética, comprar un DNI o un pasaporte apócrifo para cambiar de identidad y comenzar una nueva vida en una isla paradisíaca". Lo que complica el mecanismo clásico de búsqueda para la Policía es que "estas personas no van a hacer lo que hace cualquier delincuente común: esconderse en lo de amigos delincuentes", vuelve a aclarar.
De todos maneras, Calleri indicó que "las personas que se incluyen en el orden del día como buscadas por delitos graves, tienen pedidos en Interpol con lo que no les sería sencillo, por ejemplo, abandonar el país".
Según la División de Investigaciones, en esta tipología de cacería se le "cambia el método pero no la intensidad de la búsqueda", dicen para no dejar lugar a dudas de que las llamadas "personas bien" son tan buscadas como el delincuente más vulgar.
La Policía cree que estos prófugos que no cuentan con la experiencia de un bandido tienden a comunicarse, tarde o temprano, con sus familiares directos y sus amigos más fieles. Y son esos familiares y esos amigos, entonces, quienes hacen de cebo para los pesquisas. En muchos casos, los teléfonos de los seres queridos de los buscados, las cuentas de correos electrónicos y hasta los movimientos bancarios son intervenidos por pedido de la Justicia para que los sabuesos obtengan indicios de dónde se encuentra el prófugo.
"Se cae de maduro que un padre o una madre, un hermano o un mejor amigo nunca van a entregar al buscado por más que el delito que haya cometido sea horrible; así que se sabe que los allegados y familiares muchas veces saben dónde está la persona pero nunca van a colaborar", sigue un pesquisa de la Unidad Investigativa Especial que depende de Investigaciones.
Igualmente, y como ya se explicó, de las cabezas de los investigadores no se va la idea de que algunos de estos escurridizos recibe o ha recibido algunos favores de parte del poder político o desde el mismo Poder Judicial a la hora de desaparecer de los sitios que solía frecuentar.
Sé dónde estás
En general, todos los prófugos, antes de tirarse de cabeza a la clandestinidad, optan por asesorarse con un abogado. De ese modo, en la clandestinidad, el sujeto desesperado espera escuchar de la boca del especialista qué le depara si decide entregarse. Cuando el letrado le dice que lo que le espera es la cárcel y el hombre no quiere saber nada es cuando se recibe de prófugo.
Y es entonces su abogado el que comienza a negociar su posible entrega. Cuando la negociación se estanca, el fugado abandona su vida cotidiana y el abogado se convierte en el nexo que se comunica con la Justicia. Se produce entonces una situación extraña: el fiscal o el juez habla con quien sabe dónde está el buscado.
Para un abogado penalista que pidió no ser identificado y que es especialista en asesorar a buscados, el hecho no reviste ninguna inmoralidad. "Nosotros tenemos que defender personas y a veces defender es ocultar".
En su confesión por medio de un video que hizo llegar al Canal 9 a fines de 1999, el prófugo Alejandro Amitrano dijo ante la cámara: "Cuando mis abogados me contaron que estaba acusado de homicidio, me llevaron a una casa de campo en la que no había luz ni gas y me dijeron que estaba muy complicado si me entregaba?".
Vaya si les hizo caso: el año que viene cumplirá diez años en la clandestinidad.
El joven de 18 años terminó con doble fractura de mandíbula y tuvo que ser operado. Los agresores eran cuatro y serían, también, jugadores de rugby.