El paro del campo dio una señal: los argentinos ya no quieren ser parte de un país dirigidos solo por algunos pocos. Marcó también el renacer de la política en millones de argentinos interesados otra vez en la cosa pública.
domingo, 06 de abril de 2008
“La presión de las masas sólo produce resultados efectivos cuando las condiciones económicas y sociales marcan las curvas del ascenso y no de la depresión... Sólo con el país en ascenso se producirá el ascenso del pueblo hacia sus objetivos”.
Arturo Jauretche.
El paro (según lo llaman sus defensores) o lock out (según lo llaman sus defenestradores) del campo, apareció como un soplo de aire fresco sobre el país porque indica que los argentinos no quieren más ser propiedad de unos pocos que pretendan definir el destino de todos. Por eso, no tenemos más que loas y apoyo hacia las palabras de la señora Presidenta cuando les dijo a los productores del campo que “son parte del país, no sus propietarios”. Palabras que también vienen como anillo al dedo del matrimonio presidencial que tampoco es -ni debe querer ser- propietario de la Nación.
Bienvenida, política. El paro o lock out, también trajo aire fresco porque hizo renacer los deseos de participación política en millones de argentinos. Frente al preocupante desinterés hacia todo tipo de actividad pública, o frente al rechazo hacia todos los políticos expresado en el que se vayan todos, lo que pasó estos días fue un esperanzador retorno al debate donde muy pocos argentinos dejaron de emitir opinión, a favor, en contra o en el medio.
Se recuperó la voz del ciudadano. Y si esto no resultó todo lo bueno que se podía esperar no fue por culpa del pueblo sino de ciertas élites, en particular de las que quisieron dividir lo que pasó en blanco o negro sin matices. Algunos intelectuales y políticos -tanto de signo populista como neoliberal- decidieron volver con sus discursos al ’73, al ’45, a 1930 o hasta 1880, buscando reconstruir dicotomías maniqueas ya superadas, cuyo simplismo elemental contrasta con las opiniones de la mayoría de las personas comunes. Es que la política volvió a discutirse en el seno del pueblo, pero la política referida a temas de hoy. Mientras que desde el poder, político o económico, también se discutió sobre política, pero del pasado, o con categorías del pasado.
Lo mejor y lo peor. En los años ’70, la izquierda tan rescatada hoy por el peronismo en el poder, sostenía mayoritariamente la tesis de “cuanto peor mejor”. Vale decir, creían que mientras más brutalmente se mostraran los “sectores dominantes”, incluso con un golpe de Estado, más rápido el pueblo se uniría contra ellos. Lo primero ocurrió: el golpe fue más brutal de lo imaginado. Pero no lo segundo, ya que frente a la magnitud de la dictadura todos debieron replegarse.
Ya en 1957, Arturo Jauretche criticaba a quienes creían que los grandes cambios sociales sólo ocurrían cuando la miseria y la explotación más brutales hacían estallar a los pueblos. Don Arturo pensaba al revés: que las revoluciones suelen suceder cuando la situación económica está en alza pero el Estado concentra recursos que debería distribuir. O sea, decía Jauretche, los cambios sociales son hijos de la abundancia, no de la pobreza.
Creer que el conflicto con el campo es en sí mismo el inicio de un gran cambio social, sería pecar de anticipados. Pero lo cierto es que el clima que la crisis instauró en la Argentina es el más propenso en décadas para las reformas superadoras si sabemos aprovecharlo bien.
Todos los estallidos anteriores en el país post-Proceso fueron hijos de la hiperinflación o de la recesión, y clausuraron fases terminales de la política (el alfonsinismo y el menemismo).
Trajeron indignación y bronca que no se tradujo en ningún cambio político significativo, mejor dicho, ningún cambio significativo de los políticos, que variaron de ideología como de camisa pero manteniendo sus peores hábitos y costumbres.
Por ende, nada más falso que el “tanto peor mejor”, como advertía tempranamente Jauretche. Porque la realidad suele ser al revés: “tanto peor peor”. Así ocurrió en los años del Proceso. Y así ocurrió en 2001 cuando la sociedad pidió que se vayan todos pero se quedaron todos, más aferrados que nunca a sus privilegios. De la desesperación no nace nada positivo nunca. En cambio, ahora, en 2008 las cosas son diferentes, y mejores.
El crecimiento no es todo. En 2002, el país, al borde de la anarquía, debió construir un sistema político de emergencia que mantuviera el orden básico. Pero junto con ese orden político de transición, la recesión económica tocaba fin y en el mundo surgía un boom económico de esos que ocurren uno o dos cada siglo, donde las materias primas pasaron a valorarse más que el oro. Esta etapa de bonanza económica mundial la Argentina la aprovechó en parte, pero concentrando en manos del gobierno central la mayor parte de la riqueza material acumulada y casi todo el poder político real. Hasta llegar a momentos como el actual, cuando comienza a hacerse contradictorio por partida doble el manejo de tanta riqueza en tan pocas manos.
Contradictorio en primer lugar porque frente a la mayor riqueza la mala distribución de ella indigna con más fuerza a los que entrevén que tal injusto reparto no es por falta de crecimiento o de riqueza, sino por malas políticas.
Y contradictorio en segundo lugar porque de seguir con la concentración económica y política actual, hasta el crecimiento puede llegar a frenarse.
El aumento del proceso inflacionario expresa como nadie esa doble contradicción. Y la sociedad se va dando cuenta, por eso comienza a reaccionar.
Piquetes de la abundancia. Los piquetes agrarios y las cacerolas urbanas no fueron explosiones de la miseria, sino de los que son parte de los privilegiados del actual modelo, pero en su parte inferior, que es por donde se inician los ajustes cuando las crisis provocadas por la inflación y la concentración del poder político comienzan a manifestarse.
De algún modo la Presidenta tuvo razón cuando dijo que eran piquetes de la abundancia y no de la pobreza. Pero de los que empiezan a percibir que en cualquier momento pueden dejar de ser socios de la abundancia en un país tan dualizado como la Argentina actual, donde se puede pasar, de un día a otro, de enganchado en la riqueza de las élites a empobrecido total, puesto que el colchón que antes componía la clase media, cada día es más chico. Por lo tanto, en marzo no salieron a las calles los más pobres, sino los “privilegiados” de abajo, que pueden dejar de serlo si las cosas siguen así. Por eso todo es diferente a 2001. Hoy se pelea por la distribución de la renta porque hay renta por la cual pelear, mal distribuida. Hoy una parte de la sociedad comienza a reclamar y está bien, aunque no sea la más urgida. Pero, y eso debería preocupar al gobierno, si no cambian políticas, todos los sectores, uno tras otro, comenzarán a movilizarse.
Movilizaciones de la abundancia. Las movilizaciones de marzo tuvieron cuatro características: Uno, se trató de hechos más espontáneos que organizados. Dos, fueron protestas que rebasaron a sus dirigentes sectoriales, fueron de abajo hacia arriba. Tres, el federalismo fue una de sus reivindicaciones implícitas al poner en evidencia que el gobierno nacional se queda con muchos más recursos de las provincias que los que les devuelve. Y cuarto, la distribución de la renta fue la meta, ya que sus principales protagonistas rurales no pedían la eliminación de las retenciones sino su cobro discriminado progresivamente, mientras que en las cacerolas de la ciudad, la protesta era contra el más regresivo de los impuestos: la inflación.
Lamentablemente, a esas cuatro grandes demandas democráticas el gobierno nacional respondió mal: Uno, a su espontaneidad no se propuso conducirla sino que la enfrentó con sectores organizados que buscaron quebrar al movimiento espontáneo. Dos, a la movilización de abajo hacia arriba le respondió con una plaza convocada desde arriba hacia abajo. Tres, al federalismo implícito en la protesta le respondió calificando de traidores a los gobernadores que se mantuvieron en el medio. Y cuarto, al pedido de distribución del ingreso sólo le respondió con otro subsidio, aunque se trate de uno de los pocos subsidios que este gobierno no le otorga a los más ricos, sino a los del medio. Único logro hasta ahora de las protestas.
Sepa el pueblo controlar. Con las movilizaciones de marzo todos deberían estar en la Argentina un poco más contentos. El gobierno nacional porque de no haber sido por el gran crecimiento económico que él contribuyó a fomentar, movilizaciones de este tipo no habrían sido posibles.
Y el resto de los argentinos porque ahora saben que, con crecimiento económico o sin él, nadie les dará lo que ellos no se decidan a lograr por sí mismos. Por ende, lo peor que puede hacer el pueblo es volver a dejar la política exclusivamente en manos de los políticos, porque éstos -sean neoliberales o nacional-populares o lo que sea- si no son controlados y limitados por la participación ciudadana, siempre devendrán en oligarquías al servicio de sí mismas. Por Carlos Salvador La Rosa