
“No me lo voy a olvidar jamás. Esto es lo que se vive en el deporte y en los Juegos Olímpicos, la antorcha olímpica fue algo muy emocionante. No puedo ocultar la felicidad que tengo”, confesó Gabriela Sabatini en el Club Hípico Argentino, poco después de encender el pebetero con la llama olímpica. Ella fue la última de los 80 relevistas que pasearon la antorcha a través de Buenos Aires, recorriendo 13,8 kilómetros durante dos horas y media. A diferencia de lo que ocurrió en Londres, en París y en San Francisco, en las calles porteñas no hubo incidentes.
Para impedirlos se desplegaron 5.700 personas, entre policías, efectivos de la Prefectura y voluntarios. El máximo atentado que sufrió la llama fueron unas cuantas bombitas de agua que no lograron apagarla (ver aparte).
Los 80 relevistas se encontraron en la UCA de Puerto Madero, donde les sacaron una foto grupal. El único ausente fue el futbolista Andrés D’Alessandro, de San Lorenzo. Los organizadores debieron lidiar hasta último momento con su club para que lo dejaran participar.
La fiesta oficial empezó poco después de las 13.30, en el anfiteatro Lola Mora de la Costanera Sur, donde Iñaki Urlezaga bailó piezas de Astor Piazzolla. Bajo un cielo plomizo, un público poco expresivo con banderas y pancartas chinas copó la mayor parte de las tribunas. La música apenas se oía entre el estruendo de un helicóptero, que sobrevoló el escenario. Afuera de las vallas asomó el primer cartel de protesta: “Sin derechos humanos, no a los Juegos Olímpicos de Beijing”, decía en inglés. También esperaban algunos atletas amateurs para acompañar a la llama corriendo o en bicicleta. “Para mí la antorcha representa la paz, la tranquilidad y el deporte. Quiero seguirla para apoyar al deporte nacional”, contó el fondista Bruno Ibarra. Y la nota bizarra la dio Tula, con su tradicional bombo.
A las 14.38 y 22 minutos después de lo previsto, el triple medallista olímpico Carlos Espínola inició el camino de la antorcha. “Fue una sensación impresionante -contó después-. Tuve la suerte de ser el abanderado en Atenas, pero transportar el fuego olímpico es incomparable”. A su paso se agitaban banderas chinas, que fueron una constante en todo el recorrido. Toda la comunidad china estuvo en las calles, desplegando pancartas y sus característicos dragones. Algunos, de la provincia de Guang Dong, se movilizaron en diez micros que puso a su servicio la Embajada de su país.
En Puerto Madero, la antorcha avanzó por agua en varios botes con remeros olímpicos. “Basta de represión en China. Aguante Eduardo, no es con vos”, se leyó en un cartel cuando la llevaba Eduardo Guerrero, medalla de oro en Helsinki 1952.
A medida que la antorcha se acercaba a Plaza de Mayo, se sumaba más público. Justo delante de las escalinatas del Banco Nación, que sirvieron de tribuna, diez chicos levantaban más carteles pro-Tíbet. Cuando la comitiva pasó frente a la Catedral, porteños y turistas compitieron por un lugar para poder fotografiar la llama, en su único y posiblemente último paso por la Ciudad. El Comité Olímpico Internacional anunció que para los Juegos de Londres 2012 podría interrumpir la tradición.
“Y después se quejan de los piqueteros”, protestó un motoquero en medio del caos del tránsito. “Esto está lleno de chinos”, se sorprendió una mujer mientras hablaba por su celular.
Después de superar la lluvia de bombitas de agua en Diagonal Norte, la comitiva llegó al Obelisco. Ahí todas las previsiones fueron superadas por las miles de personas que esperaban ver de cerca a la antorcha y los papelitos que caían desde las oficinas y se arremolinaban por el fuerte viento. Apenas si pudieron pasar los micros con los relevistas, entre los cuales el más ovacionado fue Ubaldo Fillol. Para que avanzara la llama, los cadetes de la Policía Federal corrieron a la gente a empujones. La escena se repitió a lo largo de las avenidas del Libertador y Figueroa Alcorta.
En las cercanías del Club Hípico, esperaban cientos de personas. Incluyendo a un grupo con banderas del Tíbet y flores de loto. “Los Juegos Olímpicos simbolizan la unión de todos los países y no estamos en su contra, sino a favor de los derechos humanos en todo el mundo”, explicó Juana Abboud, del centro budista Dong Yuling.
En el último tramo, la tenista Paola Suárez ingresó al club, donde le traspasó el fuego a Gabriela Sabatini, medalla de plata en Seúl ’88. Eran las 17.08 y unas cuantas gotas amenazaban con tormenta cuando ella encendió el pebetero olímpico en el escenario donde antes había cantado Luciano Pereyra. Después de los discursos, Soledad Pastorutti cerró una celebración donde el mayor protagonista fue la gente. CC