Luego de disfrutar las mieles de un crecimiento sin contraindicaciones que duró poco más de 4 años (de mediados de 2002 hasta la segunda mitad de 2006), la Argentina empezó a sentir los límites del “modelo productivo” cuya autoría política e intelectual reclamaron a partir de 2003 Néstor y Cristina Kirchner, pese a que las vigas maestras (devaluación, emergencia económica, sustitución de importaciones, retenciones, rescate de cuasimonedas, recuperación gradual del sistema bancario, refinanciación de deudas provinciales) habían sido puestas por “el Padrino”, Eduardo Duhalde, y su ministro de Economía, Roberto Lavagna.
La inflación empezó a acelerarse en 2006, cuando Lavagna, ya con Kirchner de presidente, intentó encauzarla con “acuerdos” de precios, y volvió a aumentar su ritmo en 2007, aunque ello no conste en las estadísticas oficiales, burdamente dibujadas desde enero de ese año.
Otro límite se había empezado a sentir el verano de 2004, cuando por primera vez en más de una década se registró una (leve) escasez de gas natural en verano, la estación de más bajo consumo del fluido.
Pero ni inflación ni escasez energética fueron entonces, ni después, reconocidas como problemas por el gobierno de Kirchner. Sólo de modo implícito, la presidenta Cristina Fernández presentó, apenas asumida, un plan de ahorro de energía, más como un gesto patriótico que como un reconocimiento a los problemas heredados de la gestión de su marido.
Caballero
Era lo menos que correspondía. Antes de irse, Néstor se portó como un caballero, legándole a su esposa y sucesora un paquete impositivo centrado en un aumento de retenciones que, pivoteando sobre la soja -que ya había empezado a sembrarse- buscaba darle márgenes fiscales holgados al modelo que en campaña Cristina rebautizó “de acumulación con inclusión social” y al que había prometido darle mejor “calidad institucional”.
Esos márgenes, sin embargo, fueron considerados insuficientes apenas cien días después, cuando el matrimonio presidencial instruyó al ministro de Economía, Martín Lousteau, a ensancharlos otra vez. La víctima propiciatoria volvió a ser la producción agraria, y en particular, la soja, a semanas del inicio de la cosecha. Lo que siguió está en curso. En el entuerto con el campo, el Gobierno ha ido dejando jirones de su imagen y agudizando un instinto básico del (no) poder K: la búsqueda de los culpables.
No se trata sólo de que el Gobierno trate de “golpista” a cualquier persona o sector que se le oponga, sino que presenta como problema la fuerte suba del precio internacional de los alimentos, la misma que solventó el crecimiento de los últimos 5 años y sin la cual el Gobierno estaría metido en un brete más profundo y difícil, no uno que se procuró solo.
Para poder trascender la política de la recriminación y la búsqueda de la culpa ajena, el Gobierno debería primero hacer un diagnóstico de situación. La evidencia no da para el optimismo.
El jueves, por caso, el Indec volvió a tomarles el pelo a los argentinos, diciendo que la inflación de marzo fue de 1,1%. La destrucción del Indec, sin embargo, no es el único mérito del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, que hizo lo mismo en la Compañía Administradora del Mercado Mayorista Eléctrico SA (Cammesa), ente técnico cuyas evaluaciones mensuales han sido discontinuadas y cuyos técnicos trabajan en el clima de secreto y temor que impone al secretario de Comercio, interventor de hecho del sector. Así como en el Indec Moreno rompió el “termómetro” de los precios, en Cammesa rompió el medidor eléctrico.
El hombre de la lluvia
Pero hay indicios reveladores de la verdadera situación, como el reciente intento -denunciado por el Diario de Río Negro- de retener agua en la casi seca represa de El Chocón, para generar hidroelectricidad en el próximo invierno, a costa de dejar sin agua (para riego y consumo) a la población del valle. Los técnicos de Cammesa, la Secretaría de Recursos Hídricos y los representantes provinciales de la Autoridad de Cuenca, lograron frenar a Moreno, que -por así decirlo- quería aplicarle la ley de Abastecimiento al río Limay. De prometer “lluvia de gasoil” en 2005, el más paradigmático de los funcionarios K pasó a implorar abundante lluvia de agua -y que sea en el sur- en los próximos meses.
Otra guía es el propio aumento de retenciones que gatilló el conflicto con el campo. La búsqueda desenfrenada de recursos fiscales tiene que ver con un calendario de vencimientos que se empieza a empinar (lo peor vendrá en 2009) y con las precauciones a tomar en un escenario internacional enrarecido, pero también con la necesidad de pagar mucho más caro afuera los combustibles y la energía que la Argentina no produce en cantidad suficiente. A cargo de esas compras, Enarsa, la empresa estatal pergeñada por Moreno y lanzada por Kirchner en 2004, va camino de convertirse en la primera “petrolera” mundial con pérdidas de miles de millones de dólares, pese a no haber explorado ni extraído petróleo.
El Gobierno busca explicar el exceso de inflación y el faltante de energía -cuando a regañadientes los reconoce- como “tensiones” del crecimiento e inevitable efecto de la suba mundial del precio de la energía (con eje en el petróleo) y los alimentos.
El discurso oficial naufraga por todos lados. La Argentina tiene hoy un nivel de inflación “verdadera” entre 4 y 6 veces superior al promedio regional y mundial, pese a tener alimentos y energía mucho más baratos (este último fue uno de los clichés de la presidenta y el ministro Lousteau en el conflicto con el campo). Los problemas no son importados, sino cosecha propia del “modelo”.
Ya nadie dice en los cenáculos del poder que “el ministro de Economía es Néstor Kirchner”. Torvas miradas apuntan a Lousteau, joven e inexperto -se dice- para lidiar con enemigos como los insaciables chacareros, los pérfidos pooles de siembra, golpistas de toda laya, generales multimediáticos y caricaturistas “cuasi-mafiosos”.
La búsqueda de los culpables es la voz de orden. Domina la interna oficial, cubre todo el país (¡ay de esos gobernadores desleales!) y se proyecta incluso sobre el mundo ancho y ajeno. Y lo seguirá siendo. A menos que los Kirchner hagan un ejercicio introspectivo.