Noches urbanas
sábado, 12 de abril de 2008

Te odio Peter Pan

Por Pablo Pereyra - ppereyra@losandes.com.ar

¿Existe la crisis de los 30? Por supuesto y a juzgar por la cantidad de artículos escritos en Internet, es evidente que si no estaría oficializada por el psicoanálisis, los mismos treintañeros se encargarían de darle rigor científico. Los síntomas se evidencian cuando comienzan a decirte "señor". A esta patada al hígado se suma encontrarse con los compañeros de la primaria, o una ex, todos arruinados tras dos matrimonios, hijos que los odian y un trabajo que no sólo les destruyó el físico jovial de aquellos años, sino el espíritu mismo, con más desencanto existencial que un personaje de Ian McEwan.

A un estado de melancolía inexplicable que remite directamente a los años en que salíamos con amigos y nos acostábamos al amanecer y bailábamos toda la noche, nos descubrimos desganados y alejados de los amigos que antes considerábamos indispensables, porque ahora los vemos inmaduros o estancados, por el solo hecho que somos incapaces de asimilar que quizá nosotros tampoco hemos cambiado demasiado y es más fácil culpar a alguien externo.

A este desgaste evidente tras quince años de salidas nocturnas, lo más agobiante en materia reflexiva está en la escala de los logros, una imposición cultural que para los que ya cruzaron la barrera de las tres décadas, resulta toda una hazaña ontológica: ¿Qué hemos conseguido de nuestra vida?¿Qué tengo?¿Qué compré?¿Qué conocí del mundo?¿Por qué todo cambió?¿En qué momento me transformé en esa persona que sacrificó un disco nuevo de Radiohead por la boleta del teléfono? Un desconocido que se siente joven por dentro pero que se ve en el espejo como el mismísimo Charles Bukowski. Todo mal.

Muchas preguntas, pero casi ninguna respuesta consoladora. La carrera que quisimos, los viajes que planeamos, el sexo que tanto habíamos planificado cuando todavía vivíamos con nuestros viejos, todo se vuelve un deja vu inspirado en relación directa con aquellos años en que no nos importaban más cosas que soñar, disfrutar y planificar. Duele descubrir que el tiempo pasó tan rápido que si apenas sacamos el ejemplo de todo lo que nuestros viejos lograron a la misma edad, nos queremos abrir las venas, porque es ahora casi imposible tener casa propia y porque ellos se animaron a tener hijos mucho más jóvenes que nosotros a los treinta y pico.

¿Cobardía? ¿Default generacional? Sí, seguro, pero también inseguridad, inestabilidad, incompetencia sentimental, falta de compromiso. Un Peter Pan que contradictoriamente queremos recuperar en el recuerdo de aquellas canciones de la discoteca abierta de la Emisora del Sol, pero que al mismo tiempo culpamos de nuestro presente haciéndolo responsable de nuestro fracaso onírico.

Es verdad que las cosas (llámese un mejor sueldo, un trabajo llenador, una relación sentimental rica), están más difíciles de obtener que en la juventud de nuestros padres, pero también somos responsables sin cargo de haber sobreestimado el valor del consumo, en cotizar un celular o unos zapatos como hostias espirituales para el alma. Pura ilusión. Un fárrago de objetos acumulados que nos dejan insatisfechos apenas los tenemos en nuestras manos y un segundo después, volvemos a sentir la necesidad de llenar otro vacío, comprado otra vez en comodísimas mini cuotas.

"El reloj biológico humano ha cambiado en comparación de otras décadas", dicen los psicólogos sobre esta crisis. Tras el agobiante culto a la juventud adolescente y el parámetro "looser-successful", tan claros en la industria del entretenimiento, (véase series donde los personajes tienen 22 años y ya tienen dos doctorados, viven solos y materializaron todos sus placeres burgueses), un treintañero ya se ve viejo y por primera vez piensa el peso de la estigmatización social que creíamos exclusiva de nuestros abuelos. Y para empeorar el mapa de situación, están los incontrolables impulsos paternos, esa necesidad de tener un hijo, de tener una proyección, "una justificación biológica", dirían los más cínicos. Hay mucha letra todavía. Y el panorama no parece muy alentador para enfrentarlo cuando sabemos que todavía nos espera una peor; la crisis de los 40.

Mientras tanto, nos vemos la semana que viene en la sala del terapeuta lacaniano de moda más cercano a tu domicilio.

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