El doctor Burgos, con el aparato que más utilizó en su vida profesional, el microscopio.
Por unas horas, investigadores de todas las edades y especialidades del sistema científico mendocino, empeñados en hacer más fácil y mejor la vida sobre la tierra, pararán sus meditaciones y aplicaciones.
Es que hoy es el día en que se celebran 50 años de gestión del Concejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), creado en 1958 por el eminente médico y premio Nobel Bernardo Alberto Houssay. También en atención a la magnífica obra de este hombre, el aniversario de su nacimiento, un 10 de abril, quedó en el calendario como el Día del Investigador Científico.
El Conicet nació después de la caída del peronismo, con muchas dificultades y penurias, y un capital humano de 50 investigadores iniciales, que se proyectan en la actualidad en unos 5.300 científicos y 5.700 becarios.
Los datos de la realidad y la comparación mundial indican que aunque hay alguna mejoría en este campo, todavía nos falta mucho. Datos de la misma organización científica señalan que un país que quiera ingresar a la sociedad del conocimiento “tendría que tener tres investigadores cada mil personas económicamente activas”. Al comienzo de la gestión del actual presidente del Consejo, Eduardo Charreau, había 1,5, un valor muy bajo y penoso.
Para conocer los momentos fundacionales del Conicet, en Mendoza debe apelarse al eminente médico Mario Héctor Burgos, de 86 años, discípulo de Houssay y graduado de médico en la Universidad de Buenos Aires. Convaleciente de una lesión en la pierna derecha, el doctor Burgos -miembro de la Academia Nacional de Ciencias- describió en su casa la admiración que siente por Houssay.
“Fue nuestro maestro y guía de muchos profesionales que luego se destacaron. Corrían los primeros años de la década del ’50, yo tenía alrededor de 30 años y era para entonces profesor titular en histología y embriología. Fue entonces cuando este magnífico hombre me becó para dictar clases y perfeccionarme en el Harvard Medical School, en Boston”.
Burgos, padre de seis hijos, pudo haberse quedado para siempre en Estados Unidos, porque en ese país tenía las puertas abiertas. “Bernardo me alentó a volver a la Argentina, brindándome sabios consejos y proponiéndome partir al interior para impulsar el desarrollo de la ciencia en alguna provincia”.
Fue así que este profesor emérito de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNCuyo, eligió venir a Mendoza para empezar desde el nivel “cero”, creando el Instituto de Histología y Embriología de Mendoza, que hoy lidera el Ramón Salvador Piezzi y donde en la actualidad trabajan notables investigadores, con labor de trascendencia internacional. Sin embargo, los comienzos fueron muy modestos, con una pequeña dependencia, una mesa, dos bancos y un sencillo microscopio, en el Hospital Central. “Mi esposa Aída se desanimó un poco cuando vio las modestas instalaciones, pero le dije que debíamos esperar y perseverar”, contó en su casa de Martínez de Rozas.
Burgos siguió ligado al Premio Nobel hasta que se produjo su muerte en 1961. Viajaba periódicamente a Buenos Aires, porque en su carácter de miembro titular del Conicet, cooperaba en la selección y designación de becarios.
Es imposible sintetizar los hitos del Instituto de Histología, pero Burgos piensa un poco y marca dos episodios: la creación de la revista Biocell, de alcance internacional para difundir los progresos de la ciencia y la realización en 1978 del Congreso Latinoamericano de Microscopía Electrónica, efectuado en Mendoza con el apoyo del Conicet.
La realidad científica de Mendoza también está enraizada en la creación, hacia 1971, del Cricyt, una base de lanzamiento de miles de investigaciones con estricta aplicación en la realidad de las personas. En la formación de esta base de saber científico hay que reconocer al ingeniero y biólogo Virgilio Roig, que fue ministro de Economía por aquellos años y se empeñó en la creación de este centro. “Era difícil conseguir los recursos. Creo que hicimos mucho, pese a que en algún momento el sistema político imperante nos mandó a la casa”, dijo el estudioso de los animales.
Hoy el Cricyt mudó su nombre por el de Centro Científico Tecnológico Conicet Mendoza y lo conduce un sobrino del pionero, Sergio Roig (40), dedicado a la entomología. Este investigador está orgulloso de los cinco institutos -Iadiza, Ianigla, Incihusa, Imbecu e Histología- “que producen soluciones para el habitante común”, pero brega para que haya más recursos para este sector estratégico.
El sábado, la máxima rondará sólo los 15°, mientras que el pronóstico también anticipa algunas lluvias aisladas.
Los 9 choques de la ruta 9 dejaron, además, 25 heridos. Estuvieron involucrados 20 camiones, varios autos y dos micros.