Jueves 24 de mayo de 2012 | 15:15 hs
El género pide espacio una vez más. Al estreno de “El tren de las 3.10 a Yuma”, con Russell Crowe y Christian Bale, se le sumarán las nuevas de Viggo Mortensen y Kevin Costner.
viernes, 21 de marzo de 2008
Cada tanto, las contradictorias fuerzas del mercado intentan encontrar un equilibrio, un lugarcito para el western, aquel género que nutrió el cine estadounidense durante décadas de balazos sobre el desierto. Lo hizo hace 18 años con “Danza con lobos” (1990), de Kevin Costner, multipremiada vuelta a la gesta conquistadora del hombre blanco desde un enfoque indigenista como no se materializaba desde “Pequeño gran hombre” (1970) de Arthur Penn. Siete Oscar señalaron que el renacimiento no venía mal. Pero la poca o nula repercusión posterior demostró no sólo que el público actual aún mantiene incólume su indiferencia hacia este cine que alguna vez hizo correr grandes sumas de dinero en Hollywood pero que hoy no corre ni el bondi.
Sólo “Los imperdonables” (1992), de Clint Eastwood, ganadora de cuatro Oscar (película, director, actor de reparto y montaje), mantuvo el termostato caliente durante un breve lapso. Aunque más de uno dedujo, no sin razón, que el premio fue más para la trayectoria de Clint Eastwood, último ícono vivo del género, que a la verdadera maestría de la película, que la tenía.
Pero los ecos del Far West siguieron sonando lejanos como el Oeste. No pasó nada. Lo más relevante fue el estreno de “Wyatt Earp” (1994), con Costner otra vez, una nueva versión de un histórico duelo ocurrido en un potrero conocido como OK Corral, donde el sheriff Wyatt Earp se enfrentó a la temible familia Clanton. El público siguió impertérrito los pasos de esta nueva defunción.
¿Revólver, vas a volver?
La fuerza mítica de las coordenadas que en otra era fructificaron en cientos de títulos emblemáticos de un tipo de cine americano clásico y moderno (el western cuajó en varios hitos evolutivos del cine industrial, sobre todo ante la aparición de la tele en los años 50) no lograba en el presente volver encender la llama sagrada. Y los años siguieron pasando. Y el aliento épico del western transmutaba en aliento a resaca, a viejo. Nadie apostaba por su vuelta. Los caballos robustos de las praderas valían menos que un jamelgo enfermo. Pero hubo una excepción. Y otra vez fue gracias a Costner, cuyo parentesco de sangre con el género no data de “Danza con lobos” sino de un baile anterior: el gran western de la década de 1980, “Silverado” (Lawrence Kasdan, 1985), cuya revelación como bandolero de buena puntería y alma de diamante afinó la mirada de los cazatalentos. La excepción de la que hablamos se llamó “Pacto de justicia” (2003), retorno cuatro por cuatro de un actor y un cineasta devenido autor.
Dirigida y protagonizada por Costner, más el plus fibroso de un envejecido pero no viejo Robert Duvall, “Pacto de justicia” exhibió una aplastante capacidad para transustanciar la mugre y la crueldad características de la tradición de este cine en una inédita forma de glamour acorde con la época que vivimos. “Danza con lobos” no pudo sino existir a comienzos de la década pasada, cuando la corrección política en Hollywood colonizaba sus tierras. “Pacto de justicia”, sucia, violenta, romántica y a su manera anómala, es un producto del nuevo desencanto político. Muerta la ética, vuelven los grandes ladrones de tierras. Y fue absolutamente coherente con las raíces argumentales del período clásico: el malo era, como antes, un terrateniente goloso con la propiedad ajena. Y allá van los buenos, a meter bala donde no entre razón.
La reverberación cualitativa de esta gran película fue tan poderosa que sirvió hasta para tapar el mal sabor que dejó al año siguiente la raquítica remake de “El Álamo” (2004) con Billy Bob Thornton y Dennis Quaid, que aquí se estrenó directamente en DVD.
La que llegó a salas en 2006 fue “Perseguidos por el pasado”, que narraba el enfrentamiento entre dos viejos rivales de la Guerra de Secesión interpretados por Liam Neeson y Pierce Brosnan (ex 007). Aunque la película empezaba bien, hacía gala de una crueldad innecesaria y se desbarrancaba inexorablemente después de la primera hora. Pero el elemento técnico a prestarle atención era John Toll, fotógrafo doble ganador del Oscar por “Leyendas de pasión” (1994) y “Corazón valiente” (1995), también nominado por su excelso trabajo en “La delgada línea roja” (1998).
Volvió el revólver nomás
Y volvió dos veces. Por un lado, la semana pasada se estrenó en Mendoza -aunque muy pocos lo notaron- “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, del australiano Andrew Dominic, donde la megaestrella Brad Pitt vestía las espuelas de los últimos días del famoso bandido del Oeste comparado con Robin Hood, y Casey Affleck, hermano de Ben, interpretaba a su asesino. Por este rol a Pitt lo premiaron el año pasado con la Copa Volpi, el máximo premio actoral del Festival de Venecia. Nadie se enteró. Y también parece que nadie vio la película, que se estrenó sólo en el complejo Cinemark y apenas duró una semana en cartel.
Pero el western que se estrenó ayer, “El tren de las 3:10 a Yuma”, viene con otros laureles, aunque nadie le haya dado un premio. Dirigido por James Mangold, autor de “Tierra de policías” (1997) y de la biografía del cantautor Johnny Cash, “Johnny & June: Pasión y locura” (2005), fue la gran sorpresa del año pasado en los Estados Unidos. Destronó del primer puesto de la taquilla a “Bourne: el ultimátum” y recibió elogiosos comentarios de la crítica. Por otra parte, se trata de una nueva (y, según muchos, superadora) versión de una gran película de 1957 que dirigió Delmer Daves y protagonizaron Glenn Ford y Van Heflin.
Ahora con los protagónicos de Christian Bale y Russell Crowe, “El tren de las 3.10 a Yuma” narra los padecimientos de un granjero (Bale) que acepta por dinero la misión de escoltar a un delincuente bravísimo (Crowe) hasta el tren que lo llevará hasta el juzgado donde será sometido a juicio. En el camino, el honesto será atacado por los amigos del malevo, que intentarán frenarlo a toda costa. Miguel Peirotti (LVI)