Lucila y Oscar, los dos protagonistas de esta sórdida historia.
Detrás de los anteojos negros escondía los golpes que solía darle su marido. Quién lo hubiera dicho: el matrimonio de María Lucila Lucero y Oscar Tarqui parecía perfectamente feliz. Ella era abogada, él es médico traumatólogo. Ella aguantaba todo por su cuatro hijos: las infidelidades de él, sus maltratos físicos, la vergüenza. Pero el hogar que tanto protegía fue su patíbulo: la madrugada del viernes 12 de enero, una trompada de él le hizo perder el equilibrio, y Lucila rodó por las escaleras. Cuando la caída terminó, el cráneo estaba fracturado.
Esa, al menos, es la principal hipótesis del fiscal Luis Correa Llano, de Godoy Cruz. Allí nadie hubiera imaginado este desenlace para una historia de amor de más de diez años.
Ahora Oscar Tarqui, ex director del Hospital Central y ex precandidato a intendente de la ciudad de Mendoza, está prófugo. Y los familiares de Lucila se atreven a contar la otra historia: la del infierno que ella vivía puertas adentro.
"Sabíamos que él le era infiel con muchas mujeres. Incluso lo he visto pasear por la calle con otra mujer. Ella también lo sabía, pero lo perdonaba por sus hijos", contó Albina, la hermana mayor de Lucila. Los hijos son cuatro: dos varones y dos mujeres, de entre 18 y 28 años.
También por ellos Lucila no denunciaba los golpes que su marido le daba cada vez que ella le reclamaba por sus infidelidades.
Lucila trabajaba en la Secretaría del Juzgado Civil 200 de Mendoza. Sus compañeros sabían de los maltratos que sufría.
En diciembre Lucila decidió tomar una licencia. Estaba estresada y el estrés le generaba taquicardias.
Las taquicardias parecen haber sido la excusa perfecta para Tarqui, según creen los investigadores judiciales. Después de que cayera por las escaleras, ante el cuerpo inerte de su esposa el marido diagnosticó paro cardíaco. Eso figura en el acta de defunción, firmada por el médico personal de Lucila, que es amigo de Tarqui. Pero fue hecha sin revisar el cadáver y sin una autopsia.
Albina fue la última en llegar al velatorio. Dos horas antes del entierro, el sábado 13, los seis hermanos reunidos cerraron la puerta de la sala velatoria y revisaron el cadáver.
"Estaba irreconocible, desfigurada. Tenía el ojo completamente hinchado y morado, marcas en el cuello, como si hubieran querido asfixiarla, y magullones en los brazos, la entrepierna y las manos", describió a Elba, una de las hermanas de Lucila.
Después de ver el cadáver, Albina corrió a la fiscalía a pedir que no se cerrara la causa y no enterraran el cuerpo. "La asistente del fiscal me dijo que era un caso cerrado. Que yo no era nadie para reclamar que no se cerrara el cajón, que la potestad de la persona y los bienes de mi hermana eran del marido", contó. CC.
La víctima caminaba con su padre y otros familiares cuando los habrían intentado asaltar dos ladrones.