Si nos viéramos obligados a elegir entre las condiciones de una serie de candidatos políticos sin tener la posibilidad de valorarlos por su experiencia de gobierno, quizá deberíamos tener en cuenta algunos criterios elementales para juzgarlos. Para ello propongo un pequeño listado provisional (acepto sugerencias). El político sobre el que debería recaer nuestra elección debería disponer de:
1) Principios: en la medida de lo posible pocos, pero razonables, firmes y claros.
2) Conocimiento de la realidad: sin el cual es imposible definir un plan de acción practicable.
3) Lealtades firmes: tanto en el plano personal como en el institucional.
4) Capacidad estimada de acción: esencial para quien va a desempeñar una labor tanto ejecutiva como legislativa (la cual nunca debe perder de vista la aplicación de la norma).
Evidentemente, no será prudente elegir a quien posea sólo una o algunas de las condiciones requeridas, sino a quien combine de modo equilibrado todos los criterios enumerados. Porque ¿qué sucede cuando estas características se presentan aisladas o desbalanceadas?
Perfiles mutilados
El político de principios inflexibles o excesivamente rígidos derivará en ideólogo, limitándose a sus ideas como único elemento de juicio válido para la acción de gobierno. Sin conocimiento suficiente de la realidad y sin reconocer lealtades, su capacidad de acción se verá sustancialmente limitada.
El mero conocedor de la realidad derivará en científico o analista, haciendo primar su saber de la complejidad política, económica o social por sobre la acción conservadora o transformadora. Sin principios elementales que orienten su acción ni lealtades institucionales (que a veces imponen lógicas que contrarían el puro razonamiento científico), no tendrá muchas condiciones como hombre de gobierno.
El hombre que llegue a gobernar obedeciendo solamente a las lealtades que lo han acompañado en su ascenso será incapaz de concebir la acción política como servicio a la comunidad. El ejercicio del poder servirá entonces a intereses particulares, degradando la acción política en prácticas prebendarias, clientelares o mafiosas.
Finalmente encontramos a quienes se autodefinen y promocionan como hombres de acción, realizadores, gestores o administradores. Este perfil mutilado de político es el que mejor acogida y mayor presencia tiene en estos tiempos de actividad frenética, cambios acelerados, hostilidad a la permanencia, crisis ideológica y desengaño de las grandes ideas.
Se trata en verdad de un signo de los tiempos. En otras épocas, las tareas principales de los gobernantes eran mantener la paz (lo que incluía hacer la guerra) e impartir justicia, sin preocuparse particularmente por las obras que dejarían. En un régimen político limitado en el tiempo y sujeto a ratificaciones periódicas, no queda más remedio que apresurarse por hacer cuanto se pueda para conseguir la continuidad en el poder. La democracia liberal conduce al performativismo permanente.
Entiéndase bien: un caso es el del político que realmente puede mostrar realizaciones, y otro el del que se presenta como un realizador eminente, pero no puede exhibir obras suficientes como para justificar esa pretendida cualidad. Para hacer obras valiosas es necesario tener las cualidades antes enumeradas: principios, lealtades, conocimiento de la realidad y capacidad de acción.
El político “hacedor”
El político realizador sustituye acción por principios. O más bien: identifica su principio fundamental en la acción, que no se sabe qué dirección tiene porque no se define por un destino reconocible. La acción no se distingue de su objeto, parece ser un perpetuum mobile que no reconoce finalidad.
Por otra parte, el conocimiento de la realidad no constituye criterio determinante para su curso de acción. El afán por hacer, por transformar, no responde a necesidades ni a limitaciones propias de la realidad. Se trata de un activismo autorreferencial, en el que se busca ser apreciado no por el trabajo perfeccionador de la realidad política o social, sino principalmente por su capacidad para “salir movido en la foto”.
El dirigente sin lealtades firmes no se mostrará particularmente inclinado a honrar los compromisos (no importa si son legítimos o no) asumidos con quienes lo han llevado al poder. También tendrá dificultades en componer equipos de gobierno. Un hombre sin lealtad es un hombre sin principios (un hombre de principios es a fin de cuentas aquel que se muestra leal a una idea) y le impide interactuar con una realidad que exige unión de voluntades.
Para el político hacedor, todas las lealtades son funcionales a su activismo. Por tanto se trata de puras vinculaciones instrumentales y desechables, siempre condicionadas a la cantidad de poder que necesita para llevar a cabo su obra. Ningún poder le es suficiente: necesita siempre más, porque es lo único que le permite mantener su proyecto fundado en la promesa de realizaciones cada vez más importantes. Es una permanente búsqueda de medios para fines siempre postergados.
Esta forma degradada de dirigente es la que se encuentra con mayor frecuencia, y es común entre los advenedizos de la política: deportistas, empresarios, artistas, científicos que nunca habían manifestado mayor interés o convicciones por los asuntos públicos, aparecen de la noche a la mañana transformados en líderes que sólo reconocen la primacía de las obras, por encima de las ideas, las lealtades o la propia realidad.
De ahí que en principio no se lo pueda someter a la prueba de la coherencia (porque no tiene principios) de fidelidad a los que lo rodean (porque es funcional a las realizaciones) ni de confrontación con la realidad (que respecto de las obras, es un asunto secundario).
Parece claro que, por encima de los criterios alternativos a los que en ocasiones haya que acudir, son las realizaciones las que sirven para juzgar su estatura de gobernante. Y en este sentido, habrá que valorar tanto la calidad de las obras -si perfeccionan la realidad preexistente, es decir, no la destruyen ni la corrompen; y la realidad puede ser ambiental, pero fundamentalmente es humana: cultural, social, económica- como el hecho de que todo este asunto de las realizaciones no sea otra cosa que un artificio retórico. Otro más.