Educación, democracia y gobernabilidad

Un análisis histórico de la educación argentina en búsqueda de las razones de su crisis, y una propuesta para abrirnos a la modernización del conocimiento, particularizando en la renovación profunda de nuestra universidad. Por Miguel Ángel Gutiérrez Director del Centro Latinoamericano de Globalización y Prospectiva, nodo del Millennium Project de la World Federation of United Nations Association.

viernes, 01 de febrero de 2008
Educación, democracia y gobernabilidad

Por Miguel Ángel Gutiérrez

En la Argentina, como en toda América Latina, la idea de democracia llegó al terreno político a partir de algunos pocos textos sólo disponibles en ciertas universidades y bibliotecas que sortearon la censura. Podría decirse que nuestra democracia es consecuencia de la educación, de la “ilustración y la razón”, antes que de las prácticas sociales.

Con ello el liberalismo republicano como sistema político y la democracia como su principio de legitimidad, emergieron como alternativas -no sin contradictores- a la hora de la emancipación de los reinos de España en Indias.

El iluminismo creyó posible develar las leyes universales de la naturaleza mediante la ciencia, y las universidades se constituyeron en su instrumento, haciendo tradición del cuerpo teórico europeo y dejando como contrapartida, en un cono de silencio, el conocimiento de culturas y realidades locales, regionales y después nacionales.

Tras la independencia, la Iglesia cedió el rol central en la educación al Estado activo cuyos colegios “nacionales”, “normales” y particularmente las universidades, instrumentaron la “educación cívica”, y la formación de la “conciencia nacional”, donde la Nación es un espacio autonómico apto para el desarrollo del capitalismo local, bajo modelos euro-céntricos, únicos posibles dentro de la racionalidad instrumental que constituyó el núcleo formativo.

Estos conceptos: Estado-Nación, soberanía ilimitada, legitimidad de la guerra, contribuyeron en buena medida a construir una visión insular del mundo.

Asimismo, la formación ciudadana se basó exclusivamente en la formulación teórica de derechos y obligaciones del individuo en relación con el Estado, y nunca en el reconocimiento de prácticas sociales o comunitarias preexistentes.

No obstante, la adopción formal de sistemas democráticos, en la mayoría de los nuevos Estados, la vigencia de libertades electorales, quedaría mediatizada por el caciquismo y el clientelismo político; de igual modo las universidades, bajo la organización del Estado-Nación, permanecieron al margen de la democratización, tanto en sus claustros docentes y estudiantiles como en la designación de sus autoridades y en la modalidad de gestión.

No obstante ello, constituyeron el semillero de la “élite dirigente” y tuvo que pasar mucho tiempo para que la reacción de las clases medias impulsara una transformación radical: “la reforma” que, al instrumentarla como medio eficaz de la movilidad social ascendente, constituyó el primer paso hacia la actual masificación.

Tampoco con ella llegó la democratización, ya que si bien implicó un cambio sustancial en orden a su apertura a las pujantes clases medias, no modificó los contenidos clásicos de la educación universitaria: la formación ciudadana se limitó al perfeccionamiento del sistema electoral, lo que había sido una bandera revolucionaria de la UCR desde fines del siglo XIX.

A partir de la reforma, la formación de los dirigentes dispuso una vía alternativa a la tradicional de pertenencia o cooptación por la oligarquía dominante; un nuevo “cursus honorum” que usualmente comenzaba con la dirigencia estudiantil, tributaria de los partidos políticos.

La idea de progreso ocupó todo el espacio del futuro y simplificó el proceso de conocimiento, ideación y formulación de políticas “nacionales” o “sectoriales” a un tránsito educativo escalafonario, donde la formación secundaria garantizaba, a los nuevos sectores medios, una carrera prácticamente de por vida en el sector servicios, en tanto que el título universitario abría las puertas a las “profesiones liberales” que servían al progreso económico, limitado a la explotación de los recursos naturales apropiados por muy pocos, los que concentraban la riqueza y sus manifestaciones.

Los altibajos de la vigencia del sistema electoral como forma de legitimación de la clase política, muestran con claridad las limitaciones con que la democracia había encarnado en las clases populares, ausentes casi por completo del festín de la pampa y el trigo.

La continuidad de este sistema llega hasta hoy, donde es claro que la dirigencia política económica y social de nuestros países se conforma con personas en su mayoría con formación superior, “cultas e informadas”, pero quizás, por esa misma razón, sienten que no es necesario replantearse sus modelos y criterios básicos de entender y operar sobre la realidad. Su forma de percibir, entender y explicar el mundo y su propia idea de “comunidad nacional”, que no fue adecuada ya para la sociedad industrial, mucho menos lo es para responder a los cambios que supone la nueva sociedad de la información; por lo que están destinados a fracasar en generar credibilidad con respecto a su modo de comprender y resolver las incertidumbres fundamentales del mundo actual.

Verificamos también los límites del sistema democrático tan pronto se mire algo más allá de la “legitimidad de origen” del poder político y se incluya la satisfacción de ciertas metas sociales identificadas como derechos individuales y sociales, frente a los que el Estado actual parece increíblemente autista, generando las crisis de gobernabilidad que, en nuestros países, se traduce como la incapacidad de mantenerse al frente del gobierno sin usar la herramienta de las Fuerzas Armadas y de seguridad frente a las protestas y demandas sociales, espontáneas o inducidas.

Agotada la concepción dualista de política nacional o interna y política internacional o externa, nos enfrentamos con la necesidad de percibir y entender adecuadamente el mundo actual -complejo, incierto y altamente dinámico- lo que será siempre imperfecto por razones epistemológicas e intelectuales, pero sin ella las políticas públicas no dispondrán el mapa de ruta preciso que les permita transitar tiempos turbulentos.

Nuestra capacidad de tomar conciencia, de ver y entender el mundo que nos rodea, es limitada. Sólo podemos captar una imagen parcial, restringida por nuestra cultura, conocimientos e intereses y por los instrumentos sensoriales y cognitivos que empleamos para conocer y entender. No puede extrañarnos que, como resultado de ello, cuanto más especializados sean los instrumentos que se aplican, más parcial y estrecha la imagen que se obtiene.

Las exigencias actuales son muchas y muy diferentes a las que enfrentó la universidad de la era industrial, si sumamos las que nos plantea el futuro: desarrollo de la inteligencia individual (aprendizaje personalizado), social, (conocimiento distribuido) y colectiva (inteligencia del conocimiento socialmente compartido); los desafíos podrían parecer más allá de nuestras fuerzas.

Es preciso que la educación permita conocer simultáneamente un conjunto de procesos: políticos, económicos, socio-culturales, científicos y técnicos, medioambientales; que articule los contextos global, regional, nacional, regional subnacional y locales; que promueva el desarrollo de habilidades informacionales para la resolución de problemas y la producción de nuevos conocimientos de aplicación, como de nuevos marcos teóricos; que facilite a cada nivel de educación sistemática, revisar y cuestionar los resultados obtenidos en el nivel anterior y reformular nuevos objetivos educativos tanto grupales como individuales y permita organizar los recursos educativos globales, regionales, nacionales y locales de modo de satisfacer dichos objetivos

En este contexto ¿qué relación tiene la transdiciplinariedad, la des-especialización, la des-fragmentación del conocimiento, la problematización, con la democracia? Trasciende en mucho lo electoral, ya que las nuevas prácticas de acceso, generación y distribución de conocimiento amplían sustancialmente el potencial de autoformación y el propio capital social de los estudiantes; generaliza las posibilidades de desarrollo profesional, democratiza la relación con las tecnologías, poniéndolas al servicio del conocimiento.

La universidad abierta, la producción científica abierta, la generalización del movimiento de open-sources, entre otros instrumentos, democratizará el acceso al conocimiento, favorecerá su distribución, y potenciará la capacidad de elección, legitimando de este modo el conocimiento social.

No se puede dejar pasar nuevamente la oportunidad histórica de transformar el sistema educativo para perfeccionar la democracia y toda la vida social.




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