Dos pensadores argentinos con concepciones ideológicas y políticas diferentes -a los cuales los une su común amor por la Patria y el dolor por su sufrimiento- reflexionan en exclusividad con nuestros lectores sobre los males nacionales, desde una visión estratégica. Con profundidad y simpleza a la vez.
domingo, 07 de diciembre de 2008
Gobernar la Argentina
Por Abel Posse - Diplomático y escritor -Especial para Los Andes
Las grandes preguntas que debemos formularnos para salir de la anarquía en la que los argentinos solemos caer una y otra vez por nuestra propensión a vivir sin normas propias y a negar las ajenas.
Nos hemos adecuado a la idea de que es imposible gobernarnos. Este hecho, ante nuestra inoperancia administrativa y las cualidades indudables de este país pletórico de dones, se torna doblemente frustrante y dramático.
Somos más o menos el lelo del pueblo que ganó en la rifa una Ferrari Testa Rossa y no sabe ponerla en marcha. Con dictaduras o democracias la constante es como la que hoy vivimos: el gobierno, su ineptitud, corrupción y falta de sentido común, desacredita al país y crea esa paradójica situación que vivimos: tenemos todo y no podemos vivir con seguridad y confianza -vectores decisivos en un Estado de derecho-.
Menos podemos ya reclamar alguna confianza del exterior: somos malos pagadores (“solucionamos” nuestra negociación por la deuda en default pagando treinta centavos por dólar recibido y dejando sin solucionar 25.000 millones de dólares de acreedores enfurecidos. En nuestro curioso delirio de irrealidad lo hemos considerado un clamoroso éxito del cual se jacta el matrimonio autócrata).
Lo cierto es que hoy, en los finales de 2008, la Argentina carece de toda posibilidad de crédito que no sea más allá del imposible límite del 22 por ciento.
¿Cómo podemos entronizar dirigentes con tan bajo nivel cultural y moral?
¿No será el pueblo mismo un enfermo que produce su propia enfermedad política?
¿Qué responsabilidad tiene el mayoritario y constante peronismo en esta producción de gente disparatada?
Perón en vida controló los desbordes desde su presidencialismo autoritario. Muerto Perón, los caciquejos del peronismo heredaron lo peor, pero no el talento y los límites que tuvo Perón ante la violencia y el desatino.
Si el pueblo argentino vive hoy en todas sus clases, edades y profesiones una patología secreta, de país que perdió la brújula y la fe, ¿qué se puede expresar de sus expresiones políticas, económicas y sociales?
Hoy prevalece una peligrosa anarquía. El resentimiento y el odio se van imponiendo. O nos convocamos con orgullo, coraje y determinación para frenar la anarquía y reconstruir las instituciones o no tendremos otra salida que la peor: la catástrofe. Como escribió Raymond Aron, “o los hombres cambian o la catástrofe cambiará a los hombres”.
Estamos a tiempo todavía de actuar con urgencia por el buen camino.
Estamos en tiempo todavía de reencontrarlo.
Podemos decir que el gobierno K ya no tiene la mayoría en la opinión, pero las consecuencias de la anomia y la falta de vigencia del estado de derecho convocan a una nueva generación política a encontrar respuestas.
Incluso la división dentro del partido gobernante lleva a que los dirigentes más calificados del movimiento estén abocados a esa tarea de reconstrucción.
Pero sin dudas el panorama de de-construcción institucional (como diría Derrida) y la alarmante caída del orden público en todos los planos nos obligan a preguntarnos:
¿Qué cantidad de poder necesitamos en Argentina?
¿Cómo reconducir desde el poder la indisciplina, la desjerarquización, el caos escolar, la realidad de un millón y medio de jóvenes a la deriva, fuera del orden familiar, de la escolaridad, del trabajo y enfrentados con la nada existencial, la delincuencia y la droga?
¿Cómo reconquistar el espacio del disminuido orden judicial?
El delito y los crímenes son una versión actualizada de La guerra del cerdo de Bioy Casares. Pero esta vez no son adolescentes en rebeldía contra una sociedad dominada por los viejos, sino niños y adolescentes drogados que matan porque sí, en la alteración de sus facultades. Más allá del bien y del mal, en la Nada.
La inhibición y descalificación del poder policial unido a la burocracia judicial que protege al menor delincuente equivocadamente devolviéndole en horas al mismo medio donde engendró y ejecutó su crimen, pone a los argentinos en una situación de insólita desprotección, que los políticos parecen no querer dramatizar.
Seguramente porque el poder en nuestra democracia es irrisorio ante la magnitud del desafío de reconducirnos desde el caos.