Opinión

China, aquel dragón que despertó

Los chinos están lejos de copiar el modelo político Occidental, pero centraron sus férreos objetivos de los últimos 30 años en la idea de desarrollo. Esta semana festejaron los buenos, aunque insuficientes, resultados obtenidos.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Con frecuencia, la realidad internacional se empeña en recordarnos que en 1989 el derrumbe del muro de Berlín dejó caer cemento hacia ambos lados de la línea divisoria. Por un momento pareció que el desconcierto sería problema exclusivo de la izquierda ideológica, cuyo texto laico pero sagrado -la obra de Karl Marx- no hablaba ya a nadie, o casi nadie. El capitalismo había triunfado y su habilidad para asignar recursos y producir progreso estaba más allá de duda.

Esta visión no fue sólo excesivamente optimista sino falsa, como lo prueba la actual crisis financiera global en cuya producción la izquierda -marxista o no- o la puja entre sistemas competitivos de organización social nada tuvieron que ver.

Uno de los datos emergentes de esa crisis ha sido un interés renovado en el creciente rol internacional de naciones como China e India, cuyo crecimiento económico en los últimos años ha buscado encontrar un rol simétrico en el sistema de poder a la nueva opulencia de la que gozan.

Sobre todo el gigante chino y su experiencia de las pasadas tres décadas con una economía orientada a la exportación es el caso más citado para los que ven un retroceso de la hegemonía estadounidense en el futuro cercano.

El gobierno chino realizó esta semana una gran celebración de lo obtenido en esos 30 años, cuando Deng Xiaoping abandonó la ideología y se deslizó hacia un pragmatismo extremo que llamaba a realizar “cuatro modernizaciones”. Todo en un modelo que incluyó dosis crecientes de capitalismo combinadas con un sistema político represivo que no perdió casi nada de su rigidez.

El actual presidente Hu Jintao advirtió en esta más reciente celebración que la economía seguiría en su mismo curso señalando que “sólo el desarrollo tiene sentido”. Pero también negó que hubiese posibilidad de encarar la “quinta modernización”; esto es, la paulatina democratización del régimen.
 
“Nunca copiaremos el sistema político occidental”, advirtió. ¿Pero alcanza repetir políticas como mantra en una plegaria para asegurar que seguirán en pie? No, no necesariamente.

El encuentro de esta semana en Shenzhen -otrora un pequeño pueblo sureño de pescadores que Deng transformó en un laboratorio de sus cambios- mostró no sólo las maravillas citadas hasta el hartazgo chino como las tasas de crecimiento de dos dígitos.

O el hecho de haber pasado ahora a representar el 6% del producto bruto mundial cuando en 1978 era de apenas 1,8%. También dejó en evidencia que la crisis internacional no dejará de cobrar su libra de carne a China.

De hecho, los tajos comienzan ya a verse. En noviembre las exportaciones chinas decrecieron un 2% respecto del mismo mes del año anterior y las importaciones se redujeron en un 18%, algo que es indicativo de la caída en la actividad económica doméstica. “La economía socialista de mercado” se ha diluido como promesa.
 
Es verdad que desde 1978 China ha elevado por sobre el nivel de pobreza a 200 millones de sus habitantes. Pero, en una etapa histórica global definida por la inequidad en el ingreso, el fantasma del desempleo y la pobreza ha regresado para morder en la nuca a las modernizaciones.

El Banco Mundial estima que el crecimiento económico para 2009 no superará en China el 7,5%. Lo que para la inmensa mayoría de las naciones sería una buena noticia, para Pekín es lo contrario. Esa tasa está por debajo del 8% anual que los chinos consideran como imprescindible para acomodar a los siete millones de sus ciudadanos que cada doce meses se suman a la fuerza laboral.

Detrás de estos guarismos la dirigencia china teme que se escondan turbulencias sociales que ya se han insinuado. Otro dato central es el número de quiebras de pequeñas y medianas empresas que se ha producido en los últimos meses.

Como un espejo, el otro gigante asiático, la India, muestra heridas similares. A pesar de recientes tasas de crecimiento asombrosas, la India aún tiene un estimado 42% (unos 450 millones de personas) de su población bajo la línea de pobreza. Los indicadores de comercio y actividad económica doméstica siguen la misma tendencia decreciente que en China.

En los años 60 el economista keynesiano John Kenneth Galbraith desnudó varias costumbres equívocas de las clases dominantes. Observó, por ejemplo, que éstas tomaban prestado el concepto de “trabajo forzado” que se usa para determinados castigos judiciales y lo aplicaban a sus propias labores en amplias oficinas con aire acondicionado y bar incluidos. Era una forma de negar que llevaban una vida más fácil.

Galbraith también dijo que en el juego económico el inversor frecuentemente confundía las buenas maneras y los buenos trajes con integridad e inteligencia, aumentando su riesgo de fraude. Si hacía falta, la presente crisis demostró la agudeza de Galbraith, que conviene tener presente. CC Por Oscar Raúl Cardoso - Especial para Los Andes

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