Historias

Enfermos mentales, solos y abandonados

En Mendoza son 120 los pacientes que viven en las instalaciones del hospital El Sauce y en el Carlos Pereyra. Sus patologías.

Enfermos mentales, solos y abandonados
La vida en el psiquiátrico, cuando la familia no está. (Walter Moreno)

domingo, 30 de noviembre de 2008

Algunos llevan mucho tiempo en una cama, soportando su tormento como pueden. Otros se levantan, caminan por el hospital, pero no lo dejan. Y están los que se van a trabajar y vuelven.
 
Lo cierto es que hay en Mendoza 120 personas con algún tipo de enfermedad mental que viven abandonados por sus familiares. En el hospital El Sauce hay 80 pacientes; 20 están internados y 60 se alojan en hogares particulares, pero que son financiados por el hospital.

En el neuropsiquiátrico Carlos Pereyra hay 20 institucionalizados, y otros 20 que están en casas en las que viven y donde otros permanecen antes de volver a su hogar.

Las causas

Rubén Díaz, jefe del servicio de la sala de internación de mujeres del Carlos Pereyra, y Mónica Baños, jefa del servicio de trabajo social del hospital El Sauce, coinciden en señalar que por las características que tienen determinadas enfermedades mentales, a muchas familias les cuesta hacerse cargo de los pacientes abandonados.

“Al principio tratan, intentan tener al enfermo en su casa, pero después se dan cuenta de que no pueden porque además ellos muchas veces no están en condiciones de cuidarlos”, explica Díaz.

Ana Alsina, psicóloga de la sala de varones del Pereyra, destaca que influye la vida que “están haciendo los hijos y como tienen su propio hogar les cuesta atenderlos, está la presión de la esposa o del esposo y la resistencia de los nietos”.

“El enfermo mental tiene un estigma fuerte, aún en su familia. A veces no pueden tenerlo porque están todos trabajando y como el enfermo necesita mucho cuidado, lo dejan internado. Primero es un tiempo y después ya no vienen más porque ese paciente en la casa es un gasto”, cuenta Baños.

Díaz avanza sobre la discriminación: “El abandono tiene que ver con la discriminación. Una cosa es un enfermo mental para el imaginario colectivo y otra cosa es el paciente al que tenemos que diagnosticar. Hay organizaciones a las que les molestó tener hogares de internación intermedios cerca. Con el tiempo se dieron cuenta de que no eran personas peligrosas y ahora están más aceptados”.
 
En este sentido, María Patricia Gorra, directora del hospital El Sauce, destaca que Mendoza es una de las provincias del país con más bajo nivel de internación de pacientes psiquiátricos.

Las enfermedades

Gorra afirma que la mayoría de los enfermos abandonados tienen retraso mental, esquizofrenia, psicosis o son oligofrénicos. También explica que son más las personas mayores las que quedan sin que nadie los visite y sin familia que se preocupe por ellos. “En promedio, algunos llevan aquí unos 20 años”, agrega.

En el Carlos Pereyra la situación es diferente. Díaz cuenta que los institucionalizados tienen psicosis, demencias del Alzheimer, problemas con el alcohol y psicosis. “Hay distintos grados de psicosis; en esos casos, el paciente pierde el contacto con la realidad y el juicio crítico. La realidad para ellos tiene un significado nuevo, diferente y viven en su propio mundo. Pueden llegar a padecer alucinaciones y delirios”.
 
Los pacientes que han sido dejados allí por su familia no llevan más de 7 años y cuenta que son pocos los que llegaron a estar 20 años en esa institución.

Disfuncionales

Los motivos por los que una familia abandona a un paciente también están muy relacionados con el funcionamiento de ese hogar. “Influye fuerte el deterioro previo de los vínculos familiares. Generalmente, la familia tiene problemas y son disfuncionales. Por ejemplo, cuando los hijos se criaron con un padre alcohólico que los maltrató y los abandonó, es raro que después quieran hacerse cargo.

En otras casas viven hacinados y no le pueden dar la comodidad que necesita el enfermo. Son difíciles también estos pacientes porque no siempre es fácil que tomen su medicación”, confiesa Baños.

Alsina y Díaz del Pereyra coinciden con el planteo de Baños y consideran clave el funcionamiento interno de la familia, más allá de la situación del enfermo mental.

Peor el remedio

Si bien la salida del hospital puede ser considerada un beneficio para estas personas, hay casos en los que puede jugarles en contra de su salud mental. Hay consenso en que si la familia no pudo o no quiso hacerse cargo del paciente, lo ideal es que luego de haber cumplido un tiempo internada, la persona pase a los hogares de asistencia intermedia.

De esa forma se busca que poco a poco vaya desarrollando intereses y vínculos que en el hospital no tenía manera de lograr.

“Acá se les resuelven muchas cosas y son los beneficios de la enfermedad”, indica Alsina. Díaz agrega que al tener garantizadas las necesidades, se van aplanando, se despersonalizan. “Van a los distintos talleres, pero ese interés no alcanza para que se integren”.

Gorra explica que la salida del paciente es una instancia en la que hay que analizar muchos factores.

“Está claro que algunos enfermos prefieren estar en el hospital y más allá de que aquí comen, se bañan, tienen ropa limpia y remedios, eso es el hospitalismo. Pero si su familia es disfuncional lo va a perjudicar más en su enfermedad y ni hablar si no lo quiere tener. Nosotros tenemos que evaluar ese entorno porque no es fácil hacerse cargo de un enfermo mental. En algunos casos se han ido y al tiempo han vuelto porque aparecen otra vez los problemas con la familia”. Gastón Bustelo - Especial para Los Andes

Compartir:

Comentarios (0)