La crisis financiera de Estados Unidos

El mundo entero está bajo la conmoción de una especie de terremoto universal originado en el centro financiero del mundo desde hace un siglo: Wall Street, Nueva York. Como en todas las crisis de magnitud (ésta no es la primera ni será la última), se discute el origen, las causas, las consecuencias, lo que se debió hacer y no se hizo, lo que se debe hacer en este momento. Lo cierto es que a partir de este “crack”, nada será igual.

domingo, 05 de octubre de 2008

El terremoto ha alcanzado la máxima intensidad hasta el momento, ante la expectativa del mundo financiero para que el gobierno de Estados Unidos auxiliara con miles de millones de dólares de su presupuesto a las entidades financieras en problemas, drástica decisión que a principios de la semana pasada fue rechazada por el Congreso de ese país, hasta que a fines de la misma semana se logró su aprobación.

El tema es de tal magnitud y complejidad que resulta imposible tan siquiera resumir sus aspectos principales, que ocupan enorme espacio en los medios de comunicación de todo el planeta y miles de expertos opinan y pronostican de las maneras más diversas. Por eso nos atenemos a lo único sensato a esta altura: efectuar algunas consideraciones sobre un hecho histórico que estamos viviendo.

Sobre el origen de la crisis financiera no parece haber muchas divergencias: el enorme crecimiento durante esta década del crédito hipotecario en Estados Unidos, que impulsó un formidable incremento de los valores inmobiliarios, creando así un círculo vicioso: a más crédito, mayores precios, y precios más altos permitían obtener más crédito hipotecario, a tal punto que miles de propiedades registran más de una hipoteca.

Se dice también que la causa de la expansión fueron las muy bajas tasas de interés que estableció la Reserva Federal luego de los atentados de 2001. Claro está que bajas tasas de interés, como todo precio bajo, impulsa la demanda y así ocurrió; pero se omite decir que por el lado de la oferta hubo un enorme incremento del crédito y un otorgamiento poco responsable por parte de los bancos y otras entidades financieras.

Ello originó la primera señal del problema el año pasado: cuando comenzó la suba de las tasas de interés y dejó de aumentar o bajaron los valores inmobiliarios, miles de deudores dejaron de pagar sus créditos. Esto es, la famosa crisis de las llamadas hipotecas subprime o de baja calidad.

Pero es aquí donde aparece uno de los aspectos más interesantes de lo que está ocurriendo: la expansión ilimitada de instrumentos financieros, denominados en general derivados o colaterales, que permiten crear una “especie de fábrica de dinero”.

Un ejemplo ayuda a entender algo del asunto: los bancos comerciales -muchos especializados en créditos hipotecarios para vivienda- que daban esos créditos, luego “empaquetaban” esas hipotecas y se las vendían a bancos o fondos de inversión, que a su vez creaban otros instrumentos financieros para mercados ávidos de encontrar formas de ganar dinero rápidamente sin medir los riesgos.

Adviértase que quien originó la hipoteca, sin mayor cuidado, ha quedado desvinculado del problema, que le pasó a otros, y por eso son los bancos de inversión, las empresas que aseguran los créditos, los fondos de inversión, los afectados.

Mientras tanto hasta ahora la banca comercial, que es la que conocemos nosotros, no muestra problemas serios. Esto es importante porque cuando se hacen comparaciones con la crisis argentina de 2001 suele omitirse la diferencia existente. Aquí hubo una corrida de depósitos, la gente fue en masa a retirar sus dineros de los bancos (pesos y dólares) y los bancos no los tenían porque los habían prestado y tenían que esperar que los deudores pagaran.

Nuestro problema fue de imposibilidad de devolución inmediata de los depósitos de los ahorristas.

Esto no ocurre hoy en Estados Unidos ni en Europa, al menos por ahora. La “cadena de la felicidad” financiera internacional se cortó cuando los primeros tomadores de crédito no pudieron pagar sus cuotas, pero esos créditos ya no estaban en el banco que los había dado.

Es por ello que lo que se vino abajo es el valor de los instrumentos financieros originados en aquellas hipotecas y por consecuencia el valor de los activos de bancos y fondos de inversiones, de las acciones de las empresas emisoras o poseedoras de esa multiplicidad de instrumentos.

Todo esto ocurre porque desde mediados de los años ’70 del siglo pasado, el sistema financiero se fue separando cada vez de la economía real y constituyendo un sistema cuyo origen y fin está en sí mismo.

En ese sistema es totalmente difusa la definición de quiénes son los propietarios o accionistas que deberían controlar a los ejecutivos de las empresas, como ocurre en cualquier sociedad anónima.

Así se dan situaciones aberrantes, como que el director ejecutivo de unos de los bancos quebrados, Lehmann Brothers, haya percibido el año pasado una remuneración equivalente a 160 millones de dólares (ver Los Andes del domingo 28 de setiembre pasado).

Por eso, más allá de las consecuencias inmediatas que tenga esta gran crisis, lo cierto es que nada se podrá remediar a mediano y largo plazo si no se adoptan decisiones políticas de reforma tanto o más importantes que la crisis en sí.

De lo que estamos viviendo no se sale con meros parches. Se sale con un cambio estructural, profundo y permanente del sistema financiero mundial.

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