La forma y el contenido

Si bien para algunos las formas son grilletes de lo espontáneo, es sólo a través de éstas que vamos evolucionando en una sociedad ordenada. Por Héctor Ghiretti Licenciado en Historia

miércoles, 09 de enero de 2008
La forma y el contenido

Por Héctor Ghiretti Licenciado en Historia

Nuestra época se caracteriza por un desprecio generalizado por las formas. Este desprecio ha venido creciendo progresivamente desde hace siglos, en concreto desde que se empezó a pensar que nuestros conceptos (formas abstractas) no servían para conocer la realidad.

Se supone que las formas ocultan, enmascaran o traicionan el contenido, la verdadera naturaleza de las cosas. En el plano social, las formas se sacrifican en el altar de lo auténtico, de lo “espontáneo”, eso que Federico Pithod, pensador deslumbrante, calificó aguda e implacablemente como “el protocolo de los imbéciles”.

Sin embargo, el descrédito por las formas no es absoluto: difícilmente podría serlo. Decimos que algo está “deformado” cuando ha perdido su configuración original: y, en general, excepto algunas corrientes estéticas contemporáneas, lo deforme merece desprecio o desestimación.

Del mismo modo, lo “informe” es aquello que carece de forma, y por tanto no se puede conocer ni operar con él: primero hay que “darle forma”. En ocasiones, lo “informal” describe un estilo de vestir o de actuar poco rígido o estructurado: pero también es sinónimo, particularmente entre nosotros los argentinos, de persona poco seria o de chanta.

Finalmente y para no extendernos, nadie en su sano juicio discutirá el valor universalmente reconocido de la “formación” (dar o darse forma), ni pondrá en cuestión la utilidad de la “in-formación” (algo así como meterse en forma). Y es que no podemos prescindir de las formas, puesto que son esenciales no solamente para conocer la realidad (si no tuviéramos en la cabeza la forma mesa y la forma silla, no podríamos distinguir una de la otra) sino para relacionarnos con ella y con los demás.

En ciertos ámbitos de la vida social podemos prescindir parcialmente de las formas, es el caso de la familia o de las amistades cercanas. Pero sólo parcialmente, porque no tratamos igual a nuestra madre que a nuestra esposa, a nuestros hijos que a los sobrinos. Existen formas diferenciadas para tratar a unos y a otros. La condición fundamental para prescindir (sólo en cierta medida) de las formas es la intimidad.

En otros ámbitos de la vida social se hace más difícil, porque la intimidad desaparece. Así, la distinción entre forma y contenido se hace imposible, porque no tenemos otra vía de aproximarnos a la realidad u otro modo de operar en ella que no sea a través de las formas: no existe otro camino más corto.

De este modo, si no nos dirigimos a la oficina correspondiente ni rellenamos los “formu-larios” adecuados, no conseguiremos realizar exitosamente un trámite ante la administración pública, por muy buenas que sean nuestras intenciones y muy razonable que sea nuestra posición.

La educación tiene por objeto la formación humana, profesional o técnica de las personas. Se trata de un sistema que no reconoce objetivos alcanzados si no se somete a la evaluación formal de las habilidades o conocimientos adquiridos.

Si en cambio nos proponemos participar de algún deporte, deberemos aprender el reglamento y procurarnos el equipamiento necesario (por ejemplo, “uniformes”); además deberemos adquirir cierta “forma” física para poder practicarlo.

Podemos llegar a cierta intimidad en el trato con Dios, pero si queremos participar de algún culto establecido deberemos creer sus dogmas, observar su doctrina, respetar su código moral y seguir sus ritos y ceremonias.

Finalmente encontramos sistemas altamente “formalizados”, en los que prescindir de las formas se vuelve peligrosamente confuso y es imposible expresarse o comportarse de una manera alternativa. Quien no emplea las formas indicadas, sencillamente no es comprendido y además se expone a quedar fuera del sistema o, más aún, a sufrir daños por su negligencia. Es el caso de la seguridad, el ejército, la diplomacia o la política en general.

El rechazo a las formas es típico del adolescente, que cree que se trata de modos opresivos y limitantes de su libertad individual, o bien de enmascaramientos hipócritas e insinceros. El adolescente cree que puede expresarse de modo directo, prescindiendo de ellas y dando así a conocer la autenticidad de su propio carácter. No es extraño: todavía está en una fase temprana de formación, es decir, de la adquisición de formas.

El sociólogo Novillo Corvalán ha señalado la condición tendencialmente adolescente del expresidente Kirchner. Y me parece que la observación es particularmente atinada. Creo que dicho carácter se manifiesta de modo especialmente evidente en el empecinado desprecio que manifiesta por las formas.

Como se ha podido ver, mientras se asciende en la estructura social e institucional, las relaciones aumentan en el grado de formalización. En consecuencia, no es posible ejercer el gobierno político de una comunidad si se prescinde de las formas. Ignorar esto equivale a ignorar la naturaleza de lo político.

Tomemos el caso de las relaciones exteriores: si Kirchner decidió durante su mandato hacer caso omiso de las formas, ¿cómo pretende su sucesora establecer las relaciones necesarias para llevar a cabo su labor, tanto en el plano interno como en el concierto internacional? ¿Buscando renovados lazos de intimidad, al modo de las “relaciones carnales” que el ex canciller menemista Di Tella decía tener con el gobierno norteamericano? Es preciso tenerlo muy en cuenta, porque la intimidad en ciertos ámbitos puede ser fatal, independientemente de con quién se intime.

Se afirma también que la actual presidente aventaja a su esposo en una mejor concepción y mayor conciencia de la importancia de las formas. Explican esta característica en su más fino cuidado hacia los aspectos estéticos y en el respeto hacia las verdaderas instancias del poder.

No obstante, esta probable ventaja se convierte en pura mímica o montaje si se ignoran las formas constitutivas de la política y la sociedad: las instituciones. Son esas formas esenciales de la vida en común las que merecen el mayor respeto, cuidado y cultivo. No es casual que el grado de desarrollo de las sociedades se mida en términos de despliegue institucional.

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