Hotel Termas El Sosneado, del esplendor al abandono

Entre fines del ‘30 y mediados del ‘50 lo visitaban turistas extranjeros de gran poder adquisitivo. Hoy la gente ocupa sus instalaciones derruidas e inseguras como albergue. Se puede ingresar sin restricciones pero nadie controla.

Edición Impresa: domingo, 06 de enero de 2008
Hotel Termas El Sosneado, del esplendor al abandono

Aguas sulfurosas. Las montañas y las ruinas del hotel dan el marco a la enorme pileta de agua cálida, famosa por sus cualidades curativas

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Por Carlos Simón - Fotos: Roberto Salvadores

Es difícil imaginar la belleza que rodea a un sitio de alta montaña como la zona suroeste del cerro El Sosneado -5.189m s/nm- (Sol naciente en lengua indígena) donde el río Atuel dibuja su paso entre cordones montañosos de nieves eternas. En esa inmensidad, y cerca del arroyo El Rosado que vierte sus aguas al río, se levanta un coloso de paredes de piedra que en la década del 30 marcó un hito en la hotelería de estas zonas.

Hoy enfrenta el paso del tiempo en forma de ruinas indefectiblemente condenadas a desaparecer. Paredes de piedras talladas a cincel, restos de cañerías galvanizadas de un diámetro importante, escaleras que comunican tres niveles y un gran salón comedor con una estufa a leña señorial hablan del lujo que supo ostentar el Hotel Termas El Sosneado. Al ingresar por lo que fue la entrada principal, donde hay una placa que dice: "Ryman o Dudley Arquitecto. Christiani y Nielsen empresa constructora, una imagen similar a la que se muestra del Titanic hundido en el océano invade la mente.

Es que la destrucción ganó al sentido común. Ahora es un lugar derruido que sirve de peligroso albergue a los ocasionales visitantes que se interesan por recorrer sus amplias salas y los que fueron dormitorios. Las losas de los techos penden de hierros oxidados y algunos huecos han sido taponados improvisadamente lo que transforma al paseo en una trampa mortal. Nadie vigila ni controla y cada uno hace lo que le place.

Al este de esta construcción aún se levantan las murallas, también de piedra, que protegen una gran pileta con agua termal tibia que invita a un reconfortante baño en aguas sulfurosas. Esta vertiente sirvió y sirve de principal atractivo. A la pileta central la flanquean dos fuentes surgentes del mismo manantial. Todas tienen distintas temperaturas y de su superficie emana un fuerte olor que indica la alta mineralización del líquido.

Es común ver a personas en busca de alguno de los mentados resultados curativos o por el simple placer de bañarse después de una jornada de caminata o pesca.

La historia indica que entre 1938 y mediados de la década del 50, turistas de todo el mundo, con gran poder adquisitivo, pasearon por la zona y se alojaron en este hotel que, en su interior, también tenía baños termales mantenidos con grandes calderas. El complejo se surtía de energía eléctrica propia desde una minicentral ubicada sobre el arroyo Neil, al oeste.

La flora del lugar reúne prácticamente a todas las especies de esta zona de montaña. Es así fácil encontrar molle, patabuilla, solupe (en dos de sus variedades), mayo, que los habitantes antiguos usaban para teñir prendas de color amarillo, altepe, arvejilla, chacay, blanquilla y otras plantas. Hay que aclarar que los nombres son los autóctonos y muchas veces no coinciden con su identificación científica. A este paisaje se agregan las "vegas" regadas donde los puesteros llevan a sus animales a la "veranada" para engorde. Las residencias de los crianceros (puestos), que viven cerca de los arroyos y vertientes que abundan, se identifican como "lo de don Isidoro Pavés, Jorge Araya, don Romero, don Verón y muchos otros. Estos sitios son identificables desde la distancia por el conjunto de árboles que se dibujan en las laderas de los cerros. También aparecen como pendiendo en las alturas los "riales", pequeños refugios de piedra donde los ganaderos pasan tres meses del verano con sus cabras.

El camino que une a la cabecera del más joven de los distritos sanrafaelinos con la falda del cerro homónimo es de aproximadamente 80 kilómetros de extensión. No es asfaltado y en época de la explotación de una mina de azufre estuvo mantenido por la propia empresa "Minera de las nubes" de Sominar (Sociedad Minera Argentina), propietaria de la estancia que también lleva el nombre del distrito y que tiene una extensión de 340.000 hectáreas. Esta ruta es la provincial 220 y en la actualidad está enripiada y conserva aún los viejos carteles verticales de grueso cemento armado.

Para llegar es necesario atravesar varios arroyos, algunos secos (llevan agua sólo en épocas de lluvia). También se puede visitar de paso la laguna que lleva el nombre del cerro. En el caso de los arroyos es común escuchar nombres que la gente denomina distinto a como figuran en las cartografías y mapas. Así es que están los arroyos Freno, Malo, La Manga, el Blanco, el Bayo, Las Hormigas y el que en algunos ocasiones se torna más problemático es Las Rosas, que trae aguas de deshielo del cerro El Sosneado. También, antes de llegar a destino, es posible observar la magnífica silueta del volcán El Overo "que hace ruido en invierno cuando hay mucha nieve", aseguran los lugareños y al fondo, hacia la zona donde cayó el avión de los uruguayos en la década del 70, está el cerro El Rosillo (3.577 m s/nm).

Es posible visitar el lugar pero tomando precauciones. Se puede acceder en una camioneta común o en un automóvil no muy bajo y para disfrutar sin contratiempos hay que proveerse de abundante repelente de insectos. Son parte del paisaje jejenes y tábanos. Esta dificultad se sortea también programando la visita en horas muy tempranas o al atardecer. Y si la premisa es la prudencia el paseo puede transformarse en único e inolvidable.
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