Se ha hablado muchas veces del carácter crítico, reflexivo y en ocasiones escéptico del argentino promedio. En el plano regional, es en general cierto que destacamos por ello: somos bastante menos “vitalistas” que nuestros vecinos que habitan entre los trópicos. Herencia genética y situación geográfica se aúnan para dar por resultado un tipo humano que tiene poco que ver con los tópicos más vulgares sobre América Latina.
En principio, este rasgo diferencial nos daría cierta ventaja sobre el resto de la región: un mayor hábito reflexivo nos haría más lúcidos y conscientes de nuestros propios males como sociedad y como país.
Un examen más detenido revela otra realidad. La supuesta ventaja reflexiva no se traduce en una adecuada comprensión de los problemas o la capacidad de acción sobre ellos.
Si como se dice frecuentemente, el conocimiento es poder, el hecho de que no “podamos” quizá revele incapacidades en el plano del saber y la reflexión.
Y es que existen dificultades objetivas (no vamos a hablar de las subjetivas: educación, estudio, hábitos) para pensar en la Argentina (y para pensar “la” Argentina), tanto para los intelectuales como para los que no lo son.
Estas dificultades son dos, principalmente. Una se deriva de la resuelta voluntad de pensar: la otra de su carencia. Aunque la primera suele llevar con frecuencia a la segunda.
Ofuscación
No es lo mismo pensar en ciudades como Estocolmo o Zurich que en otras como Calcuta o Bagdad. ¿Qué quiero decir con esto? Que ante estímulos tan diversos, personas con similares preocupaciones por cuestiones políticas, sociales o económicas, no sacarán las mismas conclusiones.
Y esto, para bien y para mal: es fácil que en Calcuta el espectáculo que ofrece la ciudad termine por ofuscar el pensamiento, retrayéndolo o haciéndolo cambiar de objeto. Pero es claro que un pensamiento inspirado en esa ciudad no podrá ignorar la experiencia directa de sus motivaciones originarias.
Por otra parte, la vida en Estocolmo quizá no provoque el rechazo o la repulsión que pudiera producir Calcuta, e incluso podemos pensar que nuestro nórdico panorama urbano es expresión del mundo, siguiendo el famoso axioma, en ocasiones tan poco cierto: “Pinta tu pueblo y pintarás el mundo”. Y quizá llegaríamos a la conclusión de que prácticamente no tenemos problemas que resolver.
Aquí en la Argentina nos situamos en algún punto intermedio entre los dos extremos referidos. Nuestra situación social no reviste la emergencia sangrante de Calcuta o Bagdad, pero tampoco la armonía de Estocolmo.
Además, percibimos nuestros problemas con una perspectiva occidental, moderna y cristiana: no entendemos que el orden social es inamovible e inmodificable (a diferencia de otras culturas) y tenemos el ánimo siempre dispuesto a buscar soluciones (otro asunto es que las encontremos o las pongamos en práctica).
Pero la ofuscación es el principal enemigo de nuestra reflexión continuada sobre nuestros problemas. La produce la experiencia diaria de todos y cada uno: aparece al salir de casa por la mañana temprano, a causa de los pibes mendigos y limpiavidrios en cada esquina, de unas bolsas de basura rotas y desparramadas que deben esperar varios días para ser recogidas o del caos insolidario y dañino del tránsito cuando hay que dejar a los chicos en el colegio. Y esto por limitarnos a los casos y situaciones que nos encontramos casi necesariamente cada día. Bien sabemos que los hay bastante más fuertes, revulsivos y desgarradores que los mencionados.
Lugares comunes
El segundo obstáculo es la apelación a tópicos o lugares comunes para explicar nuestra situación. El tópico no examinado es la forma más expedita para responder (he estado tentado de poner “suprimir”) a nuestras inquietudes o iniciativas de pensamiento.
Funciona como inhibidor de la reflexión crítica: se trata de un diagnóstico rápido y simple que nos evita mayores esfuerzos de comprensión y nos autosatisface con un dictamen difundido y aceptado sin reparos.
Este asunto de los tópicos tiene una larga historia en nuestro país. Hace casi cuarenta años, Arturo Jauretche publicaba su Manual de zonceras argentinas, en las que reunía críticamente una buena cantidad de ellas, como esa que distingue entre “civilización y barbarie”, la que dice que “el mal de la Argentina es la extensión”, o la “victoria no da derechos”.
Recientemente, el crítico y literato Marcelo Cohen ha identificado en los lugares comunes nuestra incapacidad para comprender y actuar sobre nuestros problemas.
Si volvemos a nuestros días, ¿qué quiere decir que “este es un país de locos”, o bien que es “inmensamente rico”, “la Argentina es el mejor lugar para vivir”, que “en el 2001 tocamos fondo”, que hay “una inflación buena y otra mala”, o que “los argentinos son corruptos”?
Ante esta proliferación de tópicos y lugares comunes no están exentos ni siquiera los intelectuales, aún aquellos que se presentan a sí mismos como críticos: porque también existe un lugar común sobre la capacidad crítica de los argentinos. Me atrevería a decir que la mayoría de nuestros hombres de pensamiento son, lamentablemente, “lugarcomunistas”.
Para superar los obstáculos a la reflexión
Si para eliminar el obstáculo de los lugares comunes basta con preguntarse por ellos y ponerlos en “cuarentena mental” (las formas de superarlos propuestas por Cohen son muy interesantes: hablar diferente -es decir, mejor- y salir del solipsismo individualista que nos desentiende del contexto) ante la ofuscación del pensamiento existen tres formas de reacción posible.
En la primera, la ofuscación bloquea la reflexión. Ésta se desentiende y cambia el objeto de su atención, dedicándose a cuestiones menos graves o irritantes. Es la ofuscación del cínico y del indiferente.
En la segunda, la ofuscación se traslada a las posibles vías de solución de los problemas: y entonces se concluye en medidas radicales, extremadas, inmediatas y a menudo violentas, que no contemplan las limitaciones de la acción política ni asumen la complejidad del problema observado. Es la ofuscación del revolucionario.
La tercera, por fin, es la que no pierde la urgencia y la gravedad del estímulo, pero se esfuerza por ponerlo en perspectiva. Se distancia del mismo con dos finalidades convergentes: ampliar el horizonte, poner el problema en contexto y considerar detenidamente las vías posibles de acción reparadora/superadora.
Esta es, me parece, la actitud más adecuada para encaminar nuestra reflexión hacia conclusiones positivas y edificantes, tanto teóricas como prácticas.