El motivo de esta nota es someter a discusión las motivaciones y el verdadero efecto del recurso propagandístico que damos en llamar “muralismo electoral”, anticipando ya desde el título nuestra opinión negativa sobre dicho instrumento, porque además de ser anticuado -y también por ser anticuado- es ineficaz para los fines que se propone. Y, por si fuera poco, produce un daño a la propiedad pública.
Primitivo
En otras épocas, en las que el papel impreso era caro y los medios de comunicación estaban muy al principio de su espectacular desarrollo, no había más remedio que pintar con grandes letras los reclamos electorales en los muros frontales y las tapias de los baldíos.
Con los progresos de la locomoción y la megafonía, se pudieron recorrer las calles voceando el nombre y las consignas de los candidatos.
En la medida en que se perfeccionaron las técnicas gráficas y los medios audiovisuales, los recursos de la propaganda política cambiaron y fueron sustituidos, a remolque de los formidables avances de la publicidad comercial.
Las nuevas tecnologías y la posibilidad de precisar el “target” supusieron un gran avance en la comunicación política electoral.
El camión con altavoces desapareció (excepto en San Juan, según dicen) y el recurso de las pintadas quedó relegado a formaciones políticas marginales, fuera del sistema y de las posibilidades reales de representación electoral.
Hace tiempo, los Redonditos de Ricota cantaban en “Vencedores vencidos” aquello de
Me voy corriendo a ver
qué escribe en mi pared
la tribu de tu calle,
la banda de mi calle.
Lo que explica a las claras para qué sirven las pintadas en la actualidad y quiénes aún la usan como vehículo de comunicación.
Ineficaz
La pregunta que deberían hacerse los partidos y los candidatos es para qué sirven hoy las pintadas políticas.
Se podría quizá responder con el argumento de que se trata de técnicas de saturación visual, que terminan por meter al candidato en el imaginario de los ciudadanos. Pero eso requiere grandes cantidades de recursos para “saturar el espacio visual”, y no es el caso.
La saturación serviría sólo si alguien le prestara atención. Pero ¿quién diablos lee las pintadas políticas? Aparte de un servidor, que va leyendo los carteles y mirando otras cosas por la calle (y por esa razón, uno de estos días va a tener un accidente), no parece que sean un reclamo difícil de ignorar. Con tanto para ver, las pintadas políticas -feas, desprolijas, monótonas y vulgares- no tienen particular atractivo.
Pensar que con pintadas se puede captar la voluntad de los electores es, sin más, subestimarlos, esperando que con el empleo de recursos de nula eficacia comunicativa, aquéllos los premiarán con su voto. Al modo de aquella leyenda vulgar de la conquista, en la que los indios que cambiaban su oro por los espejitos de colores de los españoles.
La consideración que parecen tener los candidatos respecto de la ciudadanía que los vota no es muy elevada ni demasiado respetuosa. Además, refleja el arcaísmo y el atraso de la clase dirigente actual, que sigue operando con marcos mentales de hace medio siglo.
Dañino
Podríamos concluir sucintamente: “Allá ellos”. Si pretenden conseguir objetivos electorales con medios propagandísticos insuficientes o inadecuados, el problema es de los candidatos.
Sin embargo, la cuestión tiene un interés público. Como puede comprobarse a simple vista, las agrupaciones tienen un gran cuidado de no pintar sobre muros de propiedad privada: es decir, fachadas de casas particulares o de empresas.
Las pintadas se realizan exclusivamente en puentes, autopistas, canales de riego y zanjones, terraplenes, empalizadas, cierres municipales y demás elementos de arquitectura pública.
Los candidatos muestran así un gran respeto por los bienes particulares de los ciudadanos: pero no dudan en ensuciar y dañar la propiedad pública, es decir, lo que es de todos.
Se podrá responder que no es un perjuicio funcional, o que no suprime ni disminuye la utilidad del bien afectado. Esta concepción de lo público revela una grave limitación: como si el orden, la prolijidad o la limpieza no fueran parte del bien común, como si éste no tuviera una dimensión estética.
La pregunta final es ¿por qué deberíamos votar a candidatos que muestran tan poco cuidado por lo que es público? ¿Por qué deberíamos confiarles el Gobierno y la administración de la cosa pública a quienes no tienen ningún reparo en aprovecharse de forma particular de lo que es común, y lo que es peor, a la vista de todos? Si tal trato les merece lo pequeño ¿por qué debemos pensar que harán algo diferente con lo grande?
Así, mal empezamos.