Dr. Florencio Escardó
Pediatra de prestigio, era al mismo tiempo Decano de la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Un día al salir de la Sala 17 del Hospital lo increpó una madre: “¿Con que derecho usted no me deja ver a mi hijo y puedo estar con el sólo una hora por día?
“Esta mujer -dice el Dr. Florencio Escardó- me hizo reflexionar e hice colocar a lado de la cama de cada niño enfermo una silla para que fuera acompañado por su madre”.
La noche que colocó una silla junto a la cuna de cada niño internado y en ella internó a su madre, no lo hizo sólo porque su corazón se desvanecía de pena durante las guardias al contemplar a esos niños solitarios muriendo de soledad. Lo hizo porque sabía que ninguna enfermedad es más cruel y fatal que la de la ausencia. Esa silla salvó más vidas que los antibióticos y cirugías; en los casos en que no pudo salvarlas hizo de las agonías y de los finales un reencuentro infinitamente triste, sí, pero infinitamente íntimo entre un útero hogareño y una pequeña alma que se nubla.
Florencio Escardó era de los pediatras que escribían versos, se enamoraban, tomaban vino, bailaban jazz, eran hermosos como galanes de cine; iban presos por contrariar fascistas, escuchaban tangos. Todo eso y mucho más.
La última vez que estuvo junto a Nira Etchenique se arrodilló a sus pies, apoyó su cabeza de 80 años en su regazo y murmuró: “Acarícieme el pelo”. Se puso de pie: “¿ Ve? Éste el momento en que los hombres nos perdemos; lo del sexo es puro cuento”. En 1982 ambos se despidieron con un tierno abrazo por última vez. Ella debía partir para el exilio irremediable expulsada por la fatiga de tantos crímenes de la dictadura militar.
Lo velaron en la Sociedad Argentina de Escritores, sin respetar su voluntad. Merecía haber sido despedido en la Casa de las Madres de Plaza de Mayo porque Florencio Escardó, pese a ser amado por los propios, siempre estuvo buscando hijos.
DR. RENÉ FAVALORO
Al Dr. Favaloro lo mató la burocracia y la insensibilidad de las autoridades para entender el urgente petitorio para que el PAMI (llámese Alderete y/o la señora Menéndez) saldaran la deuda con su Fundación por cuya causa se ponía en riesgo la excelencia en las prestaciones de servicios.
El Dr. René Favaloro dijo a sus discípulos: “Como médicos ustedes han tenido a su disposición los mejores aparatos creados por la tecnología contemporánea, pero eso solo no los habilita para curar. Es necesario estar sensibilizados y percibir que debajo de las sábanas hay un enfermo que sufre. Esto se adquiere a través del arte que sensibiliza y de la cultura general.”
Por eso instituyó una materia de un año de duración para que los médicos-cardiólogos estuvieran preparados espiritualmente y culturalmente para ejercer su ministerio. Una vez concluidos esos estudios, los enviaba a pueblos lejanos como Purmamarca, llevando solamente un estetoscopio y su tradicional estuche de médico, nada más. Con todo ese bagaje de aprendizaje estaban en condiciones de salvar muchas más vidas que con las materias aprobadas en las carreras de Medicina tradicionales.
La cultura ha sido retaceada y considerada como un artículo de lujo y hasta mirada con desdén por quienes “tienen la sartén por el mango y el mango también”. Es que ser cultos entraña el peligro de ser libres, y eso no conviene a los intereses minoritarios animados únicamente por la codicia del poder del dinero.
Resulta así, casi una obligación crear conciencia de que el arte es también el pan de cada día y no un artículo de lujo para ser lucido por unos pocos. El arte -y la Educación por el Arte- es un artículo de primera necesidad para formar y desarrollar la totalidad que somos: un todo indivisible entre el cuerpo, la mente , el espíritu y la socialización de la especie humana.
“La música, la pintura, las buenas películas, la lectura de cuentos y otras expresiones artísticas, mueven zonas profundas donde el intelectualismo y la razón sola no alcanzan a penetrar” explicaba el Dr. Rene Favaloro.
Agregamos nosotros que el arte hace bien, nos hace mejores a todos los seres vivos, incluso a la especie animal, a las plantas y al Planeta Tierra que también son especies vivas y se ha comprobado científicamente que se rebelan frente a tantas agresiones.
La primera ley de la sobrevivencia es la sensibilidad para entender que todos somos uno y la segunda ley es que la codicia por el dinero no es la llave de la felicidad personal ni para proteger este misterio llamado vida.
DR. GUMERSINDO SAYAGO
El Dr. Sayago fue un médico profesor que se exilió en Argentina perseguido por su condición de republicano español. Llegó con un solo traje de lana y, luego de soportar los calores de un verano en Buenos Aires, partió hacia Alta Gracia para visitar a su coterráneo el músico Manuel de Falla que residía allí.
No lograba que le reconocieran el título para empezar a trabajar. Hasta que Manuel de Falla le recomendó que fuera a visitar al Dr. Alfredo Palacios, rector de la Universidad de La Plata quien, al enterarse de sus dificultades, le indicó el camino para solucionarlas. El Dr. Gumersindo Sayago se radicó en la Provincia de Mendoza ejerciendo como profesor en la Facultad de Medicina de la UNCuyo.
Participando de la misma opinión sobre la incidencia del arte en la sensibilidad profesional, todos los fines de semana invitaba a un grupo de jóvenes médicos a su casa donde escuchaban música, tocaban la guitarra y leían poesías.
El Dr. Gumersindo Sayago fue un profesor excepcional reconocido hoy mediante una enorme placa colocada en la pared del aula de la facultad de Medicina de la UNCuyo donde daba sus clases.
He aquí tres grandes hombres, tres ejemplos para las generaciones futuras.