La mona vestida de seda

Un análisis crítico del discurso en el cierre del Congreso de Filosofía en San Juan pronunciado por la senadora Cristina Kirchner. Por Héctor Ghiretti - Licenciado en Historia

lunes, 23 de julio de 2007
La mona vestida de seda

Héctor Ghiretti

Explicaba el pensador y escritor griego Jenofonte que Ciro, el gran emperador persa, tenía un eficaz recurso para reforzar su autoridad sobre sus súbditos: era capaz de demostrar que sabía realizar las tareas propias de todos los oficios conocidos con eficacia y perfección. El recurso, sin duda, debió de ser muy efectivo. Pero resulta imposible que un líder político actual pudiera hacer uso de él: el mundo del siglo XXI parece bastante más complejo que el de la IV centuria antes de Cristo.

Hoy es preciso fundar la autoridad personal sobre otras bases. Sin embargo, existe un campo de la acción humana particularmente apreciado desde que vivimos en una cultura que rinde culto incondicional a la ilustración y al racionalismo, al que los políticos no resisten incursionar y medirse: el de las ideas.

El político moderno no pretende, a diferencia del gran Ciro, destacarse en la labor de la madera o del metal, en la pesca, en la música o en las armas: pero nunca renuncia a ser considerado y apreciado como un hombre de pensamiento y de letras. Lo que se dice un intelectual.

Quizá esto sea inevitable. En su “Ubicación y proyección de la política”, escrito hace más de medio siglo, José Bargalló Cirio explica que el político se sitúa en medio de la tensión de dos elementos: idea y realidad. Esta situación se potencia en la actualidad, puesto que el criterio principal para valorar a un político es su cultura o sus conocimientos sobre materias generales o específicas.

La atracción es mutua: el intelectual no logra resistirse a buscar formas de poner en práctica, de encarnar sus ideas sobre el orden social. Los intentos se repiten desde las épocas de Platón, metido a asesor político en el gobierno de la polis de Siracusa.

Esta mutua atracción, no obstante, no equivale a compatibilidad, armonía o particulares capacidades de entendimiento entre ambas partes. En realidad, la relación entre políticos e intelectuales está tradicionalmente dominada por la incomprensión, la falta de disposición a comprender al otro y la perenne voluntad de manipulación recíproca.

En esta relación conflictiva quizá sea el intelectual quien tiene mayor cuota de responsabilidad. Si hay un tema predilecto de los intelectuales, es el de su relación con el poder y la política. Sin embargo este asunto, que para muchos deviene en verdadera obsesión, se combina, casi sin excepciones, con una profunda ignorancia sobre el poder y la política. Existe un arraigado prejuicio mutuo que enrarece las relaciones entre intelectuales y políticos. El intelectual cree en general que el político es un bruto y un miserable. El político cree que el intelectual es un tontito ingenuo e idealista.

En una polémica que lo enfrentó con el conde de Romanones, Ortega y Gasset le explicaba que es propio de los intelectuales analizar la política, y de los políticos hacerla, es decir, gobernar.

Cristina Fernández de Kirchner parece haber ignorado la advertencia del filósofo español y ha mostrado el prejuicio del político contra los intelectuales, pretendiendo pasar por uno de ellos y, precisamente por ello, subestimándolos. En vez de presentarse como lo que es -una dirigente política- y optar por un discurso de bajo perfil (preferiblemente leído) que destacara la necesidad de que los intelectuales iluminen la comprensión del país y colaboren con el desarrollo y la acción de sus gobernantes, prefirió “hacerse la intelectual” entre intelectuales. Y para ello adoptó un aire de suficiencia profesoral, en un ejercicio de insufrible pedantería, al modo de lo que Tato Bores llamaba el “yo te la explico”.

El discurso habría sido interesante si la candidata hubiera estado en condiciones de alumbrar una tesis novedosa de la política argentina o una explicación original sobre el país. Pero nadie da lo que no tiene. Cristina ha arrebañado con un irritante sinfín de obviedades, medias verdades y lugares comunes -conocidos hasta por gente con un grado medio-bajo de información-, bien que salpicado con términos ad hoc (significativamente, le han suministrado conceptos del vocabulario filosófico clásico, y no de la jerigonza excluyente, autorreferencial, pretenciosa y vacía con que las corrientes dominantes de la filosofía contemporánea muestran su declinación y su impotencia) para cerrar el II Congreso Internacional Extraordinario de Filosofía, realizado en San Juan.

Una posición de poder menos intimidante hubiera sometido a la oradora a la ridiculización, la burla y el sarcasmo de los intelectuales, que si son especialistas en algo, es precisamente eso. Sin embargo, había entre el público demasiados académicos pendientes del subsidio, el cargo público o el favor, como para llamar a la humildad a la senadora. El poder o los seduce o los intimida.

En realidad, se trató de una afrenta al auditorio, aunque ya se sabe que los intelectuales no tienen capacidad de movilización ni como para hacer un piquete delante de un bar de facultad.

La pregunta es ¿qué buscaba Cristina Fernández con esta salida de tono? En un discurso con escaso impacto público y mediático ¿qué la habría llevado a imitar ridículamente las maneras de un mundo al que es ajena?

Lo que resulta claro es que si había alguien que esperaba de la candidata una mayor capacidad (o astucia) que el presidente Kirchner para saber estar, adaptarse a circunstancias o encontrar el tono adecuado en un acto protocolar, puede desengañarse con la grotesca “puesta en escena” de San Juan.

Cuando la utilidad de una manifestación pública no parece evidente, es posible explicarla por el lado de la vanidad. Un vicio que, como se sabe, siempre queda como la mona, máxime cuando se trata de Cristina y no de Luis XIV.

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