¡¿Yo?, argentino!

A partir de la clásica falta de compromiso de nuestro pueblo, el autor propone un cambio en las acciones individuales, de lo que resultará un país entero actuando a favor de sí mismo. Por Héctor Ghiretti - Licenciado en Historia

miércoles, 18 de julio de 2007
¡¿Yo?, argentino!

Por Héctor Ghiretti - Licenciado en Historia

Hace algunos años, era bastante común oír decir a quien se quería desentender de algo o mostrar prescindencia respecto de un asunto: “¡¿Yo?, argentino!”.

Probablemente (esto es una hipótesis personal) la expresión tuvo su origen en épocas en las que, mientras el mundo entero se veía implicado en la conflagración más grande conocida, nuestro país sostenía la neutralidad y se resistía a las presiones de los beligerantes hasta casi el final de la guerra.

Así, la condición de argentino equivalía a declararse neutral respecto del conflicto dominante. Razones no les faltaban a los partidarios de la no intervención argentina en la guerra mundial, aunque también hay que reconocer que la intervención le hubiera dado derecho al país a sentarse en la mesa de los vencedores, participando así de la toma de decisiones respecto del nuevo ordenamiento mundial.

Posteriormente, la expresión cayó en desuso, quizá por el alejamiento temporal de las circunstancias históricas que la generaron.

Pero su aplicación no solamente a cuestiones de política internacional, sino al resto de los órdenes de la vida, revela una tendencia dominante de nuestra identidad común: la resistencia a asumir compromisos con la sociedad en la que vivimos, a implicarnos en asuntos comunes que nos exigen una respuesta personal, a evitar responsabilidades sociales.

Uno de los defectos que han lastrado nuestra vida como pueblo ha sido un individualismo dañino y socialmente destructivo. Autores de orígenes y trayectorias intelectuales tan dispares como Arturo Jauretche y Víctor Massuh han coincidido en que la tristemente famosa “viveza criolla” es la estupidez suicida del individuo enfilada contra la comunidad a la que pertenece y que lo sostiene.

El “yo, argentino” no puede ser expresión de una neutralidad total, y menos aún respecto de los asuntos que comprometen al país en general y a los argentinos en particular. Nos deja, sin dudas, fuera de una serie de conflictos y responsabilidades que nos son ajenos, pero nos sitúa de lleno en otros: los que corresponden, precisamente, a ser argentino.

Hace tiempo y en otro lugar intenté explicar la necesidad de que el país encontrara y reconociera una misión para sí mismo y en el mundo. Pero ¿qué sentido tiene una idea de misión, compartida por un pueblo o una sociedad, si no se traduce en acciones y hábitos efectivos de sus integrantes?

Una misión es “algo por hacer”. Y si se reconoce la necesidad de hacer algo, es que se parte del supuesto de que nuestra condición actual es insatisfactoria. De este modo, tener un sentido de misión -estar dispuesto a asumir una tarea colectiva- implica rechazar (en cierto sentido) el conformista “somos así”, marchar contra él, negarlo en los hechos. Reconocer un sentido colectivo de misión equivale (al menos en parte) a declarar “nosotros no somos así”, o por lo menos “nosotros no queremos ser así”. Así como somos, así de “piolas”.

“Yo, argentino”. Muy bien, pero ¿qué implicaciones tiene ser argentino a la hora de trabajar o estudiar, de divertirnos, de efectuar un reclamo o intervenir en los asuntos de la comunidad, de realizar un trámite en la administración, de hacer deporte o circular por la calle, de participar de actos públicos, de estar en familia? ¿Por qué diablos la condición de argentino es sinónimo de neutralidad y no de compromiso? ¿Es posible pensar en un modo argentino de convivencia que se destaque por la exigencia personal, el espíritu de servicio, el respeto a los demás y la honestidad?

Si analizamos nuestras propias conductas sociales, nuestra incapacidad para comprender el significado y el sentido de la vida en común, concluiremos en que no hace falta recurrir a esas complejas teorías conspirativas (que tanto gustan a los ingenuos) para explicar nuestra condición actual.

En realidad, muchos de nosotros (la mayoría) podemos estar obrando contra el país en las ocupaciones de cada día, sin ser plenamente conscientes de hacerlo. En cada leve infracción a las leyes o a las reglas de convivencia, en cada pequeño fraude a la administración pública, en cada falta a la lealtad, a la confianza o a la palabra dada entre nosotros. El daño que causan nuestras acciones individuales es mucho mayor de lo que sospechamos, puesto que al final resulta que es un país entero que actúa contra sí mismo.

Lo que era evidente y natural para los antiguos romanos debería ser una novedad para los argentinos de hoy: aparece así una dimensión oculta y poco apreciada del patriotismo, alejada de la estridencia de las proclamas y de la adoración de las masas, del exhibicionismo superficial de los símbolos y de los discursos victimistas, pero tan radicalmente fundamental que sin ella es imposible concebir la más débil idea de pueblo.

Decía hace tiempo un viejo predicador: “Bienaventurada la nación que no necesita de héroes para mantenerse en pie”. El sentido de la frase es claro, y no hace falta explicarlo. Pero en las actuales circunstancias quizá necesitemos un tipo diverso de heroísmo: no ya el de las grandes gestas históricas o los campos de batalla, sino el del ejercicio cada vez más perfecto de las virtudes humanas (no solamente las sociales), que en nuestro caso se tratará del empeño por hacer las cosas lo mejor posible, en cada momento.

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