Banderitas

Una interpretación del papel del símbolo para solidificar la identidad cultural de los pueblos. Y una crítica cuando el símbolo se usa como mero marketing. Por Héctor Ghiretti - Licenciado en Historia

miércoles, 20 de junio de 2007
Banderitas

Por Héctor Ghiretti - Licenciado en Historia

Entre las reacciones que produjo la crisis de diciembre de 2001 en la población, pudo advertirse una comprensible apelación a los símbolos patrios. En plena efervescencia social, muchos argentinos encontraron en la Bandera, la Escarapela o el Himno un recurso psicológico que otorgaba referencias visibles e inequívocas cuando todo parecía venirse abajo.

Puede decirse que esta recuperación de los símbolos patrios se situaba en las antípodas de quienes preferían abjurar de su condición nacional y abandonaban el país con la pretensión explícita o secreta de renegar de su argentinidad. Prácticamente toda manifestación, protesta o marcha se realizó amparada por la Bandera nacional e iniciaba o finalizaba con la entonación de las estrofas de la canción patria.

En momentos en que los argentinos veían temblar el suelo bajo sus pies y surgían divisiones por todos lados, apelaban a lo que les unía sensitivamente a su carácter común.

Los símbolos tienen esa virtualidad específica: mostrar a una comunidad cultural, religiosa o política aquello que les une de forma directa e inmediata.

El símbolo posee por tanto un doble potencial que la época contemporánea parece haber descuidado, cuando no ignorado a conciencia: se trata de la imagen visible y sintética de algo que sería difícil de explicar con pocas palabras, y además tiene la capacidad de unir afectivamente a quienes se identifican con él.

Se trata de una doble función: cognitiva y afectiva.

En la medida en que compromete a las dos facultades humanas, el símbolo apela a la conducta de quien lo reconoce como tal.

Un símbolo no solamente sirve para mostrar algo y para quererlo, sino también para actuar en consecuencia.

En su especificidad, el símbolo patrio es un reclamo directo y autoevidente de la conducta patriótica a la que estamos obligados.

Por “patriotismo” entiendo un hábito práctico, inteligente y afectivo, de contribución a la supervivencia, desarrollo y grandeza de la propia comunidad histórica política, conocida como “patria”.

De esa manera, como puede verse en los próceres y prohombres, el patriota se convierte en sí mismo en símbolo de la patria, encarna la mediación simbólica en su propia persona y se convierte en ejemplo a seguir para sus compatriotas.

Manipulación del símbolo

Como es habitual, estas reacciones populares, una vez aparecidas, son aprovechadas por intereses más particulares, menos generales que la manifestación o defensa de la propia identidad.

Así, se ven proliferar cintas patrias en los comercios, largas filas de banderas en supermercados, parches con la bandera o el escudo en uniformes de trabajo.

Algunas manufacturas se promocionan en tanto “trabajo nacional” (rotulado inevitablemente en albiceleste) como principal reclamo publicitario, con prescindencia de su calidad o su precio.

Poco importa que se trate de grandes multinacionales con sede central en países remotos, o de comercios que difícilmente podrían justificar su contribución a la patria más allá de la actividad específica (perfectamente lícita, por otra parte) que desarrollan.

Con mayores o menores pretensiones estratégicas, el empleo de los símbolos patrios en el comercio, la industria o los servicios no es más que un recurso dictado por el marketing.

En cualquier caso, sucede que cuando advertimos que ya no realiza una mediación entre nosotros y una realidad que nos excede intelectual y afectivamente, es decir, cuando intenta representar realidades que son menores (y que podemos descubrir sin la necesidad de la mediación simbólica), como un interés comercial, el símbolo se degrada, pierde su eficacia y se convierte en sospechoso, cuando no en un mero engaño.

Banalización del símbolo

En épocas anteriores, el empleo de la Bandera o la Escarapela sólo se reservaba para fechas patrias. Recién desde el Mundial ’78 se comienza a emplear en ocasión de eventos deportivos en los que disputaban representaciones nacionales.

Tal restricción tenía su lógica, puesto que el símbolo es, en cierto sentido, algo sagrado, que muestra una realidad particularmente compleja y querida y que sólo debe emplearse en momentos o circunstancias de particular significación común o colectiva.

Lo importante es saber ante quién se ostenta el símbolo. Originariamernte, los argentinos empleaban sus símbolos en aquellas ocasiones en las que necesitaban entenderse y sentirse entre sí mismos como pertenecientes a algo común en el tiempo y en el espacio.

En la actualidad, el símbolo patrio empleado sin distinción de fechas o de ocasión también se desactiva, pierde su significado, extravía su irreemplazable función social, se vuelve semánticamente “invisible”.

El símbolo pierde su profundo reclamo intelectual, afectivo y práctico. Convertido en “término” de la relación que se agota en su mero uso, ya no es “medio” que nos comunica con esas grandes e inefables realidades de las que hablábamos antes. No hay reclamo en el plano íntimo de transformación de conductas. Se torna en algo autorreferencial e inerte.

En consecuencia, el patriotismo tiende -en esta pérdida irreparable de sentido- a identificarse con la exhibición de la Bandera o la Escarapela, sin exigir mayores compromisos personales, como si la condición de argentino se agotara en la solapa decorada con la celeste y blanca.

Más notas de esta sección
  • Los argentinos y el sol

    Una dura crítica a las banderas argentinas que no usan el sol. Y una explicación sobre el significado simbólico del mismo desde los orígenes de la patria. Por Manuel Ignacio Quiles - Psicólogo clínico. Magister en salud.

Copyright 2010 Los Andes | Todos los derechos reservados
prev

Banderitas

next