En la lucha política es extraño que un calificativo que unos emplean como agravio o acusación, otros lo asuman orgullosamente como carácter distintivo. Es el caso del “setentismo”, una categoría política relativamente novedosa, que la oposición emplea como arma retórica contra el Gobierno, y que otros asumen como definición de su orientación ideológica.
Hoy se puede oír a la más conocida banda del punk argentino proclamar con estudiado aire contestatario que “el espíritu setentista vuelve hoy”.
Para complicar las cosas, Juan José Sebreli dice que, siguiendo una antigua tradición política de manipulación histórica, el actual gobierno se esfuerza por “demonizar” los hechos ocurridos en los setenta: algo así como los setentistas contra los setenta.
En un recordado parlamento de una película de 1990 (Flashback), Dennis Hopper, encarnando a un activista revolucionario norteamericano prófugo desde los años sesenta, explicaba que “los noventa harán que los sesenta se parezcan a los cincuenta”. La profecía estuvo lejos de cumplirse. Significativamente, nada decía sobre los setenta. No parece que esta década tenga un carácter histórico tan definido o unívoco como otras que la precedieron o sucedieron. A fin de cuentas ¿de qué años setenta estamos hablando?
En el escenario internacional la década reunió acontecimientos notoriamente contradictorios: el último esfuerzo norteamericano por ganar la Guerra de Vietnam y la apresurada retirada, sumados al escándalo de Watergate; la definitiva supremacía política y militar israelí en Oriente Medio después del Yom Kippur de 1973, las conversaciones de Camp David y la escalada de acciones violentas de la OLP; la muerte de Franco, la transición política española y el recrudecimiento de la violencia de ETA; la Ostpolitik del canciller Brandt y la enajenación terrorista del Baader-Meinhof; el “compromiso histórico” del Partido Comunista Italiano con la Democracia Cristiana, sumada a la furia asesina de las Brigadas Rojas y los grupos neofascistas; el experimento socialista de Allende y su abrupto fin a manos de Pinochet; la revolución social progresista del sandinismo en Nicaragua y la revolución islámica tradicionalista de los ayatollah en Irán; la intervención cubana en Angola y la invasión soviética a Afganistán.
En el plano de la cultura tampoco parece haber ese carácter homogéneo que permita hablar de la década como una época con un espíritu definido: los setenta son la transición del idealismo revolucionario y emancipacionista del ’68 al pragmatismo individual-materialista yuppy de los ’80, fenómenos que el ensayista italiano Ferdinando Adornato ha emparentado estrecha y convincentemente.
Tampoco en la Argentina parece haber un denominador común: si de los setenta se trata, podemos hablar del proyecto político unificador de Lanusse, el Gran Acuerdo Nacional; el despliegue y accionar de las organizaciones armadas; la estrategia vacilante de un Perón en decadencia entre las facciones del movimiento y la radicalización del conflicto interno en el peronismo; el interregno bizarro de la dupla Isabel-López Rega, el golpe militar, la doctrina de la seguridad nacional y la represión; las políticas monetaristas. ¿Cuáles setenta: los de Tucumán, la ESMA o el Mundial ’78?
Si nos viéramos irremediablemente obligados a caracterizar la década en la Argentina, diríamos que se trata de un período de sustancial intensificación del uso de la violencia como vía de lucha política. En este enfrentamiento armado puede distinguirse, a grandes rasgos, dos bandos en lucha. Uno pugnaba por destruir el orden político, económico y social vigente y operar un cambio estructural revolucionario; el otro asumía la defensa de dicho orden y se propuso acabar con quienes lo amenazaban.
¿Quiere eso decir que existen dos formas de setentismo? En realidad, no. Quienes vencieron en la lucha de entonces no tienen necesidad de reivindicar la victoria. Ellos ganaron, ya sea por medios lícitos o ilícitos. Quizá cueste entenderlo o aceptarlo, pero la Argentina actual, con sus virtudes y defectos, se parece mucho más al orden que se defendió entonces, que al proyecto revolucionario de la colectivización, las asambleas populares y el partido único, que fue finalmente derrotado.
Sólo es setentista quien sostiene las tesis de la revolución armada y considera que la derrota sólo se obró en en campo de las armas, no en el de las ideas, y que la lucha, de alguna manera, continúa. En esta alternativa, el gobierno actual parece haber adoptado, en alguna medida, la posición del antiguo bando derrotado, es decir, el de los revolucionarios.
El diagnóstico de Sebreli es erróneo: si existe algún sector realmente contrario al “setentismo” -como dice que es el actual gobierno- no es razonable que se empeñe en reeditar el conflicto de entonces, sino más bien que esté dispuesto a superarlo o a eliminar la dialéctica que proponía. Al “demonizar” los setenta -como dice Sebreli- el Gobierno actualiza el enfrentamiento de aquella época.
Pero entonces ¿es que -como decía la cancioncilla- han llegado por fin las botas de la milicia popular? ¿Finalmente ha triunfado la revolución, se ha hecho con el poder? Nada más lejos: el impulso social y transformador que el actual gobierno quiso mostrar durante la campaña electoral prácticamente se quedó en los programas.
Hasta hace poco, el propio presidente Kirchner podía escudarse de los ataques de los economistas clásicos -que le reclamaban un plan general para la economía- diciendo que siendo éstos liberales y rechazando la intervención del Estado en la economía, no podían quejarse del hecho de que no tuviera ninguno. Tanto en la política interna como exterior se continúa con los lineamientos de los gobiernos anteriores. El acuerdo con todos los núcleos principales de poder siguen en marcha: no hay políticas alternativas ni desafíos reales al statu quo. El gobierno de Kirchner se parece bastante más al menemismo que a la timorata reacción rectificadora del gobierno de De la Rúa.
Carlos Altamirano, conocido intelectual de izquierda, ha explicado que “Montoneros está en el gobierno”, pero “sin partido armado ni revolución”. Sin propósitos genuinamente transformadores, podría agregarse. Han llegado los hombres, no las ideas ni los impulsos juveniles de antaño.
Ni revolución triunfante ni patria socialista. Por esta razón sólo es posible hablar de un concepto intencionadamente vago y ambiguo -el “setentismo”- y no del triunfo de las vanguardias del pueblo en armas. Una revolución en marcha calificaría a un gobierno mucho más que una nebulosa identidad política resucitada del pasado. Identificarse con una década como la de los setenta es ser, sin más, un decadente.
La autora propone retornar a las nociones ideológicas de la política “para revertir las desigualdades que la falta de política produjo”. Por Alicia Cytrynblum - Presidenta de “Periodismo Social”