La noticia se difundió hace unos días en el país, pero es una preocupación largamente conocida entre los medios especializados de los países afectados. El caso de las hormigas argentinas que, llevadas en los contenedores de mercadería de exportación, han establecido enormes colonias en casi todos los continentes, es realmente fascinante.
La hormiga argentina (linepithema humile) es muy pequeña comparada con otras -apenas un par de milímetros- pero tiene una forma específica de reproducción y organización (podríamos definirla en términos políticos, de policéntricas) y un tipo de comportamiento muy agresivo, que la convierte en la variedad dominante dentro de la especie.
En el ecosistema local poseen formas de limitación y control de población: las colonias de la misma especie se atacan entre sí y también existen depredadores específicos.
Pero en contextos extraños, en los cuales no existe entrecruzamiento genético entre diversos especímenes, las colonias tienden a cooperar (no se reconocen como enemigas, al tener el mismo origen genético), y no encuentran el límite de los depredadores propios de su lugar de origen.
Eso les permite desplazar o eliminar colonias de hormigas varias veces más grandes que ellas (entre otras especies afectadas) o desarrollar colonias que alcanzan cientos de kilómetros de extensión, como la que existe a orillas del mar Mediterráneo.
Las hormigas han puesto en peligro diversos y numerosos ecosistemas, al punto de generar un importante esfuerzo de investigación con el objeto de controlar o eliminar estas poblaciones.
Más allá del dudoso pero casi inevitable orgullo nacional que produce saber de la expansión planetaria y supremacía todavía no desafiada del insecto compatriota (en el mundial de las hormigas no tenemos rival), el caso de la hormiga argentina sirve para reflexionar sobre ciertos vicios y malos hábitos que se han instalado en nuestro país.
La estrategia más primitiva de alimentación del hombre es la recolección. La recolección precedió en la evolución humana a la caza -algo que implicaba una ampliación en la dieta, originariamente de naturaleza herbívora e insectívora, al incorporar animales superiores, como aves, reptiles y mamíferos- y también a la ganadería y a la agricultura, actividad que representa, en el desarrollo de la especie, un verdadero hito civilizatorio.
En la época de la recolección, la propiedad privada apenas se limitaba a los enseres propios y a lo ya recogido. El resto de la naturaleza y sus recursos eran cosa de todos, o más bien, cosa de nadie, porque no existía conciencia de preservación, y el límite de depredación estaba determinado por la escasa capacidad tecnólogica de los humanos de entonces.
Con el desarrollo de la caza, la propiedad se extendió a los instrumentos de caza y a sus derivados. La ganadería implicaba la propiedad de los animales para explotar, además de la transformación social que fragmentó al antiguo clan en familias trashumantes. La agricultura impulsaría y consolidaría definitivamente el régimen de propiedad territorial.
A primera vista, podría decirse que es cierta la tesis marxista de la desaparición progresiva del comunismo primitivo de bienes. Sin embargo, en la evolución histórica del hombre, la idea de lo público, de lo común, ha ido perfeccionándose y tomando formas muy precisas y diferenciadas.
Este proceso ha contribuido en buena medida al espectacular desarrollo institucional y material de la civilización occidental. Puede decirse que la clave del éxito de una sociedad está en el equilibrio y mutuo reforzamiento entre lo público y lo privado. A su vez, los desequilibrios hacia uno u otro lado derivan en consecuencias destructivas, legitimadas por sendas ideologías alienantes: individualismo y colectivismo.
Ahora bien: ¿qué sucede cuando las antiquísimas estrategias de recolección aparecen en las sociedades modernas?
Unos días después de que apareciera la noticia sobre las hormigas, se reveló que al sur de la provincia de Santa Fe habían desaparecido 25 km de trazado férreo del ramal Central Argentino, con su correspondiente tendido telegráfico, postes incluidos.
Un caso similar hemos sufrido en nuestra provincia, con la sustracción de la monumental estatua que conmemoraba la tragedia ferroviaria de los Cadetes Chilenos.
También persiste la leyenda urbana, que no he podido confirmar, de que unos meses después de la crisis del 2001, la Argentina ascendió inesperadamente en los puestos de producción y exportación de cobre, fruto de los saqueos que se hicieron de tendidos eléctricos públicos o privados en desuso.
Más allá de lo que el derecho debe decir y hacer sobre el asunto, el fenómeno tiene aspectos que lo exceden. ¿Qué sucede cuando los “recolectores”, formas primitivas de subsistencia que se remontan a los orígenes de la civilización, atacan a sociedades avanzadas, que distinguen entre propiedad privada, y pública, en la que ya no existe el res nullius (cosa de nadie)?
¿Y si esos recolectores adoptan formas modernas de organización, medios tecnológicos sofisticados, métodos de trabajo propios de la industria y redes de transporte y comercialización a gran escala?
La depredación afecta a bienes públicos o privados que o no están debidamente protegidos o por su naturaleza se encuentran inermes ante el ataque.
El caso de los saqueadores de propiedades públicas y privadas es un elocuente pero terrible fenómeno de retroceso cultural.
Implica un lamentable regreso a épocas en las que la propiedad privada sólo era reconocida si se disponía de la suficiente fuerza física para defenderla, y algo que es peor: que la propiedad pública, que en definitiva acoge, enmarca a la propiedad privada, sencillamente no existía.
El desarrollo material e institucional debe estar acompañado de elementos culturales que al menos operen como inhibidor y rectificador de tendencias antisociales. En caso contrario, no hay forma de protegerlos.
Una sociedad sometida al ataque de los nuevos recolectores está, en definitiva, igual de expuesta que los ecosistemas amenazados por la devastadora capacidad organizativa y predatoria de las hormigas argentinas.