Democracia: reflexiones heréticas

El autor aporta al debate sobre el voto en blanco o el voto calificado en los comicios democráticos. Opiniones para polemizar con toda la fuerza de las ideas. Por Héctor Ghiretti - Licenciado en Historia

martes, 04 de diciembre de 2007
Democracia: reflexiones heréticas

Héctor Ghiretti

Parece claro que en épocas electorales es de muy mal tono hacer consideraciones críticas sobre el sistema político vigente. La razón es muy sencilla: es el propio sistema el que se está sometiendo a una instancia de legitimación limitada, y por tanto no admite que se ponga en cuestión su conveniencia o legitimidad general. Parece contradictorio, pero es así.

En esos momentos, lo que abunda en la opinión pública y en los medios de comunicación son los llamados a la participación electoral, al voto razonado y reflexivo como formas de fortalecimiento y vigencia del régimen representativo y republicano. Hay que votar: votar con sentido y con responsabilidad.

Se parte de la idea de que la indiferencia o apatía ante la renovación de cargos electivos debilita o pone en riesgo al sistema.

Es posible que sea efectivamente así, pero también puede afirmarse lo contrario, como hizo hace unos años nada menos que el célebre politólogo Norberto Bobbio, paladín del pensamiento democrático.

Según este autor, no hay mejor signo de salud del sistema democrático que el progresivo desentendimiento de la ciudadanía respecto de la vida política o las instancias electorales. Es decir: mientras la gente menos vota y se interesa por la cosa pública, el régimen político es más confiable y goza de mayor estabilidad.

El planteamiento tiene su lógica, y confrontado con el anterior, demuestra hasta qué punto la democracia es un sistema ambivalente y complejo. Demasiado ambivalente y complejo como para constituirse en el dogma político absoluto que ha llegado a ser en los tiempos que corren.

Ahora bien: pasada la campaña, los comicios y demás ritos del culto democrático, parece posible soltar un par de herejías contra el dogma, como para ponerse a pensar un poco. Nada grave: apenas unas enmiendas a las convicciones más difundidas sobre la democracia.

Defensa del voto en blanco

Frecuentemente se me pregunta cómo es posible que dedicándome a estudiar la política y teniendo una perspectiva más bien republicana de la participación en los asuntos públicos, pueda defender la opción por el voto en blanco.

Consideran que es un voto inútil, que no sirve ni para premiar al bueno ni para castigar al malo. El voto en blanco -dicen- nunca gana, y es cierto. Agregan que es cobarde porque no elige entre las alternativas posibles, y es irresponsable porque evita hacerse cargo de la elección realizada. Entienden que es, además, contrario al sistema, porque si llegara a ganar (cosa prácticamente imposible, como ya se ha dicho) se produciría un vacío que no se podría llenar de acuerdo con las reglas democráticas.

Sin embargo, no concibo mejor defensa del sistema contra sus corruptores, beneficiarios y demás aprovechados. Votar en blanco equivale a decir: “creo en el sistema, pero no estoy dispuesto a confiárselo a ninguno de los candidatos que se postulan”.

Si de “utilidad” hablamos, no es cierto que no sea útil a ninguno de los candidatos: lo es para quien ya ganó, en la medida en que ese voto inconformista no fue a engrosar el recuento del candidato opositor. Pero como para quien vota en blanco elegir a uno u otro es irrelevante, no tiene sentido enjuiciarlo en términos de utilidad. Simplemente, no está dispuesto a ser funcional a los intereses en pugna, porque no representan una alternativa real.

No hay tampoco posibilidad de condenarlo por cobarde. Habría que empezar por demostrar que lo contrario -es decir, votar por alguien- es ejemplo de coraje cívico, como si se tratara de una votación cantada.

Finalmente se trata de un voto eminentemente responsable, en la medida en que sabe distinguir entre las virtudes del sistema político y las miserias de la oferta electoral, defendiendo al primero e impugnando a la segunda.

Defensa del voto voluntario

La tesis de Bobbio -la indiferencia como rasgo de salud de la democracia- esconde una perspectiva mucho menos políticamente correcta, algo que el ilustre estudioso italiano difícilmente habría osado confesar a lo largo de su casi centenaria vida.

Bobbio deja entender que en la medida en que los ciudadanos de desentienden de la política o asumen que no cabe esperar cambios sustanciales, el sistema se sostiene sin cuestionamientos serios. Se produce una “purga natural” de comportamientos electorales irreflexivos, emocionales, imprevisibles o atávicos, mejorando de forma indirecta la performance del sistema.

Se trataría, por tanto, de un “voto calificado” implícito, determinado por el interés de los ciudadanos en la cosa pública. Quien no está interesado, sencillamente se abstiene de votar. Parece la forma más natural y menos sospechosa de restringir la elección a los ciudadanos con cierta calificación.

En la Argentina se nos ha presentado tradicionalmente el voto obligatorio como un recurso pedagógico para la participación ciudadana. Las razones específicas no son del todo claras, y parecen contradecir las tendencias de las democracias más avanzadas.

Pero parece ilusorio imaginar a los ciudadanos comparando programas electorales y plataformas de gobierno para hacer la elección acertada (en el mundo de la imagen en movimiento, esta idea es aún más remota) y también pensar que la emisión del voto inclina o instruye sobre la participación activa y comprometida. Por otra parte, es tan sencillo evitar sanciones a causa de la abstención, que la grave obligación de votar es más una suposición que una realidad jurídica.

Se puede argumentar que el voto obligatorio es hoy en la Argentina una forma de defensa contra manipulaciones que si no constituyen corrupción electoral, se le parecen mucho. El “arreo” a las urnas de miles de votantes por parte de los partidos, teóricamente se balancearía con el voto obligatorio de millones de indiferentes. Pero esto no es tan evidente: los millones de indiferentes obedecen al poder de saturación de la propaganda electoral, de similar forma que los miles de borregos lo hacen ante la dádiva o el favor del puntero del barrio.

En cualquier caso, mantener el régimen de voto obligatorio implica subestimar la madurez de la ciudadanía, imponiéndole un criterio paternalista. Lo cual no es malo en sí mismo -a fin de cuentas, los gobernantes mandan y los demás obedecemos- pero equivale a seguir dándole el pecho a un niño de 9 años. Una cosa así obedece más al temor o aprensión de la madre, que a las necesidades del infante.

No todos los principios, ideas y creencias que tienden a absolutizar la lógica democrática benefician a la democracia como régimen político: lo cual revela que la democracia se sustenta sobre fundamentos no democráticos. Parece necesario distinguir la verdadera naturaleza del sistema de aquello que se nos presenta como tal. También debe reconocerse que tanto en democracia como en cualquier otro régimen político, la decisión de los mejores es siempre preferible a la decisión de todos.

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