Bendita policía

Una interpretación cultural sobre el desprestigio que hoy sufre la institución policial. Razones y sinrazones del mismo en una nota para el debate. Por Héctor Ghiretti Licenciado en Historia

lunes, 31 de diciembre de 2007
Bendita policía

Por Héctor Ghiretti Licenciado en Historia

La libertad es una de las grandes aspiraciones de nuestros tiempos. Tradicionalmente, esto ha sido así, pero el advenimiento del Cristianismo y de su forma secularizada -la Edad Moderna- elevaron el ideal de emancipación al más alto de los cielos. Por esa razón, todo lo que se presenta como expresión de un orden coactivo y limitante parece manifestación de opresión y dominio.

A menudo, la tradición de lucha por la libertad no distingue bien cuál es el verdadero enemigo, el origen real de la sumisión o de la opresión. Eso explica bien el odio y el desprecio hacia los guardianes más humildes y sufridos del orden, los que dan la cara, los que usan la fuerza física y tienen que aguantar las agresiones, los insultos, los golpes, los desprecios y los escupitajos.

No se trata sólo de enfrentar inevitablemente las expresiones más materiales y contundentes del orden, es decir sus fuerzas represivas y coactivas. Sus integrantes, no obstante pertenecer a estratos humildes de la población, frecuentemente mal pagados y socialmente postergados, se convierten en objeto de odio y desprecio por sí mismos.

Como en nuestros tiempos también se desprecia el valor social fundamental e imprescindible de la obediencia, los cuerpos encargados de mantener o imponer el orden -gendarmes, policías, milicianos, guardias, carabineros- aparecen como la quintaesencia del enemigo a batir.

En nuestra cultura, todo lo que tiene que ver con la institución policial se recarga de significaciones negativas, no solamente en ambientes sociales bajos o entre los intelectuales, que vehiculizan el discurso reivindicativo o combativo de los primeros. Recuerdo al padre de un amigo, exitoso profesional, burgués y con aspiraciones de artista, que decía que había que aplicar una “política antivigilante”.

Hoy alguien indiscreto es un “botón”, el comedido es “vigilante”, y a los uniformados se les llama despectivamente, aquí en Mendoza, “ropa prestada” (confieso que no entiendo bien las razones por las cuales esto es un insulto). El rechazo a las fuerzas del orden es una componente esencial de muchas formas de cultura popular y también de élite.

Escribió el uruguayo Velásquez en una milonga de letra militante: “Juan hubo entonces rendido su examen cuando en la casa le faltó el dinero y se enfrentó en el mítin a un jurado vestido de metralla y coracero”.

La subcultura punk se ha destacado dentro del mundo de la música rock en su prédica antiautoritaria. La banda “Dos Minutos” cantaba aquello de: “Ya no sos igual, ya no sos igual, sos un vigilante de la Federal. Vos sos buchón de la Policía Federal. En su reggae combativo, “Todos tus muertos” también cumplía el ritual antisistema (mientras, naturalmente, la policía vigilaba el normal desarrollo de sus conciertos):

Hay gente policía,

gente vigilante,

gente de m…,

gente que no .

Y esto, por no hablar de géneros musicales que alientan de forma directa la violencia contra la policía, como la cumbia villera en nuestro país o el “narcocorrido” mexicano.

También recuerdo el versito que en épocas de militancia estudiantil se le dedicaba a Franja Morada, entonces exponente hegemónico del stablishment universitario:

¡Juventud radical,

Policía Federal!

Y puede mencionarse la infaltable rima futbolera:

Oh, no tenés aguante,

oh, no tenés aguante,

¡sos bostero/gallina/etc.,

vigilante!

Es difícil exigir cumplimiento satisfactorio de su función a una institución que sufre un rechazo tan unánime, que soporta un estigma tan contundente. Y sin embargo, lo primero que se preguntan los ciudadanos indignados ante un hecho delictivo o de violencia es ¿la policía dónde está, qué hace?

Parece claro que el rechazo que sufre hoy la institución policial en Mendoza y en la Argentina se debe a un desempeño más que reprobable de sus tareas específicas. En muchas ocasiones (no en todas, y me atrevo a afirmar que ni siquiera en la mayoría) acudir a la policía no solamente es inútil sino, en cierto sentido, hasta peligroso.

A la tradicional malquerencia genérica de estos tiempos contra los representantes del orden se agrega una merecida desconfianza en nuestro país.

Sin embargo, es evidente que no podemos prescindir de su presencia ni de sus servicios, por la sencilla razón de que no somos ángeles ni tampoco vivimos entre ellos. Por eso, son positivas todas las medidas que ayuden a reforzarla, tanto en lo que hace a la puesta en valor de la investidura policial (de la que la remuneración sólo es parte) como en la provisión suficiente de instrumentos para un desempeño satisfactorio: formación humana y técnica, estructuras organizativas y medios materiales.

Pero esta política de fortalecimiento de la policía estaría probablemente destinada al fracaso si no se impulsara tanto desde el Gobierno como de la sociedad civil una decidida campaña de regeneración de su prestigio institucional.

El prestigio de una institución -cabe no olvidarlo- depende de las expectativas que penden sobre ella. Es evidente que no puede exigírsele a la policía que se constituya en el factor compensador de los notorios desequilibrios y desajustes de un sistema social que es de por sí injusto. Pedirle demasiado es condenarla a la inoperancia y al consiguiente demérito.

No obstante, si no se consigue cambiar el concepto social de la policía, toda rehabilitación puede, como poco, durar más de lo previsto.

Es preciso que ser policía vuelva a constituir motivo de orgullo, que el uniformado se convierta nuevamente en esa figura confiable, protectora y pacificadora de antaño.

Para eso quizá deban estudiarse las estrategias de comunicación y de relaciones con la comunidad de cuerpos policiales que gozan de un prestigio incontestado: la policía británica, los carabinieri italianos o sus homólogos chilenos. También puede hacerse mucho desde los medios de comunicación: será inevitable la denuncia de casos de corrupción policial o de abuso de autoridad, pero una información abundante y detallada de los aciertos y logros de la institución quizá ayuden a reforzar la buena fama del cuerpo policial.

Se podrá responder que no hay cosa más difícil en este mundo que restablecer una confianza que se ha perdido. Sin embargo, no queda otra alternativa que intentarlo.

No hay caminos sencillos para recuperar la seguridad perdida: las soluciones unilaterales precisamente agravan el problema. Tampoco se trata de un camino corto: el buen nombre sólo se consigue con el tiempo.

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