
Fue la despedida del máximo bailarín argentino, pero también el comienzo de una leyenda. Ocurrió anoche, en el Obelisco, que fue testigo del romance que Julio Bocca mantiene con la gente, ese público que alguna vez se acercó al ballet por primera vez sólo para verlo bailar a él. A toda esa gente, que siguió fielmente la carrera de su ídolo, Bocca ayer le dijo adiós con un regalo único: una emotiva presentación masiva y gratuita en el corazón de su amada Buenos Aires. La última de su carrera.
La fiesta, que según los organizadores convocó a 400.000 personas, empezó temprano. Nancy, la mamá de Bocca, se sorprendió cuando cerca de las tres de la tarde pasó por la 9 de Julio (volvía de tomar exámenes de danza en Quilmes): “Ya había gente para ver a mi hijo”, contó mientras se preparaba para la última función de quien, además, resultó el alumno más prodigioso de su estudio de danzas de Munro.
“Me parece que es excelente la elección que hizo Julio -apoyó su mamá, Nancy-. Deja de bailar, pero no va a dejar la danza, seguirá con su escuela, el Ballet Argentino y el Maipo. Se va en su apogeo, después de 27 años en los escenarios. Él demostró que se pueden hacer las cosas con el corazón y que se puede llegar a todos y no sólo a los elegidos”.
En una noche fresca, el telón se corrió a las 21, tal como había sido anunciado. El público recibió a Bocca con gritos, aplausos y una ovación, pero guardó un admirado silencio cuando él se puso en la piel del pirata Conrad, para el pas de trois del ballet El Corsario. Entonces, la magia se repitió. La 9 de Julio se convirtió en la cueva de corsarios donde el fiel esclavo Alí le entrega a Conrad a la bella Medora como esposa. Dos personajes que fueron interpretados por Maximiliano Guerra y Eleonora Cassano, la eterna y querida compañera de baile de Julio.
El escenario, de tres metros de altura, se veía desde lejos. La multitud llegaba hasta la Avenida de Mayo, pero igual pudo seguir el espectáculo en detalle gracias a las pantallas gigantes.
El programa fue generoso, un verdadero recorrido por los espectáculos más populares de la carrera de Bocca. Desde Don Quijote, que bailó con Tamara Rojo -primera bailarina del Royal Ballet de Londres-, hasta varias piezas de Boccatango. O ese fragmento del Lago de los Cisnes, de Tchaikovsky, en que el príncipe Sigfrido es seducido por la maléfica Odile, el cisne negro, interpretada por la bailarina principal del American Ballet Theatre, Nina Ananiashvili. En diferentes tramos del show, Bocca también estuvo acompañado por los bailarines José Carreño, del American Ballet Theatre; Manuel Legris, de la Opera de París, Carlos Rivarola y Hernán Piquín, entre otros.
Uno de los momentos más fuertes llegó cuando Bocca se dio el gusto de bailar junto a Cecilia Figaredo “Tonada del viejo amor”, cantada en vivo por la propia Mercedes Sosa. O “Balada para un loco”, en la voz de la Mona Giménez, que se llevó otra de las ovaciones de la noche.
Para el final, dejó una declaración de principios. “Puedo decir con alegría que todo lo que hice, bueno o malo, acertado o con errores, fue hecho pura y exclusivamente a mi manera y de la forma en que buenamente creí que era lo mejor para mí y para la gente”, había dicho en su carta de despedida. Y así eligió decir adiós, ya casi a las 23, con Diego Torres cantando “A mi manera”, de Frank Sinatra, y él bailando por última vez frente a todo ese público que lo acompañó desde el comienzo. CC“El retiro de Julio es tristemente respetable. Es un caso único de genialidad artística. Cuando hizo Hamlet tuve una sensación increíble: nunca vi a un Hamlet tan bien muerto. Sin abrir la boca, tan solo moviéndose en el escenario se me quedó grabado el momento como algo místico. Sin palabras, dio una charla sobre la soledad y el amor trágico. Una cátedra de cómo la actitud de un cuerpo sin emitir sonido puede conmover. Es un lujo para este país.”“Además de pensar que es un artista que nos representa con mayúscula, tuve la suerte de compartir un espectáculo en Madrid en el Teatro Lope de Vega en 2003. Es como un chico de barrio con lo mejor del barrio, es decir, nunca perdió la esencia. Y es trascendente por su arte. Lo demás podrá decirlo gente conocedora del ballet pero para mí el ser humilde y sensible es la manera más transparente de representarnos. El artista se debe más que nada a su propio arte.”