
“Te digo la verdad, no me acuerdo de nada de lo que viví entre los 12 y los 17 ó 18 años”, se confesó Roberto (19). A los 12 tuvo su primer contacto con la marihuana y dos años más tarde había dado el salto al consumo de cocaína, una adicción de la que no pudo salir, sino hasta ahora. El viernes, la fiesta de fin de año del centro de recuperación de adicciones Conexión, fue también su fiesta de despedida, porque ya fue dado de alta después de casi dos años de tratamiento.
Es más, el año que viene tendrá una agenda bastante apretada. No sólo comenzará la escuela de chef, sino que también aceptó el ofrecimiento de Conexión para iniciar la capacitación como operador.
Estas historias reflejan la crisis y la recuperación de un grupo de chicos que ha hecho lo posible por salir adelante y cambiar su vida, tras haber consumido drogas durante muchos años o tenido que atravesar momentos dolorosos.
A los 19. “Hace un año que estoy en abstinencia y me siento muy bien, me siento fuerte. Al principio era obligatorio venir porque yo llegué a través del Juzgado (de Menores), pero después me fui adaptando. Acá te van dando confianza y apoyo”, contó Roberto que llegó a robar “muchas veces” para poder seguir consumiendo.
Su familia no tiene problemas económicos. Su crisis llegó tras la separación de sus padres. Según el director del centro de recuperación, Juan Carlos Mussuto, también había un alejamiento con el padre. “A partir del tratamiento la relación cambió entre ellos. La presencia del padre como autoridad es muy importante para la generación de límites internos”, explicó.
Rodrigo también tiene 19. “Estaba en un concierto y tomé de más. Me ofrecieron marihuana y empecé. Llegué a fumar un faso por día. No era complicado comprar marihuana. Eso me trajo problemas en el colegio y con mi familia, porque llegaba a mi casa alterado y me ponía a pelear. Cuando se enteraron, discutimos y les dije que quería empezar un tratamiento.”
Ya antes había hecho tratamientos psicológicos, pero no le habían resultado. Ahora estudia soldadura y taller en el Servicio Cívico y tiene un trabajo.
“Las amistades influyen mucho. Pero los que eran amigos de verdad me hicieron el aguante cuando decidí venir”, apuntó Rodrigo. “Esto me ha hecho ver un montón de cosas. Antes no pensaba en el futuro o en lo que quería hacer. Ahora me preocupo más por lo que espero de mi vida”, concluyó.
Nueva etapa. Érica, en cambio, no llegó a Conexión por un problema con las drogas. “Sí, conocí la droga, pero nada más. El mío era un problema de conducta. Tenía problemas con mis familiares, vivía de hogar en hogar porque no quería trabajar; buscaba el camino más fácil. Gastaba la plata en bailes en lugar de dárselas a mis hijos. Tengo dos más, de 5 y 3 años, pero me los sacaron. Estoy viendo si me dejan tener al más grande en enero”.
Esta chica ha tenido que enfrentar sola muchas situaciones. Esto la llevó a hacer cosas que la dañaron mucho, como ejercer la prostitución. El tratamiento en esta organización le hizo ver muchas cosas. “La primera entrevista fue la que más me aferró, llegó a lo más profundo de mí”.
Cuando llegó estaba embarazada. “Ahora me siento feliz de lo que he podido avanzar con mi maternidad. Eso me hace sentir muy feliz porque para mí él (Uriel, de 6 meses) es lo más importante”, agregó.
Después del tratamiento logró no sólo tener un lugar propio para vivir, sino también conseguir dos trabajos para mantenerse ella y su bebé.
Vuelta a la vida. Claudio está a punto de terminar su tratamiento. Tiene 35 años y a los 20 comenzó a consumir drogas. Viajó por el mundo haciendo teatro y circo, y en Brasil el consumo de marihuana le desencadenó una enfermedad psiquiátrica que hizo que sus padres tuvieran que ir a rescatarlo. “La marihuana me aceleró la depresión y la euforia. Estaba muy al borde de la muerte”, explicó.
Empezó un tratamiento en un neuropsiquiátrico, antes de llegar al centro de recuperación. “Al principio estaba muy medicamentado y no podía ni hablar; después empecé a ordenarme. Ahora me estoy proyectando por mis hijos. Tengo uno de 18 y una nena un año y medio”, contó.
Si bien sigue haciendo teatro en el elenco de la Municipalidad de Las Heras, su sueño es comenzar a trabajar de manera más profesional cuando tenga más tiempo. “Soy jardinero, vendo plantas y tengo un reparto de ensaladas de fruta”.
Benjamín (23) tiene una historia similar. A los 19 empezó un CENS y sus compañeros le hicieron probar marihuana. “Lo hice por curiosidad. Empecé por ahí y después probé casi todo. Ya había empezado a pensar de otra manera: eso era lo que estaba bien”, recordó el joven.
Siempre tuvo buena relación con sus padres y la culpa por ocultarles su adicción hizo que les contara lo que le pasaba. “Cuando me di cuenta de que no podía parar busqué ayuda”, dijo y su comentario hizo resonar en la sala la onomatopeya de un recuerdo compartido por el resto.
Benjamín había llegado a un punto en el que terminó creyendo que su destino era estar “mal”. “Había ido a un centro de internación y no me gustó. Después me interné voluntariamente en El Sauce, pero tampoco resultó. Esa vez estaba consumiendo de todo. Allí hice un clic y empecé a venir todos los días. Hasta que un día paré en seco con todo, hasta con el tabaco. Costó, pero fue más fácil de lo que creí”. En esta etapa el diálogo con su madre y la ayuda de un amigo fueron fundamentales.