Jueves 9 de febrero de 2012 | 07:23 hs
Es el escritor joven del año, y a nivel continental. Está por editar una nueva novela, con el nombre tentativo de “Salvatierra”. La voz lúcida y la palabra encendida.
domingo, 23 de diciembre de 2007
Mientras habla, respaldado por el blíndex del bar -la calle le hace un fondo de pantalla móvil-, no para de contar anécdotas ni de despertar historias que deambulan furtivas en un ángulo de luz, en un gesto pasajero, en una tacita. Los objetos nunca están quietos cuando Pedro Mairal los observa. En 1998, con apenas 28 años, ganó la primera convocatoria del Premio Clarín Novela con “Una noche con Sabrina Love”, llevada al cine poco después por Alejandro Agresti. Publicó el libro de cuentos “Hoy temprano” y dos poemarios: “Tigre como los pájaros” y “Consumidor final. En 2005 hizo desaparecer a Buenos Aires en El año del desierto, una novela en reversa desde una voz de mujer, a quien la historia le repercute en el cuerpo trazando una ruta tan estremecedora como posible. Este año el evento Bogotá 39 lo eligió como uno de los escritores menores de 39 años más representativos de América Latina. Y aunque a veces Mairal se sienta un narrador anacrónico, parece no costarle ser poeta, cuentista, novelista y bloguero, ni moverse a través de los magmas literarios actuales con la holgura que le da su mayor fuerza creativa: la curiosidad.
-Se comenta que acabás de terminar una nouvelle…
-Sí, ya la mandé a Emecé. Por ahora se llama “Salvatierra”. Es sobre un pintor amateur, entrerriano, que pinta un cuadro continuo, sin márgenes; un rollo de tela por cada año de su vida. Sus hijos heredan un galpón lleno de esos rollos. Hay un año que falta, y uno de los hijos se pone a buscarlo. A medida que desenrrolla va atravesando todo un pasado, descubre cosas de su propia vida. La novela está mostrada desde el cuadro. Hay que ver cómo se lee; tiene una onda muy poco cool, no es nada modernita, ni cumbia-cumbia. Es un poco vintage. Pero con los libros, hasta que no los lee la gente, no sé bien qué opino (risas).
-¿Y también sentís, como en tus otras novelas, que es un cuento largo?
-Puede que sea mi primera aproximación a una novela, porque es la historia de una familia. Los otros dos libros tienen una linealidad total. Me pregunto si algún día podré escribir una novela polifónica, donde cambie la voz narrativa.
-Hablás de Borges y Cortázar como abuelos benévolos que no tuviste que matar. Y decís que a través de tus contemporáneos Cucurto y Casas te llegó filtrada la herencia de padres rebeldes y permisivos, como Aira o Fogwill. Pero nunca hablás de autores extranjeros que te hayan marcado.
-Sí, nunca los menciono, ¿no? Me acuerdo de estar leyendo el Ulysses de Joyce; yo vivía con mis viejos todavía y me mandaron a comprar helado, y de pronto… ¿Viste que hay libros que te cambian la mirada? Me di cuenta de que no se te tenía que perder nada, que todo se puede escribir. Vi las tapas de la heladería, que tienen una cosa como convexa, para que caigan solas en su lugar. Y sentí cómo el mundo se volvía de repente una cosa llena de detalles. Eso me pegó muy fuerte. No tenés por qué vivir una vida llena de grandes emociones, de aventuras, no hace falta ir a cazar elefantes. Todo está lleno de una riqueza que a veces ves, y a veces no. En todo lo que está en la superficie hay una gran profundidad. En realidad todo está ahí, afuera; el inconsciente está afuera. Hay lectores que quieren una cosa muy explicada, que les muestren dónde está lo profundo. Y hay autores que son como esos amigos que te ponen un disco y te dicen: "mirá qué triste esta parte". A mí me gusta dejarle la silla vacía al lector para que se siente y complete todo eso. Salinger también me gusta mucho, el tono de Holden Caulfield en “El guardián entre el centeno” capta la cosa cáustica de la adolescencia, y trata de que el lenguaje acompañe eso, sin que la jerga quede anclada a una época.
-Mantenés un blog llamado "El señor de abajo". Como escritor, ¿qué te atrae de los blogs?
-Para mí allí hay una revolución muy grande que recién empieza. Los blogs están creando un entramado que salta por encima de las políticas editoriales, porque accedés a autores que quizá una gran editorial no publicaría hasta dentro de 15 años. Por supuesto, todavía no funciona con textos largos, pero las consecuencias de esto no se pueden ni medir. Me parece además que en los blogs la gente baja mucho la pretensión literaria, y eso es buenísimo, porque escribe de una manera más cercana al habla, que le da mucha naturalidad a la escritura. Ahora, yo traté de ver cómo quedarían los textos del blog en un libro, y cambiaría muchas cosas demasiado coloquiales. A mí la palabra "libro" me traba mucho, ¿no? Es una cosa que me paraliza. Siempre que empiezo una novela me digo: "quizás esto no sirve, esto por ahí termina en el tacho". Es una manera de sacarme el susto que me da, lo cual es raro, porque si la palabra libro te paraliza, y escribiste uno de poemas del que se hacen 500 ejemplares y se leen 90, por ahí lo que pusiste en el blog, en cambio, lo leen 500 personas en un día. Pareciera que la responsabilidad del libro es mucho mayor. Será porque el blog no queda detenido, lo podés ir cambiando. Es una especie de eterno borrador.
-Después de la vorágine que viviste con “Una noche con Sabrina Love” dijiste que para bajar la presión de ser la "joven promesa de la literatura nacional", escribiste unos diarios falsos que no le mostrabas a nadie. ¿Hay una relación entre eso y tu apuesta actual por los blogs?
-Me acaban de psicoanalizar a toda velocidad… Sí, con los blogs estoy haciendo eso. Necesito todo el tiempo desembarazarme de esa presión de ser "el escritor". Ahora encima soy "el joven escritor latinoamericano", entonces me llaman para opinar sobre unas cosas que no tengo ni idea.
-Como representante argentino en el encuentro Bogotá 39, ¿qué podés decir sobre la nueva narrativa latinoamericana?
-Sobre todo creo que ya no existe la imposición de hablar de Latinoamérica. Me parece que ningún autor es ya un latinoamericano "profesional", a la manera de Carlos Fuentes y sus contemporáneos. La literatura de ellos funcionó como la cristalización de una cosa colectiva en la que era muy claro lo que se quería culturalmente. Y cuando empezaron las dictaduras, se aclaró todavía más quién era el enemigo. La literatura funcionó como un canal por donde pasaba la imaginación de la gente, que encontró en esos autores lo que de algún modo quería decir. Desgraciadamente, la literatura no funciona más así. No sé si ahora ese lugar lo ocupa la tele o el cine o qué, pero la literatura no es más el soporte del imaginario colectivo. Ana Prieto y Eugenia Segura Especial para Estilo