Prácticamente todos saludamos con aprobación la decisión de la nueva Presidenta de crear el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva; la justificación de la medida ha sido innecesaria, por la extendida conciencia de que en la sociedad del conocimiento, la ciencia y la tecnología -tanto como la innovación- constituyen las vías necesarias para profundizar el desarrollo del país.
Decisiones en este campo han contribuido a configurar el mundo actual, no sólo por el mismo cambio tecnológico sino, y principalmente, por sus implicancias estratégicas y políticas.
A modo de ejemplo recordaré que una de las varias causas del abandono de la Guerra Fría por la URSS fue la Iniciativa de Defensa Estratégica también conocida como “Guerra de las galaxias” del presidente Reagan en 1983, para desarrollar sistemas de defensa localizados tanto en la Tierra como en el espacio a fin de garantizar la indemnidad de los EEUU ante un ataque nuclear con misiles balísticos intercontinentales. La iniciativa, enfocada más hacia la defensa estratégica que hacia una política ofensiva, terminaría con la teoría de la Destrucción Mutua Asegurada, proporcionándole la ventaja final.
Pese a que nunca fue completamente desarrollada ni desplegada totalmente la investigación y la tecnología que la iniciativa preveía (e incluso una década después quedó comprobado que el ejecutivo había mentido al Congreso estadounidense sobre el estado del arte y la factibilidad de las investigaciones a desarrollarse), sus resultados en el plano político pueden catalogarse como extremadamente exitosos. La URSS -acuciada por el impacto que la imagen de una economía de mercado producía en las sociedades tras la cortina de hierro- desistió de involucrarse en una nueva carrera armamentista, dado que, por la falta de articulación de su sistema de investigación científica con la producción de bienes destinados al mercado, hubiera ocasionado a su población mayores restricciones presupuestarias a nivel de las necesidades básicas.
Esta referencia se basa en que la IyD en el mundo capitalista, sigue un proceso que comienza con la investigación en el “establecimiento militar-industrial” estadounidense, para luego volcar nuevos productos basados en las nuevas tecnologías al mercado global. Sin esta articulación, la Unión Soviética hacía del gasto en investigación bélica un competidor absoluto con las asignaciones presupuestarias planeadas para el sector social.
No obstante el triunfo sobre el rival secular, en USA en 1994 el Congreso, preocupado por una presunta pérdida de competitividad de su economía, exigió que 60% del presupuesto de la National Science Foundation se distribuyera a proyectos “relevantes para las necesidades nacionales”.
También en Francia el Centro Nacional de la Investigación Científica define como su misión “lograr el avance de la ciencia y el progreso económico y social de su país”.
En los países en vías de desarrollo “o de subdesarrollo”, esta relación de complementación entre el sistema de investigación científico y tecnológico y el sistema productivo no existe, a pesar de los intentos de establecer mecanismos de cooperación Estado-empresa, en buena parte, por la falta de claridad en los objetivos de investigación.
Pero hay diferencias: en el Brasil se apoyan investigaciones que “promuevan y estimulen la producción de conocimientos necesarios para el desarrollo económico y social”, en tanto en la Argentina, por muchos años se ha sostenido que los problemas de la CyT son: definir y organizar el sistema científico, establecer prioridades, financiar y evaluar; y la relación con las universidades.
Más recientemente, el presidente brasileño anunció un nuevo paquete de inversiones de unos 22.700 millones de dólares destinadas al desarrollo de la ciencia y la tecnología a ser invertido entre el 2007 y el 2010.
Es posible imaginar qué privilegiará el Brasil: energía nuclear, biodiesel, computación, etc. en tanto que por nuestra parte, la creación del nuevo ministerio indica el camino, pero no está igualmente claro el destino que nos proponemos alcanzar.
No hago esta referencia al Brasil, tradicional oponente en los ejercicios estratégicos heredados de la geopolítica europea y estadounidense, para reinstalar por la vía de la CyT una carrera competitiva, proponiendo inversiones en una misma gama de investigaciones, sino para demostrar que una acertada decisión gubernamental organizativa requiere políticas públicas que garanticen claridad en la determinación de los objetivos y continuidad en las acciones que se implementen, junto con el presupuesto proporcionado a las implicancias que tengan para la nueva economía del conocimiento.
Esto no implica reinstalar la ideología de una ciencia “nacional” que enfrenta la ciencia “imperialista” y replicar con criterio propietario las principales líneas de investigación de países desarrollados, como se hizo en el campo nuclear y misilístico, sino de desarrollar una política de investigación que pueda continuarse en desarrollos aplicables a nuestro contexto de recursos naturales; sistema productivo: empresas, clusters, capacidad de gestión internacional, información y conocimiento de mercados, capacidad de desarrollar instrumentos financieros alternativos, para mejorar la oferta de productos y servicios.
Y en relación con el Brasil propondría afianzar la relación regional, coordinando programas de investigación, complementando los mismos e instalando el concepto de “co-laboratorios” para los nuevos desarrollos, cuyos resultados potencien la integración regional, de modo de ampliar nuestro espacio soberano y el margen de libertad y autonomía en la construcción de la nueva sociedad del conocimiento.
Requisitos que debe tener quien desea ser líder; siendo el primero la capacidad para formar equipos persuadidos en las convicciones. Por Eduardo Escalante Asesor educativo