A mi amigo Martín Usó, gordo y sabio
El 31 de mayo de 2003, el conocido novelista, pensador y guionista José Pablo Feinmann saludaba alborozado la llegada al poder de Néstor Kirchner con un artículo titulado “Un flaco como cualquier otro”, que tuvo en su día bastante difusión. El texto rezuma una de las ensoñaciones más comunes y difundidas entre los intelectuales: la llegada del hombre común al poder. Es sabido que en nuestro país, “flaco” equivale a decir “tipo”, como en México se dice “cuate” o “güey” y en España “tío”: es una forma genérica de aludir a una persona. Es curioso que quien defina a Kirchner como “un flaco cualquiera” sea Feinmann, que es gordo e ilustrado, y por tanto no es “como cualquier otro”.
La lectura del texto revela que lo que Feinmann entiende por un hombre común no lo es tanto: no todo el mundo, ni siquiera la mayoría del país, militó en el peronismo revolucionario ni anduvo en cenáculos con guerrilleros ni llegó a gobernador en su provincia ni fue candidato a presidente cooptado por el oficialismo.
Incluso el propio autor cede a la idea de la excepcionalidad del personaje y atribuye al defecto estrábico del “flaco” una ventaja inadvertida por sobre quienes tenemos los músculos ópticos coordinados. Según Feinmann, la de Kirchner es una patología visual que lo aproxima a Jean-Paul Sartre y que le confiere una lucidez mayor que la media: “Con un ojo ve el todo y con el otro ve el costado del todo”.
Con el tiempo, hemos ido sabiendo más cosas que las que nos contaba este literato arrimado al poder. Cosas que lo acercan bastante, si no al “ciudadano de a pie” (¡qué formidable abstracción, qué mito intelectual!), sí a la clase política nacional promedio. Quizá Kirchner no sea un flaco como cualquiera, pero sí es un político como cualquier otro.
A la foto que describe Feinmann, que muestra una reunión del “flaco” con guerrilleros peruanos, podemos oponer otra, algo posterior, en la que lo vemos participando muy circunspecto en un acto con las autoridades provinciales designadas por el Proceso, período en el que suspendió silenciosamente su militancia revolucionaria. Sabemos también que se enriqueció gracias a disposiciones del gobierno militar, ejecutando deudores.
Como tantos otros, fue un gobernador más en el vasto y obediente rebaño del menemismo. Tiene razón Feinmann cuando dice que el “flaco” se inventó a sí mismo: evidentemente, porque su pasado reciente, maduro y obsecuente negaba aquel remoto, heroico y juvenil. Como un político argentino del montón, llegó con sus amigos al gobierno: buena parte de los miembros de su gabinete están sospechados de manejos irregulares y existe una importante corte de empresarios que se benefician de la cercanía del poder.
Como político nacional promedio, tiene un sistema simplificado de ideas y creencias sobre los problemas del país, más propio del contertulio de una mesa de café que de un estadista. Que refleja todos y cada uno de los tópicos derivados de las vulgarizaciones de la intelectualidad crítica, tal como la de atribuir sistemáticamente a terceros los males argentinos.
En resumen: un político como cualquiera, que piensa que si los números de la estadística y la intención de voto van bien, no hay que cambiar nada. Demasiada vulgaridad, demasiada medianía como para entusiasmarse con Feinmann.
En las antípodas encontramos al periodista Luis Majul, que se sorprende en su documental “Yo, presidente” de que los ex mandatarios no estén todo el tiempo en pose de prócer, no se comuniquen exclusivamente con frases con destino de bronce y se bajen de la estatua ecuestre que le ha reservado la posteridad. A Majul le extraña la mediocridad, a Feinmann le parece magnífica.
Es difícil que respecto de la presidenta Cristina, Feinmann formule un juicio similar al que le mereció su marido, aún a pesar de aquello que dice que “dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma opinión”. Cristina Fernández no parece “una flaca como cualquier otra”, en parte porque no es tan flaca, pero muy probablemente también por una mayor reverencia al poder, una mejor comprensión de la lógica y las exigencias de la tarea de gobierno.
Sin embargo, será igualmente difícil que Majul encuentre en ella el dirigente con altura excepcional o épica que no ha podido encontrar entre los presidentes de la democracia restaurada.
¿Dónde está la verdad? Ni tanto ni tan poco: pero es claro que no sólo por la complejidad de conducir los destinos de una nación moderna sino también por la dimensión ejemplificadora que es propia del poder, debería exigirse a nuestros gobernantes una estatura moral, intelectual y psicológica superior a la media.
Esto no es nuevo ni se trata de una necesidad exclusivamente nuestra. En un poema épico escrito en Oriente hace más de cuatro milenios, se puede leer en qué términos responde el fiel Birhurturra a Akka su captor, quien le interroga sobre la identidad de su señor, el gran Gilgamesh:
¡Ese hombre no es mi rey!
Si ese hombre fuera mi rey,
¿no sería altanera su testuz,
no sería de bisonte su mirada,
no sería de lapislázuli su barba,
no serían delicados sus dedos,
no derribaría allí mismo a las mesnadas y levantaría a las mesnadas,
no envolvería a las mesnadas en polvo,
no derribaría a todos los extranjeros juntos,
no llenaría de tierra la boca de las gentes,
no arrancaría los cuernos de proa de las naos,
no apresaría a Akka, el rey de Kish, en medio de sus tropas?
Hace mucho que los argentinos no hallamos en nuestros gobernantes el espejo donde mirar las virtudes que nos faltan.