Los dos Che Guevara: el hombre y el mito

A 40 años de la muerte de Ernesto “Che” Guevara el autor contrasta la realidad con la leyenda. Y, en particular, las razones de la actualidad del personaje-mito en amplios imaginarios sociales. Por Héctor Ghiretti Licenciado en Historia

martes, 09 de octubre de 2007
Los dos Che Guevara: el hombre y el mito

Por Héctor Ghiretti Licenciado en Historia

Un 9 de octubre como hoy, pero de 1967, era asesinado en la localidad de La Higuera (Bolivia) Ernesto Guevara Lynch, más conocido como el Che, quizá el más célebre líder revolucionario de la segunda mitad del siglo XX.

Como es sabido, fue dueño de una personalidad singular, poco común incluso entre el gremio de los líderes políticos mundiales. Ignoro si en alguna ocasión se ha intentado realizar un análisis psicológico del Che. Materiales no faltan: escritos públicos, cartas familiares, diarios y memorias personales, testimonios directos.

El caso es que un estudio de tales características podría revelar aspectos fundamentales de su personalidad. Complementado con las investigaciones sobre el potencial mítico del personaje, que parecen desarrollarse a medida que la fascinación inicial va dejando lugar a una mirada más crítica y analítica, podría adquirirse una idea fundada del fenómeno cultural y social del hombre y su imagen: su proyección en el tiempo y el espacio.

Porque es evidente que subsiste un enigma en torno del Che. Quizá el sarcástico Guillermo Cabrera Infante (célebre escritor y guionista cubano, antiguo funcionario y diplomático del régimen castrista, posteriormente exiliado) exageraba cuando escribía que la figura del Che era la de un “perdedor nato”, pero resulta imposible presentarlo como un líder victorioso o un personaje exitoso.

La clave del fracaso continuo de las empresas del Che no solamente reside en el estudio histórico de procesos tales como su gestión al frente del Ministerio de Industria en Cuba -que puso a la economía del país al borde del colapso, salvada sólo porque la agricultura quedó fuera de su control- o las campañas guerrilleras de Congo y Bolivia -desastrosas en su concepción y su realización, indefendibles desde el análisis de la praxis revolucionaria-: bajo la conducción de Guevara, casi todo es precipitación, irresponsabilidad, impericia, irreflexión, excitación nerviosa, activismo, caídas en aislamiento del entorno o explosiones de ira.

El fracaso también puede encontrarse en su extraña relación con la idea misma de la victoria. En la famosa carta de despedida a Fidel, antes de partir a Bolivia, Guevara cierra con el conocido: “Hasta la victoria siempre”. Adviértase que no escribe ni el revolucionario “hasta la victoria” ni el más humano “hasta siempre”, sino una extraña combinación de los dos.

La victoria es, como se sabe, un fin: la coronación esperada de todo esfuerzo humano. En realidad, se aspira siempre a la victoria, pero es necesario que cada victoria cierre el empeño y nos prepare para otro sucesivo. Para el Che no parece importante la victoria, puesto que el “siempre” abre el empeño que debería cerrar con ella. O más bien: para él no hay victoria que corone la lucha.

Lo importante para Guevara es la lucha en sí, una lucha para la cual la victoria es algo subordinado, en una notoria inversión del fin y los medios.

En ocasiones se ha hablado de una “pulsión de muerte” del Che. El texto de alguno de sus poemas juveniles, en el que expresa el deseo de “morir en batalla” y no “ahogado”, con todo el profundo y complejo simbolismo que tiene esta metáfora, parece ratificar tal hipótesis.

El impulso que mueve al Che no es la victoria, sino el peligro (rasgo psicológico que hoy se manifiesta en la práctica de “deportes de riesgo”), razón de más para explicar que todo terminara en derrota.

Desde esta perspectiva podemos preguntarnos: ¿existe una doctrina o un legado ideológico del Che? Básicamente, el núcleo duro del guevarismo parece residir en una cierta preferencia por la vía armada de la revolución socialista. Sin embargo, no parece haber mayor despliegue teórico que pudiera ser una alternativa, perfeccionamiento o desarrollo ulterior de una concepción estratégica como el maoísmo, en el que Guevara se inspiró.

El llamado guevarismo no parece ir más allá de pertrecharse de armas y municiones y “echarse al monte” -una expresión española que resume buena parte de nuestra idiosincrasia- sin particulares habilidades estratégicas o conocimientos militares.

Múltiples organizaciones políticas reivindican la figura del Che: ¿es razonable pensar en una vigencia del guevarismo? La respuesta podría residir en el empleo que estos grupos hacen de la vida, obra e imagen del “Guerrillero Heroico”. ¿Cuántos grupos u organizaciones han llevado realmente a la práctica el guevarismo como vía específica de la revolución social? ¿Cuáles han hecho de la opción armada su praxis revolucionaria?

Más bien parece que en la actualidad el guevarismo militante no pasa de la explotación de un par de imágenes y un puñado de citas más o menos inflamadas. La principal aportación del Guevara a la revolución es su estampa para ser reproducida en remeras o banderas, y algunas frases para pintadas callejeras. Una especie de prêt-a-porter de la izquierda militante.

Pero si sus dotes reales como líder son invariablemente decepcionantes ¿dónde reside el poder de fascinación que ejerce el Che sobre nuestra cultura? En una época de exaltación absoluta de la juventud, un factor no menor es su perenne imagen juvenil, congelada antes de los cuarenta, no deteriorada por la decadencia física ni por el juicio implacable de la coherencia de una vida que llega a la vejez. El Che -como decía Eduardo Pérsico de Carlos Gardel- supo retirarse a tiempo.

Otro elemento a tener en cuenta es la entrega total a la causa, al punto de comprometer su propia vida. Guevara se la juega en cada lance, poniendo el pellejo y el corazón. La cabeza acompaña en lo que puede, que es bastante poco si se mira el desarrollo y resultado final de las empresas. El ejemplo de esta entrega toca cierta fibra íntima de nuestra cultura burguesa y consumista, que parece redimir sus sepultadas pulsiones de lucha y de justicia, apropiándose de (consumiendo) imágenes y textos.

Finalmente, puede señalarse una forma particularmente fina y delicada de relacionarse con las personas. Testimonios y cartas personales revelan que Guevara cuidó el trato con familiares, camaradas, subordinados e incluso enemigos hasta la delicadeza, combinando caballerosidad y respeto con manifestaciones de cariño no disimuladas.

Más allá de la explicitud ramplona de las ajadas consignas revolucionarias y las groseras manipulaciones de una cultura de la imagen, la fascinación casi universal por el Che parece revelarnos a modo de contraste las hambres no saciadas de la sociedad contemporánea: la aspiración a grandes empresas humanas, la tendencia natural hacia causas justas, la mayoría de las veces perdidas.

El Che es el modesto Quijote que nos podemos permitir en estos tiempos de cálculo, aburrimiento y desengaño.

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