No juzgamos ni condenamos

domingo, 27 de agosto de 2006

Por José María Arancibia - Arzobispo de Mendoza

Pongo en sus manos el Mensaje de la Comisión permanente del Episcopado Argentino: “Una cuestión de vida o muerte” (23/VIII/06). Pido que sea leído en las Misas de este fin de semana.

Mientras escribo estas líneas, confirman la realización del aborto a la joven discapacitada. No puedo dejar de expresar el dolor de todos. No juzgamos ni condenamos. Ofrecemos nuestra oración a Dios.

Quiero aprovechar la oportunidad para compartir con ustedes los criterios y líneas de acción que nos han orientado en esta difícil situación.

Apenas conocida la situación, un sacerdote de la diócesis integró el Comité de Bioética del Hospital Militar. Ante un caso similar, lo primero que hay que hacer es escuchar e informarse. El pasado 17 de agosto precisamos en un Comunicado oficial la posición de la Iglesia católica. Yo mismo ofrecí mi aporte en un artículo aparecido el 18. La Iglesia apela a las conciencias, ofrece con honestidad su palabra; confía sobre todo en la verdad dicha con caridad.

Desde el principio de este delicado tema, hemos tenido una línea de conducta que ha buscado conjugar: la firmeza y la claridad en la defensa de la vida, con el respeto por las personas y las instituciones. Esto supone abordar lealmente la complejidad del problema humano y ético planteado: los derechos humanos de la madre y del hijo por nacer; el respeto por la ley que nos rige y su vinculación con el orden moral. Una simplificación del problema nos ahorraría muchos dolores de cabeza. Pero, ¿obraríamos con fidelidad al Evangelio? ¿no traicionaríamos nuestra conciencia ciudadana?

Valoro la actitud de los fieles católicos que se han interesado por este tema, sumándose a una red de oración, actuando con desinterés y abnegación. Algunas organizaciones civiles han tomado parte activa en el debate. Muchos de sus miembros son católicos. Han hecho legítimo uso de los medios que la democracia pone en manos de los ciudadanos cuando quieren defender lo que consideran importante para la vida social. Es injusto descalificar su conducta como autoritaria o dogmatista.

Se ha hablado de presiones y amenazas. Si éstas se han dado, constituyen actos reprobables, protagonizados por cierto por una minoría. No expresan el sentir de los católicos mendocinos. No podemos dejar de preguntarnos, sin embargo: ¿Cuántas presiones se han puesto de manifiesto en estos días? Los intereses en juego han sido muchos.

¿Qué actitud hemos de tener los católicos ante el curso de los acontecimientos?

Reconocemos y promovemos la legítima laicidad del estado y de la justicia. Somos respetuosos de las instituciones que rigen nuestra sociedad. No queremos imponer nuestra fe a nadie. Desde nuestro amor a Dios, defendemos valores humanos comunes a todos.

Los medios que la Iglesia posee son los de Cristo: la palabra dirigida a la conciencia, la verdad y la caridad. Lo resumió muy bien el recordado Papa Juan Pablo II, hablando a los jóvenes españoles: “Testimonien con su vida que las ideas no se imponen, sino que se proponen. ¡Nunca se dejen desalentar por el mal! …” (3/V/03).

El Evangelio nos ofrece un precioso estímulo para renovar nuestro compromiso con la vida ciudadana de la Mendoza que amamos, y sobre todo, la que queremos construir.

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