“Aflicción”, acuarela 1943.
El paisaje rural y ciudadano; la figura femenina, el retrato y las composiciones florales son los temas principales de sus acuarelas y óleos, y a su través nos es dado percibir el estilo, que va del realismo al impresionismo. En todos los casos, hay un lirismo característico, basado en una sutil melancolía, resuelto con un cromatismo suave y un diestro manejo de las sombras y de la profundidad.
Recordemos que fue destacado escultor en Buenos Aires y que el monumento al Almirante Brown, en la avenida Alem, a metros de la Casa Rosada, le pertenece, además de importantes obras de decoración en el Teatro Colón.
Tanto en las figuras como en el paisaje, más que gracia formal hay una búsqueda emotiva que deviene en ternura, en rendida admiración por el mundo idílico que propone, que despierta sentimientos nobles y nos habla de un artista que amaba a la naturaleza y al ser humano con todas sus fibras.
Cada pincelada es un toque diestro y seguro, pero de ninguna manera coloca la técnica por encima del hálito poético que surge de la forma, aunque se atuvo siempre a los cánones ortodoxos de la composición.
Dibujo y color son un mismo cuerpo, un mismo sostén de un espíritu vivo, lleno de pudorosa presencia, de un latir pausado a tono con la eternidad, como el de los árboles, las montañas y las praderas, cuando el viento se aquieta y es apenas un murmullo transparente.
Esta delicadeza que transmite Chiapasco es lo que da personalidad a su obra y la torna vigente. A diferencia de muchos acuarelistas, él no complica al blanco del papel, ya que con el tiempo vira al ocre. Cubre toda la superficie dejando adecuadas zonas de descanso, buscando mayor efecto artístico, siempre desde un punto de vista significativo. Para él, la belleza es un don inagotable y escurridizo, que se intensifica en la hondura y se adelgaza en la superficie.
Con ese convencimiento nos ofrece la hermosura del mundo natural y a través del sentimiento que evoca, nos purifica la mirada y el espíritu. ACE