Para Abel (que hoy tiene 13 años) todo gira alrededor del trabajo duro, el polvo y el olor a azufre de los hornos de ladrillo. Las tareas de niño quedan en segundo plano. Su padre trabaja allí y él sigue sus pasos. Es uno de los mejores alumnos de la escuela, pero tiene que alternar esa tarea con la de apilar ladrillos y llenar de carbonilla los hornos, antes de quemarlos durante una semana. Cuando sea más grande aprenderá a cortar (el trabajo más duro) y quizás luego se haga cargo del negocio familiar.
Los callejones de tierra de El Algarrobal son el límite de las aspiraciones de muchos de los niños que viven en la zona. Ir a la escuela, por ejemplo, es más un desafío contra los obstáculos (como el transporte y el propio cansancio) que una obligación, y algo tan simple como tomar agua limpia es directamente un privilegio.
En el pueblo de los hornos lo habitual es que los chicos trabajen. En la mayoría de los casos no se trata de “padres que explotan a sus hijos”, sino de familias que ven como “natural” que los niños tengan alguna tarea y que muchas veces cuentan con los recursos que generan.
En Mendoza, esa idea de la naturalidad y hasta de lo “pintoresco” que es que los chicos trabajen aún se mantiene. De hecho, es la provincia que mayor proporción de trabajo infantil tiene (8,8%). Aprender que lo natural es que los chicos jueguen es quizás el primer paso para que haya otro horizonte.
De las 200 mil especies encontradas, 150 mil sólo viven en la isla que se desprendió de África hace 160 millones de años.
Telma y Leo Solfain vieron crecer su familia en una de estas comunidades de Israel, fundadas con ideales socialistas y que hace seis años terminaron privatizadas. Hoy siguen allí, aunque sus vidas cambiaron por completo.