Plaza de Mayo: historia y presente

En la historia política argentina, fue el escenario de importantes manifestaciones populares. Desde 1810, pasando por Perón, Maradona y el deseo de Kirchner de llenarla.

domingo, 21 de mayo de 2006
Plaza de Mayo: historia y presente

Postal histórica. Una multitud llenó la plaza el 17 de octubre de 1973. Perón era presidente.

Por Carlos S. La Rosa - Foto: Archivo Los Andes

La Plaza de Mayo es el corazón del poder en la Argentina. Y eso es desde que se creó la Ciudad de Trinidad Puerto de Buenos Aires, como la llamó Juan de Garay.


Las dos plazas. Antes de mayo de 1810, el simbólico sitio se llamaba Plaza Mayor y hasta fines del siglo XIX estuvo dividida en dos partes: una cercana a la actual Casa Rosada, y la otra, al Cabildo.

Cuentan las crónicas que las dos plazas cumplían una doble función: “Como plaza medieval servía de mercado a la población con una numerosa concentración de vendedores ambulantes y como plaza renacentista revestía carácter cívico, al reunir los edificios públicos más significativos, como el fuerte, el cabildo y la iglesia”.

En épocas de la Independencia, una de las partes se llamó Plaza de la Victoria porque allí tuvieron lugar los combates definitivos contra los invasores ingleses en 1806. Y luego de la Revolución de Mayo la otra parte se llamó Plaza 25 de Mayo, porque desde ella el grito de libertad se trasladaría al resto del país.


La plaza y el país unificados. La actual Plaza de Mayo recién se unificó con ese nombre luego de 1880, cuando la Argentina constituyó su Estado Nacional con la capitalización de la ciudad de Buenos Aires. Aquí empieza la historia moderna de la Plaza, cuando deja de ser mercado para convertirse en un bello paseo, (diseñado por el paisajista francés Carlos Thays), pero siguió cumpliendo su papel de expresión de las manifestaciones populares.

Hasta 1930, y con claros ecos heredados de Mayo de 1810, la Plaza fue el sitio preferido donde los ciudadanos iban a interpelar al poder en cualquiera de sus manifestaciones, ejecutivo, legislativo, militar, eclesiástico.


La plaza golpista. Pero a partir de 1930 ocurre un cambio fundamental en su uso. Ya no serían los ciudadanos los que marchaban hacia la Plaza para interpelar al poder, sino que desde ahora era el mismo poder quien convocaba a las multitudes para obtener de ellas un plebiscito explícito a su gestión.

Porque, como bien dice la ensayista Silvia Sigal, la plaza “del balcón” no empezó con Perón sino con el primer golpe militar de la Argentina del siglo XX: “Las plazas con balcón fueron estrenadas por el general Uriburu para asumir el poder ante la multitud y luego el presidente Farrell las instalará como rutina... Setiembre de 1930 quebró el orden constitucional pero no sólo eso. Con el balcón de la Casa Rosada inauguró una de las formas del componente plebiscitario de la política argentina. Muestra otra relación entre gobernantes y gobernados que no pasa por el sufragio, sino que es directa”.


La plaza peronista. El surgimiento del peronismo le agrega una nota diferencial a ese estilo plebiscitario. Porque esta vez no se trató sólo de un militar que llamaba a su confirmación, sino de multitudes anónimas que venían a exigir la aparición de su líder en el balcón (aunque éste anteriormente hubiera trabajado para eso desde sus puestos en el gobierno de facto surgido en 1943).

Pero ahora las multitudes pedían también elecciones e iniciaban un diálogo entre ellas y el líder que permite dividir la historia de la Plaza entre su etapa pre-peronista y su etapa peronista, que hoy, a más de 60 años del 17 de octubre del ’45, se esfuerza en sobrevivir con la misma denominación, aunque bajo usos muy distintos.

El primer peronismo hizo de la Plaza el sitio de una gran misa laica donde los fieles se reunían ante el sumo sacerdote, pero no sólo iban a escuchar el sermón sino a participar activamente de él.

“Ellos querían que yo me hiciera comunista y yo quería que ellos se hicieran justicialistas”, contaba Juan Perón de sus interpelaciones en la plaza a los obreros durante sus primeros gobiernos. O ellos querían que Evita fuera la vicepresidente de la segunda gestión del General. Y si bien a la postre siempre el líder se imponía sobre sus seguidores, se requería de la congregación para efectivizar los deseos del jefe.


La plaza gorila. Cuando el régimen peronista entró en agonía, allí en la Plaza ocurrieron los bombardeos de junio de 1955. Y allí en la Plaza los derrocadores de Perón reunieron también a su propia multitud para vivar contra el “tirano prófugo”.

Pero lo que no sabían los nuevos golpistas era del inmenso poder simbólico de esa Plaza: al actuar dentro de ella, aun para repudiar a sus anteriores actores, lo único que hacían, a largo plazo, era contribuir a la peronización definitiva del histórico paseo. Como ocurrió.


La plaza de la guerra de los dos peronismos. El regreso de Perón en 1973 encontró disponibles a la Plaza y al Balcón para revivir los tiempos pasados. Pero la historia no se repite. Ya no era una multitud unida frente al líder, sino dos enormes facciones, una juvenil y otra sindical, enfrentadas a muerte con la excusa de gritar ambas Viva Perón. De lo que se trataba era de copar la plaza más que de oír al jefe. Por eso en sus primeras apariciones en el balcón, el viejo líder debió hacerlo bajo un vidrio protector. Y otra vez debió gritarle a la mitad de la Plaza -la de los jóvenes de izquierda- que se vayan por “imberbes”, por ser “unos estúpidos que gritan”.

Luego de la muerte de Perón la Plaza se quedó sólo con la movilización que podían generar los gremios. Sirvió para echar a López Rega, para vivar alguna ley sindical. Y se fue vaciando.


La plaza de las Madres. Durante los años de plomo de la dictadura de 1976 la Plaza también se cubrió de símbolos, pero de nuevo tipo.

Primero, las Madres de Plaza de Mayo, que con su minúscula presencia numérica le dieron una dimensión universal al tema de los desaparecidos y los derechos humanos en un país sojuzgado.

Y segundo, el llamado “delirio de unanimidad” (al decir de Sebreli), cuando la enfermedad del patrioterismo hizo que una multitud escuchara al general Galtieri durante la Guerra de Malvinas.


La Plaza del Sí y de Maradona. Con el renacer democrático la Plaza tuvo muchos usos. Desde la defensa del sistema político cuando los militares volvieron a amenazarlo, hasta las apariciones de los jugadores mundialistas cuando ganamos en 1986 o salimos segundos en 1990. Y hubo una Plaza de Sí, donde el periodista Bernardo Neustadt le ofreció al entonces presidente Carlos Menem una multitud de gente “bien”, en contraposición a los cabecitas negras que la inauguraron en el ’45.


La plaza de la devaluación. Luego de la crisis de 2001, la Plaza volvió a ser escenario de protestas sectoriales. De a poco volvió a ser el lugar donde se peticionaba al poder como antes de 1930. Una Argentina fragmentada hizo que decenas de grupos clamaran desde ella sus múltiples protestas. Y que el poder no saliera al balcón.


La Plaza de los viejos imberbes. Hoy asistimos a otro intento por recuperar su mística peronista, a través del presidente Kirchner que busca revivir la Plaza llena vivando al jefe. Difícil.

El historiador Halperín Donghi lo explica bien cuando dice que “Kirchner quiere llenar la Plaza porque vive de la memoria del pasado, pero hay cosas que ya no funcionan igual. En la época de Perón la oposición decía que los que estaban ahí eran pagados, y no era cierto. Ahora sí”.

Inobjetable. En el primer peronismo la gente iba a la Plaza porque quería ir. En el segundo iban a pelearse unos contra otros. En el tercero, el de Menem, no iban. Y en el cuarto sólo les interesa ver a Kirchner por tevé, con su atril. Pero a nadie le interesa hoy la comunión con el líder.

En el inconsciente colectivo del kirchnerismo quizá esté la idea de una cierta reivindicación histórica de la generación del ‘70 que hoy se sigue llamando peronista aunque Perón la echara a patadas de la plaza. Pero hoy la plaza ya no significa lo mismo. Y los jóvenes están un tanto viejitos.

Por eso, y apelando a las sutilezas del talentoso Halperín Donghi, diremos que este 25 lo que veremos es la plaza de “la coparticipación federal”. Vale decir, una multitud de dirigentes movilizando clientelísticamente a todo lo que puedan para quedar bien con el jefe.

O sea, la plaza podrá estar más o menos llena, pero ya no será el lugar “peronista” donde el pueblo habla directamente con su líder. Y a la inversa. Sino el sitio donde los punteros le muestran al líder lo que ellos pueden juntar para merecer sus favores.

Por lo cual lo más probable es que antes que una tradicional plaza peronista, este 25 de Mayo asistiremos a una teatralización de la misma, a una puesta en escena de algo que una vez fue un drama histórico y hoy es una ficción, donde lo que interesa no es tanto los que irán a la plaza, sino ese pueblo que la mira por tevé.

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