Ante el Bicentenario de Mayo

La sociedad argentina está en deuda consigo misma, y esa deuda tiene relación con el estado de postración de las instituciones de la República, con la tendencia a ignorar el cumplimiento de las leyes, con la ausencia de solidaridad, con la irresponsabilidad con que se está educando a las nuevas generaciones y con la incapacidad de la clase dirigente de generar y encabezar un liderazgo efectivo.

domingo, 21 de mayo de 2006

El Bicentenario de la Revolución de Mayo sorprende a la sociedad argentina en un atraso y en una decadencia que son llamativos y que no reconoce ninguna causa eficiente, a no ser que se puedan reconocer aún hoy los desórdenes políticos y éticos que hicieron necesaria la independencia de Fernando VII, de sus descendientes y de la metrópoli.

Dicho de otra manera, quizá la sociedad argentina no avanzó suficiente en la construcción de una nación para todos, incluyente y justa, en libertad y democracia y se ha mantenido en el nivel de Estado absolutista, en la mezquina cota de la “república posible” y no de la república deseable y equitativa.

Faltan solamente cuatro años para el Bicentenario de la Revolución de Mayo y es posible, hasta donde se puede predecir los hechos políticos, que el actual presidente Néstor Kirchner sea el anfitrión de los fastos con que se conmemorará tan extraordinario acontecimiento.

Por mucho que crezcan los índices de la economía, que -después de todo- no podrán llegar a ser tan extraordinarios, ¿qué se mostrará al pueblo y a los libres del mundo como radiografía de un país y de una sociedad que ha involucionado en un siglo si se toman en cuenta las perspectivas que asistían a la Argentina en 1910?

La causa de la decadencia argentina, para enfocar la proposición con cierta superficialidad como una imprescindible introducción al tema, podría encontrarse en algunos hechos tales como la irresolución de los planteos políticos y éticos tanto de las revoluciones como de los meros cuartelazos que han paralizado la vida del país, y la aparente convicción de la clase dirigente de que sólo puede aspirarse a una “república posible” porque el pueblo no está preparado para acceder a una república para todos.

Si la república no es para todos, ¿para quién es? Este es el gran interrogante que en Argentina está por responderse. El estudioso o el simple interesado en la realidad argentina sólo tiene que identificar a los protagonistas -y a los sectores que representan- de las luchas por el ingreso y las terribles características de esa lucha y reconocer los métodos de apropiación para identificar el problema y a sus responsables.

La guerra para monopolizar los frutos de la actividad económica no da cuartel ni hace prisioneros y las primeras víctimas de esas acciones violentas son las instituciones, empezando por la que debería ser garantía de la república, el Poder Judicial; siguiendo por la que debería ser garantía de la democracia, que es el Legislativo, y terminando con el que debería garantizar el orden, la equidad, el desarrollo económico con bienestar general y las libertades privadas y públicas, que es el Ejecutivo.

Quizá la consecuencia que se desprende del diagnóstico de la perversión de las instituciones sea el reconocimiento de la anomia extendida por todos los entresijos de la sociedad, dicho sea con el riesgo que conlleva toda generalización, de manera que el equilibrio y los valores de la sociedad no sólo no pueden alcanzarse sino que quedan convertidos en tristes remedos de sí mismos.

¿Cómo pueden los gobiernos decidir que se apropiarán de parte del salario de los empleados públicos y lo hagan sin respeto a las leyes, ni a las personas y a sus derechos?

¿Cómo pueden las Cortes ponerse al servicio del Poder Ejecutivo y fallar según el interés de éste o, en el mejor de los casos, adaptando los tiempos judiciales a los requerimientos políticos?

¿Cómo puede el Poder Ejecutivo desentenderse de los perjuicios que causan los violentos a la población con la excusa de que su política es no reprimir el delito? ¿Cómo puede el país soportar que la solución de sus conflictos internos e internacionales pase por la prepotencia de pocas decenas de individuos que toman justicia por sus manos y según su entendimiento?

Ya se sabe que los pueblos que no se inclinan ante las leyes terminan postrándose ante los tiranos, y si fuese verdad que una parte numerosa de la sociedad argentina prefiere eludir la ley e ignorar las normas, mal le irá a la Argentina en la celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo, porque a la anomia de los gobernados los gobiernos oponen su irresponsabilidad.

Y los pueblos, cuando no son capaces de darse autoridad sin autoritarismo, deberán soportar autoritarismo sin autoridad. Que es la base del viejo régimen absolutista, el principio de la tiranía; y la tumba de la democracia representativa, de la igualdad ante la ley y del progreso social, que son los que construyen a las naciones.

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