A 5 años de la Navidad triste

Un ensayo sobre lo ocurrido hace 5 años en la política nacional argentina. Y de sus consecuencias hasta la actualidad. Por Héctor Ghiretti Licenciado en Historia

miércoles, 20 de diciembre de 2006
A 5 años de la Navidad triste

Por Héctor Ghiretti Licenciado en Historia

Recién con la unificación definitiva del país, consolidada después de la revolución porteña de Carlos Tejedor en 1880, fue posible empezar a distinguir con algo de claridad entre lo que eran movimientos y revueltas civiles por un lado, y asonadas o revoluciones militares por el otro.

A partir de ese momento histórico dejan de existir los cuerpos militares provinciales o partidarios, lo cual no quiere decir que hayan dejado de sucederse enfrentamientos armados, o que las protestas civiles no hayan derivado en derramamientos (copiosos) de sangre.

Desde entonces ha habido numerosos pronunciamientos y manifestaciones civiles, de diversa trascendencia. Solamente los estudiosos y alguno que otro militante ilustrado recuerdan sucesos tales como el llamado Grito de Alcorta de 1912, la Semana Trágica de 1919, el Mendozazo, el Cordobazo, el Rodrigazo o la marcha nacional de la CGT del 30 de marzo de 1982. Tales acontecimientos, más allá de su indiscutible carácter testimonial en medio de los procesos políticos y sociales en los que se dieron, no parecen haber transformado sustancialmente el curso de la historia del país.

Hay otros que en cambio, sí lo hicieron. Es el caso de la Revolución del ’90, primer acto de protagonismo político nacional de la joven Unión Cívica Radical, y del 17 de octubre de 1945, fecha mítica de nacimiento del movimiento peronista. Tales movimientos cívico-populares no solamente pusieron de manifiesto un profundo malestar entre la ciudadanía, sino que además fueron expresión simultánea de una nueva dirigencia política que luchaba por abrirse camino y de un proyecto de transformación institucional.

Desde la perspectiva de los pronunciamientos populares puede observarse la historia nacional reciente como compuesta por círculos concéntricos: si el radicalismo hizo patente su oposición y su proyecto alternativo a las prácticas electorales de la época -limitando su protesta al ámbito político- el peronismo ampliaría el reclamo y la propuesta al perímetro, más amplio, del Estado, es decir, a la participación en los beneficios de la acción estatal.

En este contexto ¿dónde situar el estallido social de diciembre de 2001?

Tal como se presentaron en un primer momento, aquellos sucesos no eran una reivindicación de clase o de sector, sino que parecían ser la expresión de la práctica totalidad de la sociedad. Tanto fue así que el folclore izquierdista se apuró a bautizar este movimiento popular con su forma de denominación tradicional: se trataba del “Argentinazo” esperado y definitivo, principio del fin del viejo orden.

Hasta aquel momento, los pronunciamientos populares habían tenido un objetivo más o menos preciso, una identificación genérica pero inequívoca del enemigo a batir: bien podía ser el “régimen falaz y descreído” como también la ubicua oligarquía antinacional. Se trataba sustancialmente de un “que se vayan ellos”, como decía la canción de Piero.

En 2001, el descontento se plasmó con elocuencia en el ingenuo y contradictorio “que se vayan todos”. Por su profundidad y extensión, la protesta popular de aquel año parecía describir un nuevo círculo concéntrico, más extendido aún que sus predecesores radicales y peronistas: el descontento alcanzaba la sociedad misma, conteniendo en sí tanto al gobierno como al Estado, al manifestar un hastío general (de todos) y prácticamente omnicomprensivo (contra casi todo, en lo que hace a la vida en sociedad).

La protesta de 2001 exigía no solamente el surgimiento de una nueva élite dirigente dispuesta a tomar la posta de la vieja dirigencia desprestigiada y exhausta, sino también un nuevo proyecto, una orientación inédita que encaminara hacia una meta superior el decurso histórico del país.

Durante los meses siguientes, brotaron como hongos después de la lluvia infinidad de partidos y organizaciones políticas, llenas de buena voluntad y de ambiciosos proyectos. Lo propio sucedió con los equipos de especialistas, estudiosos y expertos, que lograron vencer las inercias y el aislamiento mutuo, y elaboraron proyectos de reforma y regeneración política, social o económica.

Lamentablemente casi todas estas iniciativas fueron empresas efímeras, como todo lo que se hace a fuerza de puro entusiasmo.

Ninguna logró tocar las verdaderas fibras sensibles de la voluntad de cambio que mostraba todo el país; ninguna pudo aunar consensos detrás de su propuesta.

Las dificultades del momento actual eran y son -es necesario reconocerlo- notorias: es difícil movilizar a las personas en pos de una empresa común, en tiempos de escepticismo y atomización de las conciencias.

De forma paralela, se operaba el restablecimiento de las antiguas hegemonías, ocultas para el caso detrás de una operación cosmética de viejos discursos remozados: o el reivindicacionismo nacional y popular de los setenta o el triunfalismo tecnocrático primermundista de los noventa, con evidente predominio en la opinión pública del primero y clara pervivencia del segundo entre los ámbitos especializados, en coexistencia más o menos pacífica. Era el triunfo vergonzante y silencioso del “que se queden todos”.

Desde entonces, el país se halla ante una situación que podría calificarse de inédita. Por una parte, en la línea de 1890 o 1945 -y más aún, potenciado por los medios modernos de comunicación- el malestar era profundo y extendido, al punto que la situación podría acercarse a esos momentos de intensidad revolucionaria que Hanna Arendt definió como etapas fundacionales, en los cuales es posible darse un nuevo ordenamiento político y social, encontrar un nuevo punto de partida.

Por la otra, no ha habido una reacción proporcionada en términos de renovación/recambio de la dirigencia o de proyectos políticos alternativos. La respuesta, a diferencia de los antecedentes históricos antes mencionados, ha quedado muy por debajo del desafío.

Parece particularmente adecuada a esta particular coyuntura la citadísima definición de Antonio Gramsci: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere pero lo nuevo no puede nacer”. Nótese que el ilustre pensador sardo dice que lo viejo “muere” y no que “ha muerto”, por lo que cabe afirmar que en la medida en que no muera, la crisis continúa, por más que los indicadores económico-financieros de hoy muestren lo contrario.

Quizá sea demasiado prematuro entrever el destino histórico del pronunciamiento popular de diciembre de 2001. Sin embargo, un diagnóstico provisorio parece mostrar una (otra más) formidable oportunidad perdida.

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