Breve sociología del 4X4

Una interpretación acerca de la extraña proliferación de vehículos 4x4 en conductores que jamás pisan un terreno árido. Por Héctor Ghiretti - Licenciado en Historia.

miércoles, 29 de noviembre de 2006
Breve sociología del 4X4

La iniciativa para desarrollar ingenios mecánicos capaces de desplazarse sobre superficies accidentadas apareció casi con el nacimiento mismo del transporte automotor. Primero movidos por la necesidad de contar con medios aptos para el trabajo agrícola y posteriormente con fines militares, los vehículos para todo terreno se convirtieron en una línea especializada en permanente desarrollo y perfeccionamiento.

La estirpe de los vehículos ligeros de doble tracción, iniciada con modelos como el Bantam, el Jeep o el Kübelwagen ha crecido sin detenerse hasta hoy.

Actualmente, el uso de los 4x4 -tal como se los conoce en nuestro país- se extiende más allá de sus originarios propósitos militares o agrícolas. Están presente tanto en actividades económicas -industria, comercio- como en las recreativas.

Es en su empleo en el ámbito familiar o recreativo donde se ha producido un curioso fenómeno. El 4x4 ha pasado de ser un instrumento de trabajo -más bien tosco y sencillo, con poca o ninguna concesión al diseño estético o al confort- a convertirse en un vehículo de lujo, con el que se demuestra status social.

Este fenómeno podría atribuirse a la generalización de la llamada “sociedad del trabajo”: la posición social se demuestra mediante el empleo habitual de un instrumento de trabajo.

Lo mismo sucedió con el popular y ahora universal “jean”, originariamente una prenda de trabajo.

La tendencia ha tomado tal importancia que compañías especializadas en vehículos de lujo se han visto obligadas a desarrollar líneas suntuarias de todoterrenos: es el caso de Mercedes, BMW, Audi, Rover y hasta... Porsche. Uno se pregunta qué sentido puede tener meter un Porsche 4x4 en un camino lleno de piedras, barro, espinas, baches y peligrosos desniveles, cuando una F100 o una Chevrolet de toda la vida podrían cumplir la misma tarea. Pero así están las cosas.

Cabe proponer una hipótesis adicional. Antaño, en sociedades más jerarquizadas, el lujo se ostentaba de forma más natural, y era expresión aceptada y razonable de la posición social que se tenía. En aquellas sociedades, todo el mundo sabía quién era rico o poderoso y por qué lo era.

En sociedades ideológicamente democráticas -y por tanto mentalmente igualitarias- como son las actuales, toda jerarquía social se vuelve sospechosa. El lujo no puede demostrarse con la misma libertad o tranquilidad de conciencia que en otras épocas, y por eso se opta por vehículos capaces de superar el mayor número posible de obstáculos.

Además, hoy las fuentes de la riqueza y el poder se han vuelto invisibles, cuando no se ocultan adrede. No solamente no sabemos cuál es su origen; tampoco quiénes los poseen. Una manifestación posible de esta ocultación, frecuentemente asociada con la camioneta 4x4, es el cristal polarizado.

En nuestro país la cuestión posee aspectos particulares. Al igual que en los países desarrollados, el uso familiar o recreativo de los 4x4 también es símbolo de status, con la salvedad de que la precariedad y escasez de caminos transitables en la Argentina y el carácter agropecuario de su producción económica hace su empleo algo más justificado.

Sin embargo, la abundancia de vehículos todoterreno entre personas con gran capacidad adquisitiva no es proporcional ni a la cantidad de vehículos deportivos o de lujo que se pueden ver en nuestras calles, ni al uso para el cual están originariamente destinados.

¿A qué se debe? En primer lugar, debe mencionarse lo que se conoce en sociología como “efecto demostración”: la inclusión social en ciertos niveles se procura y se mantiene haciendo uso público de símbolos de prestigio o de poder.

Durante mucho tiempo, en la Argentina predominó el empleo de automóviles utilitarios o familiares, de tamaño y precio medio. El parque automotor argentino era una buena muestra de la estructura social del país.

Actualmente su capacidad testimonial se mantiene, sólo que deja ver una realidad degradada: los enormes y avasallantes 4x4 se mezclan con una masa lamentable de vehículos deteriorados, en malas condiciones o con mantenimiento mínimo, al punto de dar razón al humorista cordobés: para circular en algunos hace falta ponerse la antitetánica.

El status automovilístico no se demuestra con modelos deportivos o de lujo (demasiado “cerca” de los otros): la diferencia está en la doble tracción o la altura del techo.

Pero ¿qué obstáculos quiere vencerse con estos vehículos? No parece que sean las sendas no asfaltadas o los caminos irregulares. En realidad, es el propio espacio público el que se ha vuelto accidentado: el trazado callejero, los estacionamientos. Quien maneja en la ciudad un 4x4 cree haber tomado recaudos contra la confiscación del espacio público. Este espacio, que debiera ser el lugar de encuentro y participación de los habitantes, se vuelve hostil, es “privatizado” por unos pocos, que lo utilizan para su provecho exclusivo de protesta, pecunio o delito.

El conductor del 4x4 pretende tener la capacidad de pasar por encima de un obstáculo opuesto por un reclamo piquetero, evitar un asalto o un secuestro desde otro vehículo: “privatiza” a su vez el medio de tránsito.

Independientemente de su efectividad, busca seguridad en un vehículo que le permita superar la fragmentación del espacio público.

Un análisis superficial nos llevaría a la conclusión de que el 4x4 es un medio de defensa ante quienes confiscan o manipulan el espacio público: piqueteros, delincuentes, limpiavidrios, vendedores ambulantes, mendigos, vándalos. Pero ¿son realmente éstos quienes han limitado y sometido el espacio público?

Es claro que los responsables primarios de su creación y mantenimiento como tal son aquellos a quienes se les ha concedido mayor cantidad de medios intelectuales y materiales: los poderosos. No son los más débiles de la sociedad, los ignorantes, los pobres, los que están más abajo, los que han iniciado el deterioro. Son los primeros quienes deben enseñar a los segundos que el espacio común es el lugar del encuentro y del diálogo.

La vida cotidiana se ha vuelto peligrosa y difícil -las responsabilidades de este proceso caen, nuevamente, sobre quienes cuentan con más medios-, pero estas medidas individuales de protección potencian el problema: ¿Cómo puede evitarse que este tipo de recaudos no profundicen las diferencias entre los argentinos, al punto de que los unos no reconozcan en los otros una identidad común, una forma de entender y vivir que nos une?

Quizá, el fenómeno -como todas las modas- sea inevitable. Pero si se advierte la proyección del problema y se asume una actitud responsable, debería ser sustituido con iniciativas efectivas (y esto es siempre más complejo que comprar una camioneta o poner una alarma) en favor de la defensa y la ampliación de los espacios públicos. Para que sigamos reconociéndonos parte de un mismo pueblo.

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