"Mi programa, desde chico -dice-, era ponerme a dibujar. Dibujar caballos y vacas en vez de ir a jugar. Solía ir con algún amigo que le gustaba el dibujo y competíamos para ver a quién le salía mejor. Buscábamos figuras de Eleodoro Marenco y las copiábamos. Pero nunca lo hice comercialmente".
Es un enamorado de Rembrandt, de Velázquez, de Luis Meléndez, de Chardin y de entre los pintores vivos, elige al chileno Claudio Bravo (me parece un genio, afirma) y a Juan Lascano, "que en un momento fue mi musa inspiradora. Yo tenía 14 años. Yendo de la empresa a mi casa, pasé por una galería y vi unos cuadros que me encantaron. Eran de Lascano. Me dije a mí mismo que yo podía hacer eso y decidí probar para ver hasta dónde llegaba".
El arte oscila pendularmente a través de las épocas entre los extremos del clasicismo, que llega al academicismo, y los del romanticismo, que se vuelve desenfreno pasional. Ayersa, que por sensibilidad se pronuncia por el arte clásico, tiene en gran estima al dibujo. Sus cuadros se ubican en esa línea en la que prima la armonía, la composición equilibrada, el color mesurado. Comparada con su muestra anterior, en la presente ha dado un salto cualitativo.
Sus bodegones y sus caballadas han cobrado mayor brío. Se ha preocupado más por la plasticidad pero sin el menor desborde y pareciera que los elementos allí detenidos estuvieran a punto de moverse, de desplazarse.
En esa quietud de sus cacharros no hay estatismo, debido a la dinámica de la composición y a que le ha hecho lugar a las pequeñas imperfecciones, a las abolladuras, a esa cuota de desgaste que el uso imprime a las cosas. De esta manera, más allá de la literalidad de los objetos y de los animales, aparece una cuota de verdad que seduce y atrapa.
Basta con ver los paños de estos cuadros, que tienen cuerpo, densidad, así como la rotundez de las frutas o esa yeguada de tordillos, que casi nos hacen sentir su respiración, para coincidir con el crítico Rafael Squirru cuando dice que cada composición de Ayersa está orquestada con precisión quirúrgica.
El artista, además, juega como un mago con la luz, una luz cálida y envolvente, tan bien dosificada que a veces pareciera iluminar desde adentro, como si fuera el objeto mismo el que la proyectara. / AC
Es una iniciativa de la Fundación Valentín Bianchi. Se exhiben en San Rafael obras de Fader, Bernaldo de Quirós, Berni, Castagnino, Presas, Alonso, Della Valle y Gómez Cornet.
El martes 21 de noviembre, a las 18, se realizará en el Salón Auditorium de la Cámara de Diputados, en Capital Federal, el homenaje al cantor y compositor Hilario Cuadros, al cumplirse cincuenta años de su fallecimiento.