Asesinato de presos mendocinos en Ezeiza

Uno de los nueve cabecillas del motín del 2000, en la cárcel de Mendoza, fue asesinado en su pabellón del penal de Ezeiza. Se llamaba Sergio Ceferino Frigolé (a) El Lenteja, y fue muerto con armas blancas por otros presos. No es el único caso y es un ejemplo de la falta de seguridad que hay en la mayoría de las cárceles de la Argentina. Esto tiene que terminar.

Edición Impresa: viernes, 20 de enero de 2006
Sergio Ceferino Frigolé, alias El Lenteja, de origen mendocino, fue uno de los nueve procesados por encabezar un motín carcelario durante la Fiesta de la Vendimia de 2000 y hace poco amaneció asesinado por varios presos en su pabellón en el penal de Ezeiza, ubicado en la provincia de Buenos Aires y dependiente del Servicio Penitenciario Federal.

Según trascendió, Frigolé habría sido ultimado por los presos integrantes de una pandilla que opera intramuros, llamada La Chocolatada, en respuesta a que aquél se enfrentó a tres internos que unos meses antes habían propinado tal golpiza a su hermano menor Fabián Frigolé, que lo dejaron casi muerto y, como consecuencia terminó con parálisis en ambas piernas y condenado a desplazarse en silla de ruedas.  

Para vengar a su hermano, Sergio Frigolé se enfrentó e hirió a dos presos de la banda La Chocolatada; los pandilleros -a su vez- juraron venganza, la que ejecutaron a mediados de la semana pasada cobrándose la vida de Sergio.

Cada vez que renuncia el director de alguna penitenciaría, deja saber o -al menos- entrever la existencia de pandillas en las cárceles, facilitadas por la falta de espacio y el consiguiente hacinamiento, la promiscuidad de presos de distinta peligrosidad, de desiguales características psicológicas y distinta gravedad de sus delitos. También, obviamente, por alguna clase de complicidad o arreglos con personal de la cárcel, lo que termina reconociendo y fortaleciendo una jerarquía de mando entre los internos, con gravísimas consecuencias para la disciplina y para la recuperación de quienes -en tan difícil ambiente- desean regenerarse.

Es oportuno recordar una vez más que la Constitución Nacional, en su artículo 18 ordena que “Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ella”. Evidentemente el Poder Ejecutivo de la Nación, y la mayoría de los gobiernos provinciales incumplen esta norma que no es un privilegio para los delincuentes, sino la expresión del reconocimiento de la dignidad humana, más allá de las circunstancias y hasta de los delitos que cualquiera pudiere haber cometido.

Sergio Frigolé parece haber sido una persona muy conflictiva en los penales en que le tocó cumplir condena, incluso en su convivencia con otros penados, pero eso no justifica su muerte. Cuando una persona es privada de su libertad ambulatoria y es recluida en un establecimiento, lo menos que el Estado debe garantizar es su vida, su integridad física y un mínimo de respeto y de dignidad. No se puede condenar a alguien a un lugar casi infernal y abandonarlo allí, porque en ese mundillo rige, con la mayor crudeza, crueldad y arbitrariedad, la ley del más fuerte, y no hace falta detallar las sevicias y los tormentos a que tal realidad da lugar.

Volviendo al caso Frigolé, ya informamos que cuando se lo trasladó a Ezeiza, se había solicitado a las autoridades de aquel penal que lo ubicaran en un pabellón alejado del que ocupa la banda de La Chocolatada, porque su condena a muerte por esa pandilla era un secreto a voces en el penal. Los integrantes de La Chocolatada son conocidos también como “Gatos de penales” porque son internos que tienen poder, son funcionales a los guardias penitenciarios, cuentan con sus favores y realizan trabajos sucios para los guardiacárceles.

Se trata de ofrecer a los presos las mismas garantías a las que cualquier persona tiene derecho, porque la sociedad los ha condenado a ser privados de libertad ambulatoria, pero no los ha despojado -no podría hacerlo- de su condición humana, ni vale su circunstancia de vida para ser objeto de tratos crueles e infamantes por parte de otros presos más fuertes y organizados en pandillas.

Anteriormente, en el penal de Ezeiza fueron apaleados, con graves secuelas para su integridad física el “Pulpo” Miguel Ángel Barloa y Miguel Ángel González López. Allí atacaron y dejaron paralítico a Fabián Frigolé y, recibieron la muerte “El Chabuca” Tejada y ahora El Lenteja, entre otros y todos mendocinos.

Entre otras bandas o pandillas que operan con impunidad en la cárcel de Ezeiza se cuentan las del Gordo Valor, La Chocolatada, Los Doce Apóstoles.

La desarticulación de estas bandas es esencial no sólo para proteger a los presos que no participan de ellas, sino para -de alguna manera y en alguna medida- desmembrar estas “universidades” del delito que operan también como empresas delictivas organizando, con cómplices externos, la comisión de delitos graves y aberrantes.
Más notas de esta sección
Copyright 2010 Los Andes | Todos los derechos reservados