En 11.725 hogares de Mendoza viven descendientes de indígenas

Es 2,9% del total, de acuerdo a un informe del Indec. La mayoría desciende de huarpes. Lavalle es el departamento con mayor concentración.

Edición Impresa: lunes, 19 de septiembre de 2005

Celeste Polidori especial para Los Andes

Habitan este territorio hace siglos, son los pobladores originarios del desierto mendocino y superan en número las estimaciones de muchos especialistas; de los 410. 418 hogares provinciales, en 11.725 vive al menos un descendiente de indígenas.

Es decir que de cada 100 hogares, 3 son habitados por descendientes de aborígenes; 2,9 por ciento del total, de acuerdo a la información del Censo de Población realizado por el Indec en el 2001.

Los datos corresponden a un capítulo especial, utilizado para efectuar la Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas (Ecpi) que se terminó de hacer en Mendoza el año pasado.

Según los científicos del Cricyt, en Mendoza esta herencia es en su mayoría huarpe, o no saben de qué etnia provienen.

“La mayoría de los indígenas que viven en Mendoza son huarpes”, puntualizó Diego Escolar, antropólogo e investigador del Conicet. “Otro gran grupo son los que desconocen a qué pueblo pertenecen. Sin embargo en la provincia hay hasta descendientes de tobas, coyas y pehuenches, pero en menor cantidad”, añadió.

Muchos se encuentran en Lavalle, el departamento con mayor densidad de descendientes, especialmente, de huarpes.

En esas tierras hay entre 10 y 20 por ciento de viviendas donde al menos un habitante continúa un linaje indígena.

Los departamentos que le siguen en población son Las Heras y Luján de Cuyo, con un promedio de 3,1 a 10 por ciento dehogares.

La distribución de los aborígenes en Mendoza tiene una explicación, para el misionero redentista Benito Sellitto. “En 1561 eran casi 100.000 los huarpes, pero fue bajando la población, porque los inmigrantes los llevaban como esclavos a Santiago, si eran de Mendoza, o a La Serena si eran de San Juan. Por eso esta gente, para salvar su pellejo, se escondió en las lagunas del desierto. Y muchos huyeron hacia el cerro El Nevado. Eran lugares más inaccesibles, que les garantizaban cierta tranquilidad”, describió el religioso, quien lucha hace más de cuatro años por recuperar tierras para esta etnia.

Casi en la indigencia

Las estadísticas son elocuentes a la hora de mostrar la pobreza que atraviesan muchos de los descendientes de indígenas. Según los mismos datos del Indec, un 18,1 por ciento de los hogares con integrantes aborígenes tiene Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). La media es mayor que la de las viviendas donde no hay personas que pertenezcan a una etnia indígena.

Además, 23,3 por ciento de los hogares donde viven indígenas son rurales. Lo malo de esta situación es que un gran número ni siquiera tiene desagüe a red pública o pozo ciego.

Incluso un 8,4% de los hogares con población aborigen tiene pisos de tierra o ladrillo suelto y un 6,1 por ciento usa leña o carbón para cocinar.

Benito Sellitto, padre de la parroquia Cristo Rey de San José, dijo que después de la mortandad de cabras por el frío, la gente de esa zona de Lavalle quedó en la miseria y por eso implora al pueblo mendocino su colaboración. “Ni siquiera tienen agua potable. Toman agua salada con arsénico, es un agua podrida”, reclamó angustiado.

Una cultura viva

Más allá de las luchas y de su situación, hay descendientes de huarpes, como David Torres (también llamado Xumuc), que siguieron con las costumbres de su amada cultura. Torres, junto a su esposa quien proviene del pueblo guaraní, trabajan en equipo en el centro cultural indígena “Hunuc-Huar” que se encuentra en las montañas de San Rafael y que ya tiene 12 años.

Allí continúan usando una técnica alfarera de 2.800 años. “La técnica la aprendimos de mi abuelo y de mi papá, que se llama Totoc Maya. Lo que se hace es armar la pieza y decorarla con barro. Nos dedicamos a hacer cerámicas que se usaban en diferentes ceremonias”, comentó David.

Sobre la cultura huarpe remató que “tratamos de vivir en armonía con la creación y lo llevamos en la sangre. No trabajamos como alfareros; vivimos como alfareros”.
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