El equipo de los argentinos

Los argentinos celebramos la obtención de las preseas con que fueron galardonados nuestros atletas en las Olimpíadas, pero también debemos considerar que en la mayor parte de los casos esas medallas fueron el producto del trabajo en conjunto, deponiendo individualismos.

lunes, 30 de agosto de 2004

Los argentinos nos hemos auto diagnosticado un excesivo individualismo como una de las características que nos impiden evolucionar como una sociedad estable.Términos populares como el “hacé la tuya”, “cortate solo”, “zafá”, “agarrá y picá” son solamente versiones de esa más educada descripción de individualistas.

La cosa reside en saber si podemos funcionar de otra forma, ya que si bien el individualismo bien entendido es en realidad uno de los motores del progreso humano, no es menos cierto que en muy pocas oportunidades se cumple el sueño del hombre que, solo, consigue sus objetivos en la vida y puede contemplarla con la satisfacción de haber cumplido un buen trabajo.

Es cierto que suele ser el pensamiento del individuo el que motoriza ideas o lanza cursos de acción que, en determinadas épocas, transforman la vida de sus contemporáneos. Muchos ejemplos hay de iluminados o genios que dejaron su impronta en la historia humana. Pero, por cada uno de ellos que fue comprendido y exitoso, hubo otros que se extinguieron sin pena ni gloria y poco o nada se recuerda de ellos.

Las sociedades exitosas son aquellas que equilibran la acción individual en un todo que la comprende y apoya, que establece una interacción entre el empuje personal y la relación con el grupo. Así, no quedan desperdiciados los esfuerzos de las personas y el beneficio de su idea o forma de actuar se ve potenciado por el auxilio que deviene de la tarea en conjunto.

Sí, los argentinos somos excesivamente individualistas, y está claro que esa forma de ser no nos da el resultado esperado en nuestra evolución como grupo humano e influye en forma desfavorable en nuestra tarea de elaborar cotidianamente un país. Muchas personas capaces ven frustrados sus esfuerzos porque las demás están cada cual en lo suyo y es así como se pierde de vista la importancia de trabajar en conjunto, la solidaridad, el sentido de que el aporte personal sumado al de otros es mucho más rendidor.

Pero podemos funcionar de otra forma. Y eso ha quedado demostrado en las emocionantes jornadas de las últimas Olimpíadas, desarrolladas en Atenas, donde, tras muchos años, la Argentina obtuvo el galardón del oro y el bronce olímpicos. Oro que tuvimos que esperar por más de medio siglo. Y que no fue traído a nuestro país por una sola persona, sino por la brillante actuación de dos equipos humanos que, aprovechando el genio de algunos de sus individuos, supieron funcionar como un todo.

No tuvimos el gran corredor de los cien metros llanos, el gran nadador que superó a los mejores de los otros países o el lanzador de jabalina que puso una marca récord en el campo de juego. De las seis medallas obtenidas por el país, solamente una corresponde a un esfuerzo individual, para nada despreciable-. Las restantes fueron obtenidas por trabajos de equipo: la dupla en yachting, el grupo de las jugadoras de hóckey y los seleccionados de fútbol y básquetbol. Todos tuvieron su mérito, incluso los que se esforzaron sin que se les diera premio alguno.

Algo debe decirnos que de seis medallas, cinco fueran de juego por equipos. Por las de oro, se adjudican merecidos méritos a jugadores como Ginóbili o Tévez, pero es cierto que en soledad poco hubieran podido conseguir. Se trató de grupos de argentinos que no salieron a “hacer la suya” ni a “zafar”, sino a jugar en conjunto y fue en ese elemento, el del grupo, de donde surgieron las medallas que tanto deseaba el país.

Bienvenidos sean los esfuerzos individuales. Pero, mucho más los que se dan en el marco de la actuación de un grupo, un equipo, aunque más no sea de dos navegantes. Quedan más de 36 millones de argentinos que también pueden formar un equipo y ganar el bronce del trabajo, la plata del bienestar o el oro de la gloria.

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