El lado oculto del motín vendimial

Desde una cárcel de máxima seguridad, y por primera vez, habla la cabeza visible de los presos en el motín vendimial del año 2000. Fue sindicado como líder de la revuelta, pero él se define como "un vocero". Su relato dista mucho de la "historia oficial" acerca de lo que ocurrió durante los tres días en que el Penal mantuvo en vilo al gobierno de Roberto Iglesias.

Edición Impresa: miércoles, 03 de marzo de 2004
El lado oculto del motín vendimial

Fraile -encapuchado- sale a la reunión con funcionarios en el Museo Moyano. Pedía una trafic y armas para huir. ¿Era verdad?

Por: Rolando López

El tres de marzo del año 2000, a las ocho de la noche, se producía el motín más importante de la historia carcelaria local. Ese día, en la rotonda de la cárcel se llevaba a cabo un festival folclórico en el marco de los festejos de la Vendimia. De pronto un grupo de internos tomó rehenes civiles y hasta guardiacárceles. Como todo lo que sale del edificio de la calle Boulogne Sur Mer, los motivos de ese conflicto nunca fueron claramente explicados a la opinión pública y todo se adormeció entre verdades a medias y especulaciones. A cuatro años de aquella revuelta, el juez de instrucción Jorge Calle procesó a nueve presos por ese delito: privación ilegítima de la libertad e intento de fuga. Del año 2000, la gente recuerda a dos encapuchados como los líderes de la revuelta. Uno de ellos Alberto Samborosky, fue asesinado hace dos años en el penal de Rawson. El otro, el chileno Humberto Fraile, está detenido en la cárcel de máxima seguridad Unidad Penal 9 de Neuquén. Este hombre habla por primera vez ante la prensa del suceso y dice, entre otras cosas, que él nunca fue líder “sino vocero de las dos partes en conflicto”; algo que el ex subsecretario de Seguridad, Alejandro Salomón, reconoce claramente ante el juez Calle en su declaración. Fraile dice que originariamente el hecho fue preparado desde la cúpula penitenciaria con la idea de destituir al entonces director del penal, Alejandro Espeche, “pero que después se les fue de las manos y por eso la revuelta se extendió tres días”. Fraile tiene 38 años y el año pasado terminó el secundario en la cárcel.

- ¿Cuándo se empieza a hablar de un motín entre la población del penal?

- Los rumores venían desde dos o tres días atrás. Pero no se hablaba de un motín, sino de que 'algo iba a pasar'. El clima era raro. Y cada vez que en la cárcel se dice que algo va a pasar, algo pasa.

- ¿Usted estuvo en el festival folclórico?

- No. Cuando comienzan los fogonazos, yo estaba en mi pabellón, el 12. Hay que tener en cuenta que ya se veían cosas raras. Ninguna autoridad importante había ido al acto y la mayoría de los penitenciarios que cuidaban eran jóvenes.

- ¿Qué hace cuando escucha los primeros gritos?

- Me acerco a la puerta del pabellón y noto que estaba abierta. Alguien la había abierto y no fue ningún preso. Al salir a la rotonda veo el caos: alguien tiraba gases lacrimógenos y vi un grupo de cinco o seis presos que estaban armados con facas y comenzaban a tomar gente como rehén. Yo vi a muchos niños y lo primero que hice fue sacarlos de la rotonda hacia el exterior: eran los que más riesgo corrían. Pero hasta entonces no entendía nada. Igual, comencé a ver situaciones extrañas como el caso de los dos penitenciarios de mayor rango que habían ido al acto y que no se habían sentado frente al escenario -donde deberían haber estado- sino bien cerca de la puerta de salida: lo habrán hecho para escapar más rápidamente; porque eso hicieron: esos agentes eran Gentile y Lombardo.

- ¿Ellos no quedaron como rehenes?

- No, ellos escaparon. Sólo dos penitenciarios grandes fueron capturados: Díaz y Ramírez. Los demás, eran chicos de 20 años casi sin experiencia. Los otros eran rehenes civiles, de los grupos de folclore que habían ido al festival. Muchos de ellos decidieron quedarse porque tenían familiares entre los internos.

- ¿Cómo va ganando usted protagonismo en el motín?

- De a poco. Cuando me di cuenta de que se trataba de una puesta en escena. Para mi todo fue organizado para destituir al director Alejandro Espeche. Algunos penitenciarios hablaron con cuatro o cinco presos chicos y arreglaron una pequeña revuelta que iba a terminar como un intento de motín. La prueba está en que los grupos especiales de choque del Penal estaban listos para actuar mientras se desarrollaba el festival. Habría que preguntarles a ellos cómo sabían que iba a ocurrir algo y por qué no lo impidieron. Lo que pasó es que la farsa se les fue de las manos. Los verdaderos líderes de esa revuelta eran presos muy jóvenes y sin experiencia de vida carcelaria: son los más fáciles de convencer y de manipular. Además, todos ellos estaban empastillados y no eran conscientes de sus actos. Iban a ser usados: creo que la idea era que las fuerzas de choque entraran a la rotonda con licencia para matar; total ya tenían la excusa perfecta. Un motín con uno o dos presos muertos es normal. Y de paso, ya tenían la caída de Espeche, que era lo que buscaban.

- ¿Entonces usted no era un cabecilla o líder?

- Nunca lo fui. En todo caso fui el mediador entre los amotinados y las autoridades. Me preocupé de que no hubiera muertos en ninguno de los bandos. Y negociaba entre dos lobos: los presos muy drogados que no sabían lo que querían y las fuerzas operativas que se salían de la vaina por reprimir.

- Pero en el primer contacto con la prensa usted dice que ustedes tenían armas y explosivos.

- Era mentira, pero es verdad que lo dije. En realidad era un mensaje para que todos creyeran que allí había un plan, cuando todo era un caos dentro del Penal. Los supuestos líderes no sabían qué era lo que querían. Más adelante, cuando yo pido la Trafic, los FAL y los chalecos, persigo el mismo objetivo: tranquilizar a los presos que tenían los rehenes con la falsa idea de una fuga masiva; algo que, sabíamos de antemano, era imposible. Los presos me escuchaban por TV y cuando yo regresaba de parlamentar, estaban más tranquilos.

- Mientras tanto, ¿qué era de la vida de los rehenes?

- Lo que más nos preocupaba era la vida de los agentes penitenciarios ya que si a ellos les pasaba algo (concretamente, los mataban) iban a tener carta blanca para entrar con todo a la cárcel. Y entonces empezaba la masacre. A un par de ellos se los quisieron violar -ellos saben quiénes son- y con Frigolé (otro interno procesado por el motín) lo impedimos aún a costa de que entre los presos no está bien visto salvarle la vida a un policía o a un penitenciario. Todos estaban en el pabellón cuatro donde muchos de los presos viejos que no estábamos de acuerdo con el motín, los custodiábamos. Por defender a uno de ellos, a mí me atacaron con una faca: no puedo decir quién fue porque era uno de los 300 encapuchados que el sábado por la tarde tenían el penal dominado.

- ¿Cómo surge la idea de hablar con las autoridades en el Museo Moyano?

- Yo en más de una ocasión lo había pedido. Y ellos estaban interesados en terminar con esto porque era sábado a la tarde y por la noche era la Vendimia. Además estaba De la Rúa en la provincia. A la reunión fuimos Samborosky y yo porque pregunté quién me quería acompañar. En el lugar estaba gente de la Bicameral, Grillo, Salomón y otros que no recuerdo.

- ¿Y qué salió de la reunión?

- Eso sirvió para apaciguar los ánimos de los presos que tenían a los rehenes. Cuando regresamos a la cárcel yo noté a los líderes de la revuelta como más cansados. Y en cuanto a qué se dijo, nada del otro mundo: Samborosky volvió a pedir la libertad de todos pero yo pedí que se iniciara una investigación acerca del comportamiento de los penitenciarios de la cárcel. En un momento creo que Bruni o Salomón, me dijeron que estaba el juez (Gonzalo) Guiñazú (de turno por entonces) y que existía la posibilidad de hacer una causa NN con la condición de que se depusiera la actitud (las causas NN son las que no se conoce a ningún imputado del delito que se denuncia). Dije que no, que yo no me había amotinado y que sólo era el vocero de los presos. También pedí la intervención federal del Penal: un imposible porque para eso había que intervenir la Provincia.

- Después regresan a la cárcel

- Claro, y es cuando digo que vi a los presos más cansados: muchos de ellos estaban empastillados. Quiero recalcar que por parte de algunos altos efectivos policiales no había interés en negociar y uno de ellos les decía a los encapuchados que 'no tenían las b... suficientes para matar a un rehén': toda una provocación más si se trata de alguien (los presos) que está muy drogado.

- ¿Cómo es que se decide entonces entregar el penal?

- A los rehenes los fueron liberando de a poco. El último fue a las seis de la tarde del domingo. Muchos penitenciarios fueron golpeados, es cierto, pero todos salieron vivos de ese infierno.

- ¿Y qué sucedió con la idea de escapar?

- Nada. La prueba está en que nadie lo hizo. Finalmente el gobierno trajo la Trafic con un par de chalecos antibala vencidos, pero ningún preso se sumó a esa fuga. Hicimos un petitorio en el que se solicitaba que los más comprometidos fuéramos enviados a otras cárceles y que no hubiera represión cuando los agentes retomaran el penal. También solicitamos que se investigara a algunos penitenciarios. Y algo de eso ocurrió porque un mes más tarde detectaron irregularidades en nueve de ellos que luego fueron separados de la fuerza por la Inspección de Seguridad.

- ¿Entonces cómo define el motín?

- Fue algo armado que se les fue de las manos a los propios organizadores. Muy poco de lo que se dijo era cierto. Y hasta yo mismo mentía con los pedidos de que nos favorecieran la huída. Hice todo para preservar mi vida y las de los demás. No me salió mal porque estoy vivo. Y nadie murió en un lugar donde estaba todo dado para una masacre.
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