En su segundo viaje internacional en lo que va del año, el presidente Kirchner parece comenzar a recolectar los frutos de su habilidad para entender la política como mezcla equilibrada de ideología y pragmatismo. Esta vez, la sobreactuación (que muchos le criticaron en su primer viaje a España cuando se enfrentó con los hombres de negocios que lo acusaron de haberlos puesto "a parir") fue de los empresarios peninsulares que bañaron en elogios al jefe de Estado.
¿Alcanzaban para tanto entusiasmo las cifras positivas que la comitiva llevó a Madrid con el módico objetivo de convencer a los españoles de darle una segunda oportunidad a Argentina? ¿O es que de repente cayeron en la cuenta de que el presidente que los desafiaba en público, tras cartón les abría una generosa puerta de acceso a la realización de nuevos y apetitosos negocios en un mercado, que luego de atravesar una de las peores crisis comienza a exhibir signos de recuperación macroeconómica casi milagrosos?
Desde este punto de vista podría considerarse previsible la forma en que ambas partes superaron los prejuicios de la primera visita y convirtieron en un éxito inesperado -desde lo simbólico- esta segunda. Unos -los argentinos- necesitan generar empleo y reactivación a través de inversiones, y otros -los españoles, principales inversionistas de servicios del país- garantizar el aumento de su rentabilidad con nuevas perspectivas de negocios.
Por eso, suena absurdo intentar establecer cuál de los dos cedió más. Algunos analistas creen que fue Kirchner, al llevar un discurso menos duro y dejar en manos del ministro Julio de Vido el tratamiento de los temas ríspidos, como el de la renegociación de los contratos con las privatizadas. Pero olvidan que, apenas antes de ir a Madrid, el presidente dispuso la caducidad de la concesión del control del espacio radioeléctrico que el menemismo había entregado a la firma francesa Thales Spectrum. Es más, hasta aseguró que ese recurso no volvería a ser privatizado, y advirtió que sólo Argentina y dos países africanos habían cometido la aberración de dejar en manos privadas y extranjeras el espectro por el que se accede a las frecuencias de las comunicaciones militares y de inteligencia, telefonía celular, y transmisiones de radio y tevé. En síntesis, anunció la primera estatización definitiva de una empresa concesionada, ya que el Correo, según dicen, volverá a licitarse al final de su intervención.
En segundo lugar, lanzó duras amenazas contra otras empresas privatizadas -como Aguas Argentinas y ferrocarriles- que desafiaron los reclamos de inversión oficiales, aunque puertas adentro pocos encontraron explicación a esa reacción, ya que se daba por descontada una solución al conflicto con el próximo retiro de la demanda de la empresa ante el tribunal del Banco Mundial (Ciadi) y la entrevista que Kirchner tendrá el martes con el canciller francés, Dominique de Villepin.
De modo que nadie puede recriminarle a Kirchner haber abandonado en España -y desde lo gestual- su línea crítica hacia las empresas que no cumplen sus compromisos. Eso sí, el pragmatismo en lo económico quedó expuesto en la decisión de anticipar nada menos que en medio año el plazo para completar la renegociación de contratos que, de esta forma, culminará en junio y no en diciembre de 2004. Y en lo político, en no llevar hasta una situación sin retorno el reclamo de la amnistía para los residentes argentinos en España.
Además, Kirchner tuvo otro motivo para relajarse en Madrid. El FMI al fin aprobó el primer tramo de las metas del acuerdo firmado en setiembre pasado, aunque esta vez, las 8 abstenciones hicieron sonar la alarma de la poca tolerancia que podrían tener los países miembros en el próximo vencimiento -en marzo- si Argentina sigue sosteniendo la quita del 75%.
Dicen desde España que el primer ministro Aznar le aconsejó aprovechar los efectos de la buena imagen que cosecha entre los argentinos para resolver ese conflicto con una solución que conforme a acreedores y gobierno. Tal vez ignora que esa popularidad la logró Kirchner al prometer en sus discursos que no pagará deuda "a costa del hambre de su gente".
Lo cierto es que a partir de ahora el Gobierno no podrá patear más el tema, ya sea que decida sostener a rajatabla tal quita, o se avenga a modificarla con algún vericueto técnico que -sin aparecer cediendo- tiente a los acreedores a aceptar, o al menos le evite ser "puesto a parir" hasta la próxima reunión del directorio del Fondo.
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