Los Andes y la cultura de Mendoza

La figura de su fundador, Adolfo Calle, es el punto de partida que elige Jorge Enrique Oviedo - periodista, escritor y ex director del diario- para hacer memoria y revisar la trayectoria de Los Andes y su impronta fundamental en la conformación cultural de esta provincia.

domingo, 24 de octubre de 2004

Por Jorge Enrique Oviedo

El hombre deja por un momento lo que está escribiendo, sofocado por el calor de ese ambiente cerrado. Promedia octubre, y la primavera -de vida tan efímera como las flores de los almendros y damascos- relega su tibieza ante el avance del aguerrido calor.

Abre la ventana y lo inundan la luz de un sol inclemente y los vahos de la tierra sudorosa, recién regada para aplacar el polvo en esa calle transitada por carruajes y caballos.

El paisaje trata de meterse al cuarto, aunque sea acotado por la ventana, pero el hombre va hacia su encuentro y se planta ante él decidido, desafiante. La montaña, hacia el oeste, queda ahora a trasluz, y su silueta oscura contornea el cielo transparente. Es lo más alto que se divisa, luego aparece la cúpula de algún templo, después las copas recién brotadas de los carolinos y por último, más cerca del suelo, las casas de una ciudad de barro chata y uniforme.

Un jinete pasa al galope, seguido por un carro que lleva gruesos troncos de árboles. A lo largo de la calle se alinean varios palenques, donde los caballos disfrutan de un momentáneo descanso y beben las aguas escapadas de acequias irregulares.

La ciudad va despertando de la tradicional siesta, y por las veredas de tierra apisonada comienzan a transitar hombres y mujeres. La ciudad aldeana se pone otra vez en movimiento, pasan los carruajes levantando nubes de polvo pese al riego, jinetes y cabalgaduras se cruzan en una y otra dirección, el pregón de los vendedores callejeros va en aumento, y el bullicio se instala por algunas horas.

El hombre mira el paisaje cotidiano y no puede evitar un estremecimiento cuando la vista se posa en una esquina baldía, llena de escombros. Aquí y allá hay todavía restos del terremoto del 20 de marzo de 1861, adobones y maderas apilados entre los que crecen algunos matorrales, como un símbolo de la vida que se obstina en continuar. Esos escombros grafican de manera elocuente que pese a los 20 años transcurridos desde el desastre, la ciudad todavía no se recupera, todavía no se atreve a borrar definitivamente el fatídico recuerdo.

Tampoco él puede olvidar esa noche del Miércoles Santo, cuando a las 20.36 -mientras jugaba con otros niños de su misma edad, siete años- fue arrojado al suelo por un violento estertor de la tierra. "Otro temblor", pensó en su inocencia, pero este no cesaba: seguía ondulando el piso como una sábana en el tendedero agitada por el viento, y se escuchaba lo que a él le parecía el fragor de miles de carros con piedras despeñándose por la montaña.

Unas manos solícitas lo recogieron, y unas palabras tensas, pero suaves, trataban de calmarlo. No alcanzaban para acallar los gritos, los ayes, las avemarías gritadas como pidiendo perdón por todos los pecados cometidos y por cometer. Salieron al patio, buscando seguro refugio bajo las estrellas, más claras que nunca en esa localidad, El Challao, cerca de la ciudad y pegada a los cerros.

Todavía recuerda cómo, en plena confusión, fue colocado en un carruaje y emprendieron el viaje a la ciudad. A su lado pasaban jinetes al galope, atrás venían decenas de carros con gente que gritaba, y adelante, hacia abajo, donde debería estar la ciudad, unas pocas luces vacilaban entre una gran nube de polvo.

El hombre afila el recuerdo entre dos momentos, pero la memoria está mellada por el dolor

No sabe en qué instante de la noche llegó a la calle de su casa, tiene una vaga remembranza de los pedidos de auxilio, de los gritos de dolor por las heridas o por la búsqueda infructuosa de quienes ya no están, pero sí nunca se borrará de su mente el hecho de que su hogar ya no existe. Ni tampoco su familia: al amanecer, cuando el sol pinta de dorado la ciudad caída, se entera que sus padres y once de sus quince hermanos han muerto. Casi diez mil mendocinos los acompañan en el último viaje

-Doctor -la voz lo saca de su triste ensoñación-, sólo nos falta su escrito para terminar de armar la primera página. Las otras tres ya las terminamos.

El paisaje queda a sus espaldas, entrecierra la ventana para atemperar los ruidos y se dirige a su escritorio.

-Ya está casi listo, le voy a hacer las últimas correcciones -le dice al imprentero.

Relee, moja la pluma en el tintero de bronce, tacha, escribe. Ahora no hay pasado ni tristeza. Sólo las palabras arcillosas que quieren dar forma, contenido y hondura a un pensamiento que va moldeando, palabra a palabra, frase a frase, verbo a verbo, la contundencia de un programa para el futuro. Se echa atrás y se pregunta con humildad: ¿no es acaso demasiado ampuloso hablar de un programa? Y se responde en silencio: ¿qué otra cosa puedo hacer que no sea pensar en la libertad, la justicia, la vigencia de los derechos ciudadanos, la igualdad, la equidad social, la democracia?

Se arremolinan sus recuerdos de lo aprendido en las facultades de Buenos Aires y Córdoba, y se mezclan con sus lecturas de los filósofos franceses, con los escritos de los forjadores de la democracia en Estados Unidos. Todo ello forma una masa a la que sólo falta en ese momento la levadura de su pensamiento, la articulación de las ideas debatidas con otros jóvenes de su época acerca de qué estructura política, social, económica y cultural habrá de regir en el país y la provincia.

En apenas 70 años, consumado ya el mestizaje, ha desaparecido el sistema español, se ha declarado la libertad y proclamado la independencia, desde esta tierra partió San Martín con su Ejército de los Andes para llevar la libertad a Chile y Perú, se entró en la anarquía y la tiranía, llegaron Caseros y Pavón… Parecía que iba a desaparecer el caudillismo de carácter extremo, la presencia de los hombres que se creen irreemplazables, pero empieza a darse otro fenómeno: el caudillismo soterrado, el gobierno de las familias, la oligarquía, en síntesis.

Y también la inestabilidad: en sólo los últimos 20 años la provincia ha tenido 32 gobernadores, apenas unos pocos completaron su mandato, otros duraron meses, algunos un solo día, o, peor aún, no llegaron a ocupar el cargo pese a estar nombrados.

Él tiene claro que la transformación se dará a través de la conciencia ciudadana, y de que el periodismo tiene un lugar preponderante en la formación de esa conciencia.

Toma la pluma y escribe rápidamente: “Nace (el periódico) del seno del pueblo y se dispone a vivir con el aliento popular, atravesando con igual serenidad los días plácidos como las noches tormentosas que encuentre en su camino, para defender las libertades públicas. Pero estas no existen ni pueden existir si el espíritu popular no es encaminado por la palabra de la prensa, que es luz y enseñanza para las sociedades modernas, y si no se difunde la conciencia del propio poder, de la propia fuerza, que es el alma del progreso social y político de las naciones. Hemos de recordar al pueblo que hay en él fuerza bastante para encaminar y gobernar sus propios intereses, y que, teniendo la conciencia de esa fuerza y no abandonándose con criminal pusilanimidad a los engañosos mirajes que se presentan a su vista, puede encaminar sus destinos a las más elevadas cumbres del progreso".

Con la pasión del que se siente inspirado, sigue escribiendo: "Pocas palabras bastan para nuestro programa.

“Cuando la sinceridad, la lealtad, y la justicia animan la intención, parece expresarse el propósito en palabras breves sin ese ropaje de la retórica, que tantas veces oculta propósitos tachables.

"Venimos al campo de la prensa dispuestos a defender con enérgica decisión los intereses de la provincia, y al hacerlo, buscamos agrupar a todos los que amen su autonomía y se interesen por su verdadero progreso y su verdadero bienestar, aquel progreso y aquel bienestar que se desenvuelven al impulso de todos los nobles sentimientos del patriotismo".

Respira hondo, deja la pluma, toma esa distancia del escrito que es imprescindible para la última reflexión, para la corrección que nunca termina, y cree, ahora sí, que su programa ya está en condiciones de ser conocido por el pueblo.

Llama al imprentero y le dice: -Ya está, puede componerlo. Cuando arme la página, no se olvide de poner la visita a Uspallata del Perito Moreno. Llámeme para ver las pruebas.




El nacimiento de un diario

Los Andes nace el sábado 20 de octubre de 1882, por inspiración del doctor Adolfo Calle, como periódico de la tarde, con aparición prevista para los días martes, jueves y sábado, y un precio por ejemplar de 8 centavos moneda nacional. Con oficinas en calle Buenos Aires y "Redacción anónima" -como curiosamente figura en la tapa de su primer número-, sostiene la candidatura de Rodolfo Zapata a diputado nacional, en oposición al candidato oficialista, Juan E. Serú.

El nacimiento es político, como el de todos los diarios que han aparecido y surgirán en esos años en Mendoza y el país, si bien Calle ya establece en esa primera página una separación entre los objetivos generales y los particulares. Su artículo "Al pueblo", que explicita la orientación provincial que animará al periódico, está separado de la postulación de Zapata, que lleva por título "Nuestro candidato".

Adolfo Calle no es primerizo en las lides periodísticas y tiene antecedentes familiares destacados en la profesión. Un tío suyo, José Lisandro Calle, fundó en 1824 uno de los primeros diarios mendocinos, "Ecos de los Andes", con el que luego sería el primer poeta provincial, Juan Gualberto Godoy; formó parte de la redacción de "El Iris Argentino", en 1826, y fue uno de los fundadores, en 1827, de "El Mercurio" de Valparaíso -el diario más antiguo en lengua castellana- y uno de sus principales redactores durante varios años.

El joven Adolfo, internado en el Colegio Nacional de Buenos Aires tras el desastre de 1861, participa con Miguel Cané en un conato de rebelión en este instituto -que Cané recuerda con afecto en "Juvenilia"-, e ingresa como reportero a "La Prensa" en 1871. Tras recibirse de abogado y doctor en jurisprudencia en Córdoba con una tesis que es reflejo de sus inquietudes, el sufragio universal y el divorcio por adulterio, vuelve a Mendoza y en 1880 saca a la luz el periódico "El Pueblo", junto con Eusebio Blanco, Toribio Barrionuevo y otros destacados representantes del pensamiento mendocino. La experiencia dura unos pocos meses, pero Calle tiene no sólo la iluminación de los visionarios sino el temple y la decisión de los forjadores de destinos. Acomete entonces la sacrificada tarea de sacar otro periódico, en una ciudad diezmada por el terremoto, pero convencido de un postulado fundamental: a través del diario, educar y levantar el nivel moral, político y social del pueblo de su cuna.

Algunas características de la ciudad y la provincia en ese entonces son reveladoras de la situación general. Las calles están iluminadas con velas de sebo y modestas lámparas de querosén encerradas en 200 faroles de hojalata (recién en 1889 serán reemplazadas por el alumbrado a gas de petróleo). La población de la ciudad es de alrededor de 11.000 personas, funcionan dos escuelas graduadas de hombres y cinco de mujeres, y tres escuelas elementales, que tienen 763 varones inscriptos y 612 mujeres. Hay registrados 34 coches de uso particular, y 68 carros y carretelas, un restaurante, tres hoteles, 13 abogados, 5 médicos, 2 dentistas, un almacén de ramos generales, y… 238 pulperías. Los miércoles y sábados se permite el libre acceso a las calles de la ciudad de los mendigos harapientos, que con bastones golpean las puertas de los hogares.

Son tiempos rudos, de necesidades materiales y espirituales insatisfechas, de revoluciones concretadas o tramadas, de intervenciones federales. Son tiempos en que el gobernador de turno es dueño y señor, domina la situación política, se da su Cámara con amigos y parientes probados, tiene a los jueces con "la rienda corta", la policía y la milicia disciplinadas para la violencia y el abuso de la fuerza. Nadie, en síntesis, puede "toser fuerte".

En la gran masa ciudadana falta todavía la conciencia de su propio poder y de sus derechos cívicos, no percibe aún la fuerza de la unión y la agrupación bajo una bandera principista inspirada por un ideal dignificador.

Hacia todas esas lacras apunta la prédica de Adolfo Calle a través de las páginas de Los Andes, cuya voz independiente comienza a tomar predicamento frente al otro diario, "El Constitucional", de tendencia netamente oficialista. El poder reacciona primero con estupor ante la palabra disonante del discurso único, y la solidez del opositor lo lleva luego a la polémica; más aún, al uso de la fuerza, de la que Calle y varios redactores son víctimas en el ’80 y en la década del ’90.

Tiempo después, tras años de una prédica que nunca declinó, Calle reconocía algunos éxitos en su lucha y se comprometía nuevamente: Los Andes seguirá sosteniendo la lucha contra los malos gobiernos, señalando a la consideración pública, sin vacilaciones ni debilidades, todos los abusos que aquellos pudieran cometer en violación de la ley y de los principios que sirven de base a nuestro sistema institucional.

"La bandera de sectario político no ha de ser seguramente la que levante este diario para fiscalizar permanentemente la acción gubernamental, porque ello significaría quebrantar los principios más sanos y patrióticos que nos han guiado en el estudio metódico y leal, en la crítica levantada y serena de sus procedimientos puestos en práctica por los partidos que aspiran a actuar en la vida cívica provincial".




Adolfo Calle y la Generación del ’80

Esta acción principista, su visión prospectiva de una Mendoza a la que quería ver progresar en lo económico, político, social y cultural, lleva a considerar a Adolfo Calle como integrante de la Generación del ’80, que en las postrimerías del gobierno de Avellaneda ocupa los principales escenarios del país deslumbrando con su saber. Son hombres formados casi todos en los claustros universitarios donde reciben las enseñanzas de los grandes maestros, seducidos por el brillo de la cultura francesa y convencidos de que la pluma es superior a la espada a los fines de su patriótica ambición, no obstante que el acero pronto brillase en sus manos para cualquier incidencia personal.

Anima a esta generación una incisiva fuerza constructiva que imprime dinamismo a la vida lugareña y se prodiga en esfuerzos de gran provecho para la comunidad. Con gran fe en el porvenir, actúan resueltamente en la transformación que se opera en Mendoza tras la llegada del primer tren. Adolfo Calle, Manuel Bermejo, Julián Barraquero, Juan E. Serú, Julio Lemos, Carlos Ponce, Emilio Civit, José Néstor Lencinas y otros, conforman esa generación que en las luchas políticas locales, en la gestión de los intereses públicos, desde el gobierno o la oposición, desde la cátedra, la magistratura o el foro, en la acción dirigida hacia otras especulaciones de progreso -como la agricultura y la industria- descuella por el caudal de energía de índole intelectual y moral con que sus integrantes concurren a la vida pública para engrandecer la provincia.

Otras facetas de Adolfo Calle, menos conocidas, nos lo presentan como un gran benefactor, un espíritu solidario que no sólo se conduele de los problemas sociales sino que participa activamente para solucionarlos. En 1886, una epidemia de cólera diezma la población mendocina -según Agustín Alvarez murieron unas 4.000 personas en apenas tres meses- y Calle integra la comisión popular creada para socorrer a los enfermos y efectuar acciones de prevención: es frecuente ver en las noches al joven abogado, tras el cierre del periódico, salir con vecinos y médicos a repartir medicamentos y confortar los espíritus. En 1891, abre las páginas del diario y las puertas de su hogar para brindar seguro refugio a los chilenos exiliados tras la caída del presidente Balmaceda; en 1894 forma parte de la comisión de auxilio que marcha a San Juan a causa de un terremoto, y no regresa a Mendoza hasta que renace la tranquilidad, y en 1895, cuando la ciudad es arrasada por una inundación, Adolfo Calle es el más impaciente en distribuir socorros e infundir aliento a los que han quedado sin hogar.




Adolfo Calle y Bartolomé Mitre

Apenas unos meses después de aparecido Los Andes, el 15 de marzo de 1883 llegan a Mendoza el general Bartolomé Mitre y su hijo Bartolomé Mitre y Vedia, viaje que obedece al propósito del ex presidente de documentarse sobre la trayectoria cumplida por San Martín durante la gestación en la provincia de la campaña libertadora. Al ingresar a la Capital, Mitre es recibido afectuosamente por una caravana de manifestantes, en carruajes y caballos, que lo acompaña hasta su alojamiento en la casa del bodeguero Salvador González. Mitre visita el campamento El Plumerillo y las escuelas Sarmiento y Avellaneda, pasea por la ciudad -donde se renuevan las expresiones de adhesión-, y realiza una prolija búsqueda de documentos, entre los archivos que han quedado dispersos por el terremoto. Parte después a Chile y Perú, y meses después regresa a buscar a su hijo, que ha continuado la búsqueda de documentos, para partir hacia Buenos Aires y escribir su monumental "Historia de San Martín y la Independencia Americana", primer trabajo que hace honor al Libertador.

Para Calle es un gusto reencontrarse con Mitre: no ha olvidado que, siendo corrector de pruebas en "La Prensa", actuó en la batalla de La Verde como oficial de las fuerzas que comandaba Mitre. Para asistir a este combate había abandonado momentáneamente sus estudios y su puesto en "La Prensa", trabajo este que retomó y en el que luego fue ascendido a cronista parlamentario junto con Estanislao Zeballos, tocándole asistir a brillantes sesiones en las que descollaban el mismo Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Vélez Sársfield, etc

En esos meses que permanece en Mendoza, Bartolomé Mitre y Vedia recopila documentos, cartas, testimonios, y -esto es lo que quiero destacar por su vínculo con el tema- funda el Instituto Geográfico Argentino, el 29 de abril de 1883, en casa del mencionado bodeguero González, donde estaba alojado. La comisión directiva está integrada por Adolfo Calle, Carlos M. Moyano, Rufino Cubillos, Eusebio Blanco, Abraham Lemos, Elías Villanueva, Julián Barraquero, Juan E. Serú, José Néstor Lencinas y Manuel Sayanca. Todos nombres de la intelectualidad más destacada de esa época, en apoyo de la constitución del primer organismo científico que se crea en Mendoza, en el que la presencia de Calle revela la amplitud de su espíritu y la necesidad imperiosa de abrir paso al conocimiento.




Los Andes y la vitivinicultura

El rasgo menos difundido de Calle es el vinculado a su apoyo a la vitivinicultura. Sin ser bodeguero ni tener plantaciones de vid, tuvo sí la visión del futuro de esa actividad que se convertiría en la principal de la provincia.

En los albores de la transformación de Mendoza, cuando los que serían millonarios llegaban descalzos, raídas las ropas, ensangrentadas las plantas, en busca de esta tierra de promisión, el buen sentido de Calle aconseja no echar los caballos y las vacas a la viña porque se comen las cepas. Insiste a diario en que se debe cortar el monte y el pasto, renovar el cepaje, introducir de Chile variedades europeas, alambrar las nuevas plantaciones, modernizar el viejo viñedo.

No pasa un día en la inicial vida de Los Andes en que no aparezca un artículo prestigiando la mejora del cultivo, y es tanta la pasión del director del diario, que un día suprime el editorial, suprime las noticias, suprime los avisos, y ocupa todas las planas con una correspondencia europea en que no se habla más que de la viña y el arte del buen vino en Burdeos.




Un periodista único

Consolidado el diario -ya el 1º de agosto de 1885 ha pasado a la mañana y sale todos los días- a principios del siglo XX, aquejado Calle de varias dolencias, se ve obligado a buscar cura en Buenos Aires, donde se radica, no sin haber dejado con legítimo orgullo la dirección del diario a su primogénito Adolfo. Sigue desde la metrópoli la marcha de Mendoza, de su periódico; escribe y escribe, urgido por su pasión civilizadora, hasta que en 1913 un hecho doloroso -la muerte del joven Calle, a los 32 años- lo golpea muy hondamente, acentuado un tiempo después por el fallecimiento de su esposa, Leocricia Correa. Abrumado, sin ser viejo, tiene 61 años, se deja envejecer, hasta que fallece el 6 de enero de 1918 en Buenos Aires.

Sus restos llegan a Mendoza por ferrocarril el 8 de enero, y en la estación se congrega una multitud como nunca antes había ocurrido. La imponente manifestación popular lo acompaña hasta el cementerio, en una caravana doliente y sufrida, según las crónicas de todos los diarios.

Al decir del historiador Adolfo Cueto, "el doctor Calle fue periodista único y exclusivo. No quiso ser otra cosa, ni escritor, ni orador, ni siquiera político. Tuvo una breve gestión como ministro de Gobierno durante la administración de Oseas Guiñazú y también una corta representación parlamentaria".

Repito: periodista único y exclusivo.

Por su obra, y por su vida, Mendoza todavía le debe su biografía definitiva.




Ferrocarriles e inmigrantes

El 7 de abril de 1885 la ciudad de barro amanece jubilosa. Hay banderas en las calles, y la gente comienza a encaminarse hacia la recién construida estación ferroviaria para esperar el tren presidencial. La fiesta, que de eso se trata, es completada con bandas de música, cuyos sonidos marciales son de pronto sobrepasados por los pitos de las locomotoras "Maipú" y "Paraguay".

El presidente Julio Argentino Roca llega a Mendoza para inaugurar el Ferrocarril Andino, un servicio largamente reclamado por la provincia. Lo acompañan el ministro del Interior, Bernardo de Irigoyen; el ministro plenipotenciario de Chile, Ambrosio Montt; el general Osborne, de Estados Unidos, y los doctores Roque y Luis Sáenz Peña y Juárez Celman, entre trescientas personalidades.

Se declara feriado por varios días, dieciséis escuadrones rinden honores y desfilan por las calles, esa noche se inaugura la primera Exposición Industrial de Mendoza, y se habilita el primer tendido de luz eléctrica, que incluye a la exposición. Un día antes, se había inaugurado el servicio de tranvía a caballo.

Mendoza está como enfebrecida. Las vías de ensayo habían permitido que el primer tren llegara en 1884, pero lo del 7 de abril significa algo más trascendente y duradero. Es el fin del aislamiento con el resto del país, que la vincula más fácilmente con Chile; un aislamiento penosamente superado con carros, carretelas y mensajerías para los interminables viajes a Buenos Aires. De repente, en un día se franqueaba la pampa, cuando antes se requería no menos de 45 días.

Arrinconada entre dos inmensidades, la de la cordillera, y la del desierto y la llanura pampeana, la segunda ciudad más antigua del país comienza una nueva vida. El ferrocarril ha de marcar un hito fundamental en la provincia. Con él llegan artículos de todas partes del país y el extranjero -granos, tejidos, productos de la ganadería-. Con él llegan los inmigrantes, en especial italianos y españoles, solteros o con esposas sacrificadas e hijos absortos ante el nuevo paisaje, con muy pocas pertenencias, en oleadas que transformarán la sociedad y las costumbres mendocinas.

En un solo año, 1913, antes de desatarse la Primera Guerra Mundial que frena el flujo, arriban a la provincia 16.138 inmigrantes, el pico más alto. Y el censo nacional de 1914 revela que del total de la población mendocina, casi el 32% es extranjero.

Los inmigrantes se dispersan por la provincia, y la mayoría se dedica a la vitivinicultura. Con ellos llegan nuevas máquinas para la elaboración del vino, nuevas formas de trabajar la tierra, que producirán un cambio sustancial, acompañado por otro hecho fundamental: en 1884, Mendoza es la primera de las provincias en tener una ley orgánica referida al uso, distribución y administración del agua de riego.

En unos pocos años, y basada en esos factores -ferrocarril, inmigración, vitivinicultura y legislación del agua- Mendoza experimenta un progreso económico de características inusuales, que, entre otras particularidades, convierte a los periódicos en diarios y estos a su vez dejan de ser tribunas políticas, aunque sin abandonar los motivos que les dieron origen, y se transforman en "periódicos de empresa", más volcados a la noticias de interés general.




El florecimiento de la prensa

Los Andes, en su voluminoso anuario de 1921, de 459 páginas impreso en sus propios talleres, reconoce y legitima la transformación: "Este diario -afirma-, cumplió en sus primeras décadas, ante todo, la misión patriótica de orientar a la opinión pública de acuerdo con una idea que procuraba el bien del país. En este sentido enseñó, luchó tenazmente, contra las fuerzas oligárquicas y algunas veces despóticas que intentaban retardar el progreso de las instituciones. Parece evidente, ahora, que la provincia y los lectores de estos años abrigan otras aspiraciones, otras necesidades materiales y espirituales; tienen otro criterio y otros intereses que los lectores de Los Andes de las primeras décadas".

Ya no era la época de la sala de redacción convertida en un comité político. "Ahora -dice el articulista de Los Andes- parece incuestionable que el lector moderno no quiere recibir de su diario ideas políticas, presentadas sin análisis, porque la educación democrática (que avanza no obstante las trabas que le oponen los malos gobiernos) le ha enseñado a tener sus propias convicciones y a compararlas". "El lector moderno -agrega- quiere conocer hechos exactos para apreciarlos, para tener elementos de juicio, y no sólo hechos políticos sino cuanto tenga atingencia con lo que se refiere a la vida del país. Principalmente, el lector moderno -escribe en 1921- desea que los redactores de los diarios sean imparciales"

Se produce, además, un florecimiento periodístico de tal magnitud, que lleva a que si entre 1890 y 1914 se registra un poco más de cien publicaciones periódicas, entre 1915 y 1940 ese número se eleva a 240.

Y aparte del periodismo de empresa, según Arturo Andrés Roig, nace la "especialización periodística", que llega "a extremos verdaderamente increíbles. El interés de tener un órgano portavoz se extendió a los más variados y a veces reducidos círculos sociales. Aparecieron no ya periódicos departamentales, sino de barrios o secciones de la ciudad; periódicos de las colectividades extranjeras -en especial italianos- o periódicos infantiles que eran la vía de expresión ya no de una escuela sino de un solo grado escolar. Son años -escribe Roig- "en los que podría afirmarse que el viejo ideal ilustrado de la universalidad del periodismo llega a ser un hecho real".




La cultura y el pensamiento en Los Andes

En ese proceso de transformación del periodismo a que me he referido, en que el lector moderno quiere saber más de la vida que lo rodea en todos sus aspectos, aparecen en primer término en Los Andes los llamados "folletines", un género periodístico característico del periodismo del siglo XIX que se proyecta hasta desaparecer en 1925. El 5 de enero de 1916 comenzó "La niña menor", cuento de André Theuriet; en mayo de 1920 puede leerse "Mi vecino Santiago", de Emilio Zola, y en marzo de 1925 "El crimen de lord Arturo Saville", de Oscar Wilde. El género no es abordado sólo por escritores extranjeros, ya que las "Cartas de un viajero salvaje", de René Zapata Quesada, y "Condición del extranjero en la Argentina", de Antonio Zuloaga, ambos autores locales, se leen en forma seriada en las páginas del diario.

Hay que esperar hasta setiembre de 1919 para encontrar la "primera página literaria" del diario, aparecida con el título de "Los lunes de Los Andes" y en la que se encuentran colaboraciones de Edmundo de Amicis, José Santos Chocano, Conan Doyle, Gabriel D'Annunzio, Roberto Giusti, Walt Whitman, Ricardo Palma, Rubén Darío y otros.

En marzo de 1921 encontramos una página dominical con colaboraciones también ilustres, y luego otra, denominada "Los Andes del domingo" donde se ensancha el equipo de literatos y aparecen los nombres de Arturo Capdevila, Vicente Blasco Ibáñez, Jacinto Benavente, José Enrique Rodó, Horacio Quiroga, Juan Pablo Echagüe y otros. La página brinda generoso espacio a los intelectuales mendocinos, y así figuran Joaquín Méndez Calzada, Alberto Castro, Edmundo Correas, Lucio Funes, Alejandro Santa María Conill, Carlos Ponce, Alejandro Lemos, Juan Bautista Ramos y Miguel Martos.

Hay otras apariciones y desapariciones de estas páginas, pero el 17 de agosto de 1930, Los Andes hace el siguiente anuncio: "Con la publicación de la presente página inicia nuestro diario una labor sin precedentes en la prensa provincial argentina. Creemos satisfacer, con esta nueva conquista, una impostergable necesidad espiritual de evidentes y fecundos resultados para acelerar la cultura literaria y artística de la provincia." El diario confía la página al escritor mendocino Ricardo Tudela, "quien -dice- pondrá al servicio de ella su experiencia, su eclecticismo artístico equilibrado y todo el amor que profesa a las cosas del espíritu".

1940 marca un punto de inflexión, porque la nueva página literaria es confiada a la dirección del escritor local Sixto Martelli, que conjuga colaboraciones de gran valor, una excelente diagramación y la incorporación como articulistas de los profesores que se estaban incorporando a la Universidad Nacional de Cuyo, creada en 1939. Salvador Canals Frau, Diego Pro, Enrique Anderson Imbert, Alfred Dorheim, Robert Salmón, entre otros, pasan a ser firmas de aparición frecuente en el diario, junto a los mendocinos Angélica Mendoza, Antonio Pagés Larraya, Juan Draghi Lucero, Fausto Burgos, Guillermo Petra Sierralta y Vicente Nacarato, entre varias personalidades locales.

No quiero ser detallista ni abrumar con nombres ilustres. Sólo destacar que esas páginas y otras de Los Andes sirvieron de vehículo de difusión de las corrientes de pensamiento que fueron apareciendo en el medio provincial, nacional e internacional. El romanticismo desaparece frente al impulso del positivismo, con nombres como Agustín Alvarez, Carlos Ponce y Julio Leonidas Aguirre, hasta que es reemplazado por nuevas doctrinas pedagógicas, la conciencia de los derechos de la mujer, el espiritualismo, el modernismo y el vanguardismo.

"La nueva sensibilidad es un hecho artístico indiscutible, tumultuoso, desorganizador si se quiere- dice Ricardo Tudela- pero innegable: su realidad dinamizante y constructora llena ya todos los ámbitos del anhelo indomable. Es el recobramiento por parte del espíritu de toda su potencia germinadora. Es una actitud dinámica. En ambientes todavía vírgenes como el Oeste argentino -vírgenes de fecundación estética novísimas- chocará momentáneamente hasta levantar enconos e incomprensiones. Pero eso pasa, y aquí como en otras partes se abrirán camino ampliamente los nuevos ismos".

La apertura de Los Andes hacia la vida espiritual no se da sólo a través de lo literario. Su inquietud por lo cultural se extiende a todas las manifestaciones del intelecto: las tradicionales y las que imponen los nuevos aportes tecnológicos. Entre las primeras, la plástica -Fader era un nombre ya consagrado en Buenos Aires-; la música, el teatro, el canto lírico. Entre los segundos, el fonógrafo, el cine y la radio.

El 4 de abril de 1896, Mendoza asiste a una novedad impactante: la introducción del fonógrafo. Un señor Scicali, llegado de Buenos Aires, presenta la novedad en una casa de comercio en pleno centro, ofreciendo audiciones diarias desde las 17. Pueden escucharse óperas, cantos diversos en español, inglés e italiano, y la audición de cada cilindro grabado cuesta 20 centavos, bastante caro si se tiene en cuenta que un viaje en coche para dos personas vale también 20 centavos.

La primera función de biógrafo tiene lugar el 16 de agosto de 1899 en el Teatro Municipal, y es considerada por el diario como "lo más grande que la electricidad haya deparado", y se la compara con la vida real, "de la que sólo falta el color". El 25 de febrero de 1924 se pudo escuchar a la soprano Lia Gloria, en un aparato instalado en la compañía Indian Rubber, a pocas cuadras del Teatro Municipal donde actuaba la cantante.

Casi a fines de la década del ’30, y previendo la masiva difusión de la radio, Los Andes realiza su primera experiencia de lo que hoy llamaríamos un grupo multimedia, al fundar LV10 Radio de Cuyo, y en la década del 40 Radio Aconcagua, las más populares en sus respectivos períodos.





Los Andes, espejo de ideas

He mencionado cómo el ferrocarril transformó Mendoza, cómo rompió su aislamiento con el resto del país hacia el norte y el este, pero le falta a la provincia vencer otra inmensidad: la cordillera, esa "piedra infinita" al decir del poeta Jorge Enrique Ramponi. Ello sucede el 29 de setiembre de 1909, cuando finaliza la perforación del túnel principal en plena cordillera de los Andes, casi a 4.000 m de altura. Las tareas de excavación se habían iniciado en 1890, y llegan a trabajar en la perforación mecánica de la roca 1.575 obreros, la mayoría extranjeros.

El 5 de abril de 1910 pasa la cordillera de los Andes el primer tren de pasajeros: lleva al presidente de Chile, don Pedro Montt, y su comitiva, que viajan a Buenos Aires para asistir a los festejos por el Centenario de la Revolución de Mayo.

La obra es considerada una de las principales de esas características en el mundo, y así nace el Ferrocarril Trasandino, más conocido luego como BAP (Buenos Aires al Pacífico) que permite unir nuestra Capital Federal con Santiago de Chile y Valparaíso. Las ventajas materiales para Mendoza, derivadas de esa tarea ciclópea, son muchas, -cargas, turismo, pasajeros- pero hay una especial que no sido aquilatada debidamente: la cultural.

Mendoza se convierte en escala obligada, de ida o vuelta a Chile, de destacadas personalidades internacionales que pasan ahora de Buenos Aires al país trasandino evitando el largo viaje en barco por el Cabo de Hornos. El tren, otra vez, tiene un perfil civilizador, y en 1916, por ejemplo, de sus vagones descienden, pasean, disertan, traban relaciones con los intelectuales mendocinos, polemizan, difunden sus ideas, José Ortega y Munilla y su hijo, José Ortega y Gasset; Jacinto Benavente y María Guerrero con su compañía teatral. El autor de "La rebelión de las masas" vuelve en 1928, Benavente lo hace en 1922 y retorna en 1946, ocasión en que le confiesa a un cronista de Los Andes que fue al llegar a Mendoza, en 1922, que se enteró que había ganado el Premio Nobel de Literatura, y que fue también en Mendoza donde recibió el primer telegrama de felicitación, enviado por el rey Alfonso XIII en nombre del pueblo y gobierno de España.

Otros nombres ilustres en lo cultural -además de príncipes europeos, políticos latinoamericanos, refugiados de la Primera Guerra, exiliados españoles- van llegando a Mendoza y dejan su impronta en el espíritu lugareño: Luis Jiménez de Asúa, Baldomero Sanín Cano, María de Maestzu, en tres ocasiones; Gregorio Martínez Sierra, Ramón de la Serna, Pablo Neruda (la primera vez en 1933), Krisnamurti, Arnold Toynbee, Emil Ludwig, Vicente Blasco Ibáñez, Eduardo Zamacois, Lorenzo Zuloaga y otros.

Los Andes entrevista, sintetiza conferencias o las brinda completas, recoge opiniones de los intelectuales mendocinos; difunde, en una palabra, las múltiples variaciones del pensamiento internacional y nacional que van llegando a Mendoza, y así las ideas caen como semillas en la tierra ávida de fecundación de las preclaras mentes de los consagrados o los inquietos espíritus juveniles. Ambos, sin embargo, sienten la pesada carga de una carencia y se unen para concretar lo que es ya un anhelo irrenunciable de Mendoza: la creación de una universidad.




Ricardo Rojas, los jóvenes y la universidad

En la década del ’30, el movimiento pro casa de altos estudios alcanza gran intensidad, y cuenta desde Buenos Aires con un apoyo fundamental: el de Ricardo Rojas. El autor de "Eurindia" ha marcado a fuego a la llamada Generación del ’25 con su definición del "regionalismo literario", una vasta concepción del hombre concebido como resultado de la conjunción del espacio y el tiempo.

Roig reinterpreta a Rojas, para quien -en cuanto al espacio- "existe el "numen" de la tierra, la fuerza propia de lo telúrico que da el tono regional al hombre de las montañas o las pampas, y existe al mismo tiempo el enfrentamiento del hombre nativo con su propio suelo, en función de lo cual nace el "paisaje" como categoría estética". En cuanto al tiempo, se da como "tradición", pero esta "memoria colectiva" del pueblo no es homogénea. Una nacionalidad, afirma Rojas, está integrada por distintas tradiciones, así como está formada por lugares diversos. Hay "regiones" de la tradición, determinadas por las ciudades, las comarcas, los hechos vividos o sentidos, la voluntad de las sociedades. Así, el federalismo, el indigenismo, el cuyanismo, el porteñismo, son formas de la tradición". La nacionalidad se resuelve para Rojas en regiones tempo-espaciales, y hablar de "nacionalismo literario" significa para él hablar de "regionalismo literario". A su vez, esa nacionalidad integrada por comarcas no es ella, por su parte, más que una región dentro de una unidad mayor, que es la de nuestra América"

Acicateados por el revelador pensamiento de Rojas, un grupo de estudiantes de 5º año del Colegio Nacional "Agustín Alvarez" -alumnos a su vez de Edmundo Correas, profesor de Instrucción Cívica- escribe a Rojas por intermedio del estudiante Antonio Pagés Larraya, y el destacado escritor les envía lo que él titula "Catorce apotegmas para la Juventud Mendocina", publicados por Los Andes el 9 de noviembre de 1936, y que constituyen una página lamentablemente olvidada en la cultura de Mendoza.

El diario no se limita a transcribir las sentencias, sino que afirma que "es realmente ponderable esta vinculación que se inicia entre nuestra juventud estudiosa y un hombre de pensamiento como Rojas, cuya labor de publicista se ha encaminado a exaltar el sentimiento inteligente de la argentinidad, buscando en ella perspectivas que, fundadas en la saludable enseñanza del pasado, constituyan puntos de mira para un avance progresivo hacia el futuro".

Sólo destaco algunos de esos apotegmas, por entender que definen una actitud y sirven de aliciente para nuestros días. El primero expresa: "La patria no es solamente el suelo y pasado, sino el trabajo actual, que fecunda a la tierra, y el pensamiento prospectivo, que prolonga en lo porvenir la empresa en un pueblo". El segundo: "La geografía es la ciencia del espacio, y la historia es ciencia del tiempo, pero una y otra no alcanzan validez sino en el espíritu del hombre que las refunda por el sentido de la cultura y la acción". El tercero: "La cultura necesita elaborarse en cada pueblo y renovarse en cada generación; no puede inmovilizarse en el tiempo ni trasplantarse en el espacio; no es arte mecánica sino vida espiritual"

El respeto a vuestra especial consideración me reprime el entusiasta deseo de mencionar todos esos apotegmas, pero no puedo dejar de mencionar el undécimo: "En una patria federal como la nuestra, el primer deber de los jóvenes estudiantes es conocer su provincia, porque el territorio, la población, el gobierno y la cultura de cada Estado son los instrumentos inmediatos de la acción".

Muchos años más tarde, aquel joven Pagés Larraya estudió con Rojas en la Facultad de Filosofía, se convirtió en su principal discípulo y ocupó la cátedra de Literatura Argentina que tan brillantemente desempeñó Rojas. Tres años después de aquellos apotegmas, el 16 de agosto de 1939, Ricardo Rojas dio la conferencia con que fue inaugurada la Universidad Nacional de Cuyo, bajo la mirada complacida de su rector fundador, Edmundo Correas.

La universidad nace para la región, no sólo para una provincia, y Cuyo asiste a un proceso transformador sorprendente. Todo está por hacer, y se hace: crear la Facultad de Filosofía y Letras, cuyos cursos de literatura inaugura Carmelo Bonet; se crea la Facultad de Ciencias, con sedes en San Luis y San Juan; se crea la Facultad de Ciencias Económicas, se alquilan locales, se construyen instalaciones, se contratan profesores ilustres. Es un ramalazo cultural que conmueve a Mendoza: llegan Víctor Delhez, el destacado grabador belga; Salvador Canals Frau con sus estudios de arqueología y etnografía; Alfred Dorheim desde Alemania, Sergio Hocévar, el escultor chileno Lorenzo Domínguez, desde España viene Javier Ferrand para fundar la primera Escuela de Cerámica del país, etc.




Mallea y Mendoza

De Buenos Aires son requeridas las más prestigiosas figuras de los ámbitos creativos, académicos e intelectuales, para dictar cátedras, cursos o conferencias. Correas crea la cátedra de Historia del Periodismo Argentino, en Filosofía y Letras, y el encargado de dictarla es Eduardo Mallea. El destacado escritor también se enamora de Mendoza -"siento en mi piel, escribe, el grato frescor de las tardes mendocinas de la bella ciudad arbolada" - y se cree en la obligación moral de enviar un "Mensaje a los intelectuales jóvenes de Cuyo".

Este mensaje no está mencionado en libro alguno, y creo que es una de las páginas más olvidadas. Apareció en la edición del 1º de enero de 1941, en la sección literaria dirigida por Martelli, y aquí Mallea desnuda su desesperanza para encontrar el vuelo lírico que permita a los jóvenes acometer otra etapa fundacional del país. Europa está en guerra, el Extremo Oriente está en guerra, la Argentina navega entre el fraude y la opulencia, entre el reclamo social y la abyección de la pobreza. "Jóvenes intelectuales de Cuyo, escribe Mallea: pertenecen ustedes a un país empobrecido de presente. Nuestro presente es el menos heroico, el más mostrenco, el más adormecido, el menos real y el menos parecido del mundo a la verdadera argentinidad. Nuestra historia se parece de más en más a un recipiente sin jugo".

"Aquí la fama no viene de hacer las cosas -agrega-, sino de un astuto no hacerlas: el talento más visible de nuestros eminentes consiste con gran frecuencia en el talento de no saber hacer. El que más vale aquí es el que mejor no ha hecho, porque como el hacer importa siempre el riesgo de una capacidad, de una técnica, de una versación y un genio, más seguro en su sitial está el que no se arriesga más que a la actitud medio enigmática del solemne poseedor de un vago ‘buen sentido’".

Para Mallea, la tarea de la reconquista espiritual y civil del país le pertenece a los jóvenes intelectuales. "Si la nuestra es una generación preparatoria, la de ustedes, hombres jóvenes de Cuyo, es la generación en cuyo anhelo reside la incitación a otra gloria. Ya sé que esta no es una labor de literatos. Pero yo no creo en esta palabra. Yo sólo creo en la gran familia humana de los espíritus honrados y celosos, de cuyos escrúpulos fervientes resurge tantas veces el ave fénix del arte".

La labor de reconstrucción que sugiere Mallea le permite afirmar: "Es necesario crear el país de nuevo después de muchos años de desnaturalización y tópicos oficiales. Tenemos la responsabilidad de una cultura, la responsabilidad de una inteligencia; la responsabilidad del ánimo, del espíritu mismo del país. Un poco más de tiempo y nos habremos convertido del todo. El primer deber consiste en emancipar y llevar adelante nuestros puntos de vista intelectual, cultural y moral. No es fácil, pues la estulticia creciente amenaza ahogarlo todo".

Y advierte los riesgos: "Jóvenes intelectuales de Cuyo: la vía del escritor argentino es un frío y largo tormento, una tabla de tierra dura por la que hay que pasar con la planta desollada"

Eduardo Mallea cierra su mensaje con palabras que nos hacen recordar a Ricardo Rojas en sus apotegmas a los estudiantes mendocinos: "La casa que ustedes habitan es muy hermosa. Conózcanla bien en su prodigiosa y secreta atmósfera. Estará llena de mensajes inesperados que serán los más importantes que ustedes hayan recibido nunca. Y con ese conocimiento podrán realizar -no sólo para ustedes sino para todos nosotros- la máxima de Lao-Tse, según la cual lo material no es útil más que por lo espiritual".




Cortázar, Mendoza y Los Andes

Este año estamos celebrando el 90º aniversario del nacimiento de Julio Cortázar y el 20º aniversario de su muerte. Qué lástima que no se festeje también el 60º aniversario de su llegada a Mendoza. El 11 de julio de 1944, Los Andes publica una corta noticia: la Universidad Nacional de Cuyo ha contratado al profesor Julio Florencio Cortázar para que dicte las cátedras de Literatura Francesa I y II, y Literatura de Europa Septentrional en la Facultad de Filosofía y Letras.

Nada mejor entonces que salvar la omisión, para recrear -aunque sea brevemente- la corta pero intensa permanencia del autor de "Rayuela" en Mendoza, siguiéndolo -como no podía ser de otra manera- a través de su presencia en las páginas del diario. El 13 de junio de 1945, por primera vez se convoca a elecciones en la Universidad Nacional de Cuyo para elegir sus propias autoridades, saliendo del esquema vigente hasta ese momento de las designaciones a nivel nacional. Cortázar es el más votado para integrar el consejo directivo de la facultad, asume el cargo, pero los claustros universitarios están muy agitados: por las rencillas que ha desatado la elección, y por las actividades e ideologías de varios profesores, a tal punto que el Consejo Superior ordena abrir una investigación sobre presuntas actividades nazifascistas de varios catedráticos, entre los que se ha incluido a Cortázar.

Vemos en tanto al profesor hablando en representación de la universidad en un acto para honrar a Sarmiento, sobre el tema "Sarmiento y la escuela ultrapampeana". Días después, el Consejo de la Universidad aprueba el informe de la comisión investigadora de actividades antidemocráticas, y desestima, en setiembre de 1945, las acusaciones contra los profesores Julio Cortázar, Diego Pro, Toribio Lucero, Félix Albani, Julio Perceval y otros.

Cortázar escribe artículos académicos, como "La urna griega en la poesía de John Keats", publicado en la "Revista de Estudios Clásicos" de la Facultad de Filosofía y Letras; da una conferencia sobre Verlaine, y en Mendoza ve publicado su primer cuento, "La estación de la mano", aparecido en la revista "Égloga" dirigida por el talentoso Américo Calí.

Pero el amor inicial hacia Mendoza -”es una bella ciudad”, escribe, “rumorosa de acequias y de altos árboles, con la montaña a tan poca distancia que uno puede ir a estudiar a los cerros”- y su sorpresa por el medio que encuentra -"¡Los mendocinos me han sorprendido! La Universidad tiene un club universitario hermosamente decorado. Hay allí un bar, discoteca con abundante boggie-voogie, banderines de todas las universidades de América, y tanto profesores como alumnos van allá a charlar, seguir una clase inconclusa, beber e incluso bailar. A mí me pareció, cuando me llevaron, que entraba en Harvard, o en Cornell: todos menos aquí. Y sin embargo es realidad: alegrémonos de ello"- ese amor inicial, se va disipando con sus luchas contra la calumnia, contra la mediocridad. Tiene fuerzas todavía para integrar la recién creada Asociación de Profesores Democráticos, para participar en la toma de la Universidad, junto a profesores y estudiantes, en defensa de la autonomía universitaria, lo que le significa un día de arresto, pero se cansa de luchar contra militantes del Partido Demócrata que quieren tomar el gobierno universitario, y cada vez es más fuerte su rechazo al naciente peronismo.

Cuando finalmente gana Perón las elecciones, y es derrotada la Unión Democrática, Cortázar le escribe a un amigo mendocino: "En el primer caso me iban, y en el segundo me iba yo por mi cuenta. Le gané de mano a ambas cosas, y me alegro intensamente". El ganar de manos fue que "cuando Perón ganó las elecciones presidenciales, preferí renunciar a mis cátedras antes que verme obligado a ‘sacarme el saco’", escribe en otra carta.

Desolado por las acusaciones de "nazi, nacionalista, fascista, instrumento electoral, agente de propaganda"; desolado por una Mendoza que ve ahora como "un pequeño infierno, sin la grandeza del que imaginó Dante: infierno a medias y por eso doblemente cruel y mezquino", Cortázar parte a Buenos Aires. El Centro de Estudiantes de Filosofía lo reclama, hace gestiones para que vuelva, pero él ya está por viajar a Francia. Se disculpa con los jóvenes: "… un hombre debe a veces romper amarras de afecto y olvidar posibles ventajas materiales, si su vocación auténtica reclama otra calidad de vida, otro horizonte de acción”. En Mendoza ha enterrado al profesor, es la hora plena del escritor.

Vuelve a Mendoza en 1973, colgando de sus hombros altos y delgados la fama de su genial "Rayuela", después de visitar a Salvador Allende en Chile, y por sus palabras, publicadas en Los Andes, parece haber olvidado los agravios: "Como otras veces, hubiera podido entrar a la Argentina por vías cómodas y rápidas. En cambio, tomé el Trasandino para acercarme despacio, saboreando el paisaje, como quien se demora en comer un durazno. Y te busqué, Mendoza, porque te quiero desde lejanos tiempos, desde una juventud que se niega a morir en vos y en mí ahora que nos encontramos otra vez, como si veintiocho años no hubieran pasado por tus calles o mi cara. Y sos la de siempre, me das otra vez el rumor del agua en la noche, el perfume de tus plazas profundas. Para un viajero del mundo que siempre llevó consigo a su Argentina y trató de decírselo con libros, qué recompensa me das hoy, Mendoza, puerta de mi casa, amiga fiel que me sonríe".

La vida sigue, el diario sigue, y pese a estar sumergidos en esta Argentina-columpio, la cultura de Mendoza sigue desarrollándose, reflejada siempre en Los Andes con pluralismo y generosidad, sin sectarismos ni lucha de capillas. Con más o menos páginas, con distintas conducciones, la sección Cultural alcanza un esplendor particular bajo la conducción de Antonio Di Benedetto, y en 1998 toma cuerpo en un suplemento dominical, denominado sencillamente "Cultura", premiado ya por Adepa.




Plegaria laica

Los Andes celebra ahora sus 122 años. Alrededor de un tercio de esa existencia, 44 años, he estado en el diario. Lo sigo estando, ahora de otro modo, consultando ejemplares amarillentos, libros tan viejos que deben ser desconocidos hasta para sus autores. Lo sigo estando, no con el apremio cotidiano sino con el templado orgullo de haber participado de esa "memoria colectiva" que es el diario.

Ingresé a prueba, en 1959, días después de haber salido del servicio militar. Aunque no me pidieron currículum, en esa época no era una exigencia como ahora, llevé un cuento que a los 19 años había publicado en otro diario, "El Tiempo de Cuyo", como así otras notas sobre literatura, cine y jazz, gentileza del director del suplemento literario, Aldo Testaseca, jefe de trabajos de Filosofía, facultad en la que duré apenas un año gracias a latín y griego. El subdirector, Patricio Vacas, ni miró los papeles. Me mandó a la vieja redacción a hablar con el jefe de Noticias, Francisco Salto. Este me dio una gacetilla, me dijo que la titulara en tres líneas de 16 espacios cada uno, sin cortar palabras, y escribiera la noticia. Una vieja Remington trató de oponer resistencia, pero no le valió de mucho. Cuando le entregué la cuartilla a Salto, este le puso un papel encima, escribió "Dr. Vacas: esto es lo que hizo el joven Oviedo" y, sin corregirla, la envió al temido despacho. Al rato volvió el ordenanza. Un lacónico "ok" marcó mi destino.

No había antecedentes familiares, genéticos, que me impulsaran al periodismo. Pero lo cierto es que quería serlo. Ahora recuerdo, y comparto, lo que escribió Antonio Di Benedetto en su breve autobiografía: "Un tiempo quise ser abogado y no me quedé en querer serlo; estudié mucho, aunque nunca lo suficiente. Después quise ser periodista. Conseguí ser periodista. Persevero".

En la sala de telegramas, un radiotelegrafista -auriculares mediante- sacaba los cables grabados en un cilindro de cera; las entrevistas se hacían con una lapicera que escribía en cuartillas, saltamos de alegría cuando nos cambiaron las Remington por modernas Olivetti, y nos ensuciábamos con tinta en el viejo taller tipográfico.

La llegada de la teletipo nos parecía un cuento de ciencia-ficción, y cuando aparecieron los grabadores nos preguntábamos cómo habíamos hecho para escribir a mano esas frases tan importantes, y rápidas, de un escritor, un político, un hombre de la calle, una sesión legislativa, sin que nos cayera encima el descargo por estar fuera de contexto, como se dice ahora.

Mi nombramiento, al año de entrar, lo firmó Felipe Calle, como aspirante, la primera escala del viejo estatuto. Antes de Felipe, luego de Adolfo Calle hijo, habían sido directores los otros hijos del fundador: Luis María y Jorge. Cuando muere Felipe, le suceden las tres viudas. Los Andes se convierte después en sociedad anónima, el diario se transforma tecnológicamente -llegan el offset, las computadoras, las fotos digitales- y en 1997 se incorporan como accionistas mayoritarios La Nación, Clarín y el grupo español Vocento. De esa historia de 122 años, el legado histórico de Adolfo Calle es mantenido por su única descendiente directa, Elvira Calle de Antequeda, actual presidenta del directorio.

Anécdotas hay muchas, pero una me marcó de manera especial. Al año de haberme incorporado, Di Benedetto me encarga una nota para conmemorar un aniversario redondo de la aparición de "La vuelta de Martín Fierro". La nota fue aprobada y salió, sin firma, un domingo. Era mi primer aporte podría llamarse literario, y estaba muy orgulloso. Al promediar la semana, entendí plenamente la teoría de la relatividad, no de la energía sino de las cosas que pasan, cuando mi madre me pidió que comprara pescado y el dependiente, ante mi mirada acongojada, envolvió la merluza, de una manera que me pareció eterna, con mi artículo.

Todavía conservo el recorte, y años después asocié ese hecho con la sabia definición de Unamuno: "El periodismo es la eternidad de un instante".

El tema de Los Andes y la cultura de Mendoza es de una vastedad casi inabarcable, que excede los márgenes razonables de esta charla ya prolongada. Algo intentó el filósofo Arturo Andrés Roig cuando publicó en 1960, con el sello de la Universidad Nacional de Cuyo, "La literatura y el periodismo mendocinos entre los años 1915-1940 en las páginas del diario Los Andes". Hay muchos otros temas para trabajar, como la influencia del avión en la llegada de gente significante, como lo fue en su tiempo el tren. Por ese medio, estuvieron en Mendoza, Tyrone Power, Orson Welles, Douglas Fairbanks, y Walt Disney, que permaneció varios días en las estancias de Mendoza, acompañado por Molina Campos, buscando escenarios para su próxima película de dibujos animados. Otra veta para trabajar: el mismo año que Cortázar renuncia y se va de Mendoza, 1945, se constituye Film Andes, dando comienzo a lo que Los Andes llamó "Mendoza, la Hollywood de Argentina"

Muchas alegrías en estos 44 años, y muchos sinsabores, el dolor de ver a colegas ser detenidos en la misma redacción en 1976; ver que iba desapareciendo una generación de gente que hizo mucho: Tudela, Ramponi, Calí, Fidel de Lucía, Alfredo Bufano, Azzoni, Abelardo Arias, Abelardo Vázquez, y asistir al nacimiento de otra generación: Di Benedetto, Carlos Alonso, Julio Le Parc, Leonardo Favio, Quino.

No es el momento para hacer comparaciones entre los periodismos de estos años. Apenas, con elegancia, decir que son distintos, aunque sí debo decir que me duele la masiva extensión de lo que Ítalo Calvino llamó la "peste del lenguaje" -el uso de la palabra aproximativa, casual, descuidada-, y, en particular, la teatralización de la noticia, la banalización de los contenidos. Lo que se llama, en una sola palabra, el "entretenimiento".

Ya no se habla como antes de la industria del ocio sino de la industria del entretenimiento, y los sellos cinematográficos ya no son, por ejemplo, Metro Goldwyn Mayer Pictures sino MGM Entertainment. Así en todos los órdenes del espectáculo, y también de la información. Con algo de miedo, y recelo, sospechando qué puede haber tras todo esto, apelo a mi vieja manía de consultar ese libro casi desconocido que es el Diccionario de la Lengua, de la Real Academia, y busco "entretenimiento". La maravillosa palabra está definida como "acción de entretener", y cuando llego a "entretener", descubro azorado que la primera acepción es "Distraer para impedir hacer algo". Con tanto entretenimiento, reflexiono, me estarán distrayendo para impedirme pensar, ¿por ejemplo?

Después de alguna insomne meditación, encuentro que la única defensa contra esta plaga es la oración. No la religiosa, sino la laica que dice Gastón Bachelard en su hermoso libro "El derecho de soñar": "Sentado en la mañana ante la ventana, cuando el sol entra a pleno, y viendo los volúmenes que hay sobre mi mesa de trabajo, le hago al Dios de los libros la siguiente plegaria: Señor, la sed de lectura dánosla también hoy."


El texto transcripto es el discurso que ofreció Jorge Enrique Oviedo al ser incorporado a la Academia Nacional de Periodismo.
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